ES 7 de enero por la mañana:
Me gustaría
que siempre fuese
ayer por la tarde.

ES 7 de enero por la mañana:
Me gustaría
que siempre fuese
ayer por la tarde.
POR FIN es 6 de enero por la tarde.
Los Reyes Magos no me han regalado casi nada (alguna chorrada que me compré yo mismo). Ya hemos desmontado el belén (en vez de los tres camellos había un mamut, un manatí y un gorgonópsido*) y hemos guardado las tiras de luces. Desde hace un par de años no hacemos árbol. Doblé cuidadosamente los papeles de regalo y los tiré al contenedor azul.
Me abro un quinto de cerveza (una cantidad ideal) mientras escribo esto. La tele de fondo con una película de exploradores amazónicos (creo).
Una Navidad menos. O una más, según se mire.
* A mí no me pregunten qué carallo de bicho es un gorgonópsido.
EVATHLO era un joven rico que quería aprender el arte de la elocuencia para defender causas en los tribunales. Ni corto ni perezoso, le pidió lecciones a Protágoras, el crack del sofisma.
Protágoras cobraba salado, pero permitió que Evathlo le pagara de dos veces: la mitad al inicio de su formación y la otra mitad cuando ganara su primer pleito en los tribunales. Pero sucedió que Evathlo terminó su formación y no intentó defender ninguna causa, para, según Protágoras, escaquearse de pagarle la segunda mitad del precio estipulado.
Protágoras, haciendo honor a su fama, recurrió a lo que le pareció una astuta estratagema: denunció al joven ante los tribunales. Argumentó que si los jueces le daban la razón, Evathlo estaría obligado a pagarle en virtud de la sentencia. Y si no se la daban, significaría que Evathlo había ganado su primera causa y tendría que pagarle en virtud de su acuerdo. Ganaba en cualquier caso.
Pero el gozo de Protágoras en un pozo. Evathlo demostró que las enseñanzas de su maestro no habían caído en saco roto. Argumentó que si los jueces le daban la razón, no tendría que pagar en virtud de la sentencia. Y si no se la daban, significaría que había perdido su primera causa y no estaría obligado a pagar.
Los jueces no supieron cómo resolver esta paradoja y demoraron su decisión indefinidamente. Así que Evathlo no pagó y Protágoras, el experto en retorcer argumentos falsos para darles apariencia de verdad, probó su propia medicina sofista.
«SE BUSCAN hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso, frío extremo, largos meses de completa oscuridad, peligro constante. No se asegura regresar sano. Honor y reconocimiento en caso de éxito. Ernest Shackelton».
La expedición a la Antártida de Shackelton me parece la aventura con mayúsculas. (Debería estudiarse en los másteres de dirección y liderazgo; me parto y me mondo con lo que ahora llaman resiliencia).
Qué pena que el famoso anuncio en el Times sea un mito. Al menos nadie ha sido capaz (por ahora) de encontrarlo.

DEBO ser uno de los pocos ratones de biblioteca que consultan (casi) a diario los boletines oficiales. Parece una chorrada y efectivamente lo es, pero a veces se entera uno de cosas curiosas y/o interesantes.
Entre las cosas curiosas, me divierten los nombres de algunos ayuntamientos que salen en el BOE. En el de hoy encuentro Bicorp, Maguilla, Entrimo, Gualchos, Parauta, Pujerra, Monfarracinos o Valdunquillo. (Ya dije que era una chorrada).
Entre las cosas interesantes, me he fijado en que las convocatorias de plazas en la administración local (en su mayoría ayuntamientos) han aumentado considerablemente en las últimas semanas. En el BOE de hoy se publican nada más y nada menos que 221 convocatorias, mientras que en el del 28 de diciembre del año pasado, por tener una referencia, solo aparecían 6.
A lo mejor es porque hay elecciones municipales a la vuelta de la esquina. O a lo mejor no.

POSICIÓN epistemológica consistente en asumir y defender, sin el mínimo atisbo de pensamiento crítico, todas y cada una las ideas que se presentan agrupadas en un pack.
