«Enseres» es una palabra curiosa: no tiene singular. Uno de sus sinónimos, bártulos, que me encanta, tampoco lo tiene.
Debería ocurrir lo mismo con la palabra «personas», dado que sólo somos concebibles (viables, etc.) en sociedad. Claro que el individuo existe, de igual forma que una manta forma parte de los enseres, pero en soledad queda despojado de su esencia.
La «cabaña» en el bosque es al mismo tiempo refugio y exposición a lo salvaje, abandonando temporalmente la colectividad. Para ser habitada requiere ciertos enseres imprescindibles. Es atractiva, como utopía de renuncia a la condición humana, precisamente por su temporalidad.
La «mochila», en alguna de sus formas, es probablemente el primer objeto antropológico de la humanidad. Permite llevar los bártulos con comodidad de un lado para otro, evocando el anhelo de la cabaña durante el trayecto, aunque sea corto y por la gran ciudad. Según mi humanista de cabecera, viene del euskera, una de las lenguas más misteriosas que aún perviven.
En Doggerland sólo se podía viajar hacia el futuro a la velocidad del Tiempo, que era inmedible porque cambiaba constantemente (no es que cambiara de forma constante, sino que lo hacía todo el rato y de forma imprevisible).
Los relojes eran inútiles en Doggerland. Sus gentes se reían con pena de los visitantes que consultaban sus flamantes relojes. ¡Qué invento tan estúpido! Querer medir el Tiempo… ¿Es que no perciben cómo cambia de velocidad, por ejemplo, cuando uno se divierte o se aburre?, se preguntaban.
Todos en Doggerland viajaban hacia el futuro (a velocidad variable) recorriendo la espiral del Tiempo en sentido ascendente (esto es un convenio, ya se sabe que en el Universo no hay arriba ni abajo).
Pero la espiral del Tiempo no puede recorrerse hacia atrás. Tiene las conocidas VTAR (válvulas temporales anti retorno). Esto, por supuesto, era una metáfora simbólica popularizada por los Juglares Nómadas, el verdadero mecanismo sólo lo conocían los Guardianes del Templo del Tiempo, también llamado la Casa Vacía.
La forma de viajar al pasado era saltando al punto equivalente de una de las espiras anteriores. Una vez efectuado el salto, el viajero se desplazaba hacia el futuro, desde ese punto, recorriendo la espiral a la velocidad variable del Tiempo. Pero no podía ir al futuro de golpe saltando a una espira superior, es decir, no podía regresar a su época; estaba condenado a morir en el pasado. Se ignora si los Viajero del Tiempo, conocidos como los Inmortales, eran conscientes de su viaje sin retorno.
El salto al pasado era el mayor secreto de Doggerland. Solo lo conocía la Inquilina, única habitante de la Casa Vacía, que lo trasmitía a su sucesora, generación tras generación.
Los Inmortales no se limitaban a observar teniendo cuidado de no alterar el pasado. Todo lo contrario: tenían la misión, asignada en cada caso por la Inquilina, de intervenir para que los monstruos no hicieran de las suyas.
Las Inquilinas eran sabias. Hubo paz en todo el Orbe Sublunar, no sólo en Doggerland, durante una docena de milenios medios (un milenio medio era una aproximación estadística para referirse a mil años medios normalizados, la única medida admisible, aunque en realidad era inventada).
Pero se cumplió la Profecía: Doggerland desapareció bajo las aguas: la Inquilina fue desahuciada de la Casa Vacía, murió el último de los Inmortales, los Insensatos crearon relojes atómicos para seguir midiendo inútilmente el Tiempo, y se perdió el arte de viajar al pasado.
ESTA mañana me sentí un loco. Quedé a tomar café con unos amigos que viven en la ciudad de al lado, a ocho kilómetros de distancia, y se me ocurrió ir (y regresar) andando. No es la primera vez que lo hago, pero sí que me asalta este sentimiento de locura.
¿Alguien en su sano juicio caminaría dieciséis kilómetros para tomar un café?
Lo normal hubiera sido ir en coche (el transporte público ya hubiera sido de pringado o una extravagancia). Y a todo el mundo le hubiera parecido igualmente súper normal que, después de regresar en coche y dejarlo a buen recaudo en el garaje que me cuesta n euros al mes, hubiera ido a ejercitarme al gimnasio, por el que pago otros m euros mensuales (el primer año).
Caminar tranquilamente, contemplando el entorno (urbano en este caso), sin contaminar (excepto por el propio resuello) ni hacer ruido (excepto por los propios pasos), pensando uno en sus cosas (o en las de otros), es claramente una locura.
La Máquina del Tiempo existe no tiene engranajes ni lucecitas tampoco es un portal que vibra en el aire ni la estrecha madriguera de un conejo sabio
La Máquina del Tiempo existe es una máquina simple de baja tecnología nada sofisticada se inventó precisamente al mismo tiempo que el Tiempo
Dos piedras de molino: una gira lenta lenta lenta crujiendo lentamente sobre la otra Todo lo convierte en polvo Nada escapa (Nada) a ese lento triturar
De esta forma exquisitamente deshechos convertidos en polvo todos los seres y todas las cosas viajamos en el Tiempo al futuro y al pasado al mismo Tiempo
Y es el presente justo ese instante en que exquisitamente nos quiebran las dos piedras de molino: es la Edad de Piedra la fugaz antesala del viaje en el Tiempo
Todo el mundo al oeste del Edén sabe que Jesús era un bebé sostenible.
No hay Virgen que no sostenga en sus brazos un Jesús.
O, mejor dicho, no hay advocación mariana que no sostenga etc.
Porque en realidad sólo hay una Virgen auténtica y original: María.
Las demás, desde la Candelaria a la de Covadonga, son representaciones (dicho en lengua oscura, advocaciones) de María.
Con Jesús, ese bebé sostenible, no pasa lo mismo: siempre es Jesús Jesús.
Hasta ahora no he dicho nada nuevo, es una obviedad que Jesús era sostenible, porque todos los bebés lo son.
Aunque no son sostenidos sólo por Vírgenes, sino por cualquier Persona random.
La novedad es que el otro día descubrí, paseando por la ciudad, la estatua de un Santo que sostenía la estatua de una Virgen, que a su vez, como era esperable, sostenía la estatua de Jesús cuando era un bebé.
No sabía que María también era sostenible (sólo tenía noticias de su virginidad, a cuenta del sorprendente episodio de la Paloma) y quería compartirlo.
El poema 31 del Tao Te Ching, uno de los dos libros fundacionales del taoísmo (el otro es el Libro del maestro Chuang Tse), habla de la guerra. Dice lo siguiente (Trad. Gabriel García-Noblejas):