Se manifiesta con especial virulencia en el ámbito de la política, dificultando la posibilidad de un debate sano y enriquecedor.
Al practicante del paquetismo se le denomina “paquetista” o, más comúnmente, “paquete”.
ES EL título de la primera novela gráfica de Will Eisner (1917-2005) y tal vez la primera novela gráfica de la historia.
A mí siempre me había parecido un poco ridícula la denominación de «novela gráfica». Pensaba que se trataba de un invento marketiniano, de algún editor o periodista avispado, para «dignificar» los cómics y que los adultos no se sintieran avergonzados de leerlos. Pero como tantas otras cosas en la vida, el asunto tiene su aquel.
El término «novela gráfica» surge, según parece, en los años 30 del siglo XX, cuando varios artistas gráficos norteamericanos experimentaron con novelas «narradas» mediante dibujos sin texto. Pero la cosa no pasó de ahí y durante las siguientes décadas el panorama del cómic siguió dominado por historias de superhéroes para un público eminentemente infantil y las típicas tiras cómicas de los periódicos y revistas.
En 1977 Will Eisner dibujó Contrato con Dios inspirado por aquellos artistas experimentales y se le ocurrió decir que era una «novela gráfica». El libro era tan novedoso que tuvo dificultades para encontrar editor. Finalmente consiguió que lo publicara la Baronet Publishing Company, con la condición de que Eisner invirtiera en la editorial (a través de su propia empresa, que, curiosamente, se llamaba Poor House Press). Al libro le costó despegar (algunos libreros no sabían ni en qué sección colocarlo), pero acabó por triunfar y ahora es una verdadera obra de culto.
Hace unos días me compré la trilogía, que incluye Contrato con Dios, Ansia de vivir y La avenida Dropsie, (está realmente espectacular) y me parece haber comprendido el concepto de novela gráfica frente al cómic tradicional. Aunque, si me preguntan, no estoy seguro de saber explicar muy bien la diferencia. Supongo que la idea es verlo con perspectiva histórica.

EL «jefe supremo» (lo digo así por no dar pistas) de la organización donde trabajo ha enviado a todo el personal una felicitación navideña con el siguiente texto:
«La Navidad celebra la alegría del nacimiento. La alegría del surgir. Sobre la imagen del niño que ve la luz pesan, a la vez, la alegría ligera de la fiesta y la alegría profunda de lo sagrado. Sin embargo, en momentos complicados como los de este año, en esa continuidad de la tragedia que es la injusta guerra de Ucrania, quizá esa alegría de nacer no baste. El mito de Belén nos recuerda que en la vida del ser humano sucede el acontecimiento de la trascendencia, de la búsqueda más allá de nosotros mismos. Seguramente es esa la fuerza que buscan quienes padecen la tragedia de la guerra. La fuerza de una alegría completa que atraviese el laberinto».
(Imbuidos de la alegría del surgir, ha sucedido el acontecimiento de la transcendencia y hemos instalado un árbol de navidad más allá de nosotros mismos, concretamente en una esquina de la sala de reuniones. Pelín cutre, pero menos da una piedra…).

CUANDO digo que practico el estoicismo, lo primero que me gusta aclarar es que no se trata de una religión (ni de una terapia). El estoicismo es una “filosofía de vida”, esto es, un conjunto de principios, modelos mentales y técnicas, que sirven de guía práctica para afrontar las vicisitudes de la vida y alcanzar la plenitud. No he utilizado la palabra felicidad de forma intencionada, ahora explico por qué.
Es cierto que los antiguos estoicos tenían un conjunto de creencias asimilables al concepto de religión (por ejemplo, creían en un Logos que determinaba el orden natural de las cosas), pero eso no tiene ninguna influencia sobre la práctica del estoicismo como filosofía de vida. Al fin y al cabo, quien dice Logos, dice Dios, Naturaleza o lo que cada uno quiera.
La segunda cosa que suelo comentar de entrada, tiene que ver con la vigencia del estoicismo en pleno siglo XXI. ¿De verdad tiene utilidad a día de hoy una filosofía de hace 2.300 años*? La respuesta es un rotundo sí. Por mucha tecnología y ‘aifons’ que tengamos ahora, nuestros esquemas mentales siguen siendo los mismos. Es raro encontrar algo hoy en día, en este ámbito, que no haya sido dicho antes (con brillantez) por los antiguos. Según el “efecto Lindy” de Nassim Taleb, las ideas más longevas (si son longevas es porque tienen algún valor) son las que tienen mayor probabilidad de sobrevivir en el futuro. Así parece ser con el estoicismo.
Como decía al principio, el objetivo del estoicismo es la plenitud o vida buena (eudeimonía: eu, bueno; deimon, espíritu). La plenitud es diferente de la felicidad tal como la entendemos actualmente, que se asocia sobre todo a cosas externas a la persona, como las posesiones materiales, el dinero, la señalización y el bienestar físico. La industria de la publicidad, el consumismo y las redes sociales no han hecho sino reforzar esta idea (equivocada) de la felicidad.
Los estoicos consideran que perseguir esa forma de felicidad es una fuente continua de insatisfacción, porque los elementos externos a la persona son esquivos y efímeros. La plenitud, sin embargo, está basada en aspectos internos, por lo que es duradera y estable.
La forma de alcanzar la plenitud es cultivar la virtud (areté). Este no es para nada un concepto arcaico y trasnochado. Areté también puede traducirse como excelencia. Dicho en términos coloquiales actuales, se trata de convertirse en la mejor versión de uno mismo, haciendo lo correcto y sin esperar nada a cambio. La recompensa de hacer algo virtuoso es el hecho de hacerlo. El concepto de virtud puede entenderse fácilmente mediante su opuesto, aquellas cosas que todo el mundo considera indeseables: la irracionalidad, la cobardía, la crueldad, la injusticia, la ira…
Los estoicos identificaron cuatro virtudes cardinales: la sabiduría práctica (capacidad para decidir, a partir de una observación racional y objetiva de la realidad); la templanza (actuar con moderación, evitando actitudes y acciones extremas o exageradas); la justicia (tratar a todos con bondad, respeto y por igual); y la fortaleza (atreverse a hacer y defender, sin flaquear ante las dificultades, lo que se considera correcto). Es decir, nada que ver con la imagen habitual de los estoicos como personas distantes e insensibles. Al contrario, consideran esenciales las relaciones sociales y la necesidad de ayudar a los demás. Como dijo uno de los estoicos más conocidos, el emperador filósofo Marco Aurelio, “lo que no beneficia a la colmena, no beneficia a la abeja”.
Estas cuatro virtudes cardinales no son originales de la escuela estoica, provienen de la tradición helenística anterior (Sócrates y Platón) y, a su vez, fueron incorporadas posteriormente por muchas otras escuelas de pensamiento y religiones, como el propio cristianismo, que les añadió las famosas fe, esperanza y caridad.
Además de la virtud (o mejor dicho, en combinación con ésta), los estoicos también perseguían la tranquilidad mental (ataraxia) como vía para alcanzar la plenitud. El primer paso hacia la paz mental surge, precisamente, de una conciencia tranquila gracias al ejercicio de la virtud, es decir, tomando decisiones con racionalidad y objetividad (sabiduría practica), actuando siempre con moderación y sin caer en posturas extremas (templanza), tratando bien, con respeto y por igual a los demás (justicia) y atreviéndose a hacer lo correcto sin flaquear ante las dificultades (fortaleza). El segundo paso viene a través de uno de los conceptos centrales y más conocidos del estoicismo, la denominada “dicotomía del control”.
La dicotomía del control puede formularse de una forma bastante simple: hay cosas que uno puede controlar y cosas que no, y no tiene sentido preocuparse (sufrir, comerse el coco) por lo que no se puede controlar. Esto no tiene que confundirse con la pasividad o la resignación. Simplemente, hay que ocuparse (con atención plena) de las cosas que están a nuestro alcance e ignorar (distanciarse psicológicamente) de las que no. En esto consiste la tranquilidad mental. En ocasiones ha sido malinterpretada, tachando a los estoicos de personas frías e impasibles. Más bien, por decirlo coloquialmente, se trata de no sufrir “de gratis”.
La gran pregunta, por supuesto, es cómo distinguir entre lo que podemos y no podemos controlar. A veces resulta evidente. Por ejemplo, si vamos a hacer un viaje en avión, podemos escoger la compañía que nos ofrezca mayores garantías (o descartar las que menos), pero no podemos controlar las condiciones ni el resultado del vuelo (dependerá de los pilotos, los mecánicos, los controladores aéreos, la meteorología…). El ejemplo clásico es el del arquero: se esfuerza y concentra para efectuar el mejor disparo posible y alcanzar el blanco, pero desde que la flecha sale del arco, el resultado ya no depende de él (tal vez una inesperada ráfaga de viento, algo que se interpone o el blanco se mueve de repente). Desea acertar, pero no lo puede «escoger».
Otras veces no será tan fácil diferenciarlo. Algunos autores modernos han sugerido una “tricotomía del control”, introduciendo una tercera categoría: aquello que se puede controlar parcialmente. A mí me parece una complicación innecesaria. Estoy de acuerdo en que la dicotomía clásica es muy rígida y tiene zonas grises, pero aquí es donde entra en juego la primera de las virtudes estoicas, la sabiduría práctica.
La última idea de esta brevísima e imperfecta introducción es el carácter transversal o “democrático” del estoicismo. Al no estar basado en elementos externos, sino en la mente (esa fortaleza o ciudadela interior que decía Marco Aurelio), no distingue entre ricos y pobres, sanos y enfermos, cultos e ignorantes. Para los estoicos, el dinero, la salud, la educación y cualquier otro elemento externo, son “indiferentes”, porque no afectan a la capacidad de una persona para actuar con virtud y llevar una vida plena. Incluso van más allá, en lo que a mí me parece un ejercicio de honradez intelectual, y hacen una distinción entre “indiferentes preferidos” y “dispreferidos”. Por ejemplo, la riqueza es un indiferente preferido (admiten que es mejor tener dinero que no tenerlo) y la enfermedad es un indiferente dispreferido (no dudan que es mejor estar sano que enfermo).
Han quedado muchísimas cuestiones en el tintero (electrónico), pero si estas ideas resuenan contigo, te recomiendo que primero acudas a alguno de los autores modernos (Massimo Pigliucci, William Irvine, Marcos Vázquez o Pepe García). Después, sin duda, a los clásicos (Epicteto, Séneca o Marco Aurelio). Son, en dos palabras, im presionantes.
* La escuela estoica fue fundada por Zenón de Citio, en Atenas, unos 300 años antes de la era común. Su nombre deriva del pórtico pintado (stoa poikilé) del Ágora de Atenas donde se reunían sus practicantes. Afortunadamente, porque primero fue conocido como “zenonismo”.
EL ayuntamiento de mi ciudad ha perpetrado una presunta decoración navideña poniendo lazos de plástico naranja en todos los árboles, bancos y farolas del centro. O a lo mejor ha sido una asociación de comerciantes, con más entusiasmo que fortuna, con el beneplácito del ayuntamiento.

Dejando a un lado la vertiente artística (a mí no me gusta, pero que cada uno opine lo que quiera), me parece antiecológico utilizar cientos de metros de cinta de plástico para esto. Los lazos de marras se irán deteriorando y desprendiendo con el paso de los días y una gran parte, de una forma o de otra, acabará en el medio ambiente.
A lo mejor me sorprenden las lumbreras municipales y resulta que es un material biodegradable (no tiene pinta), pero aún así me parecería un mal ejemplo en los tiempos que corren, donde el plástico nos sale hasta por las orejas.
Además, el plástico siempre me ha parecido un material demasiado bueno como para desperdiciarlo en chorradas.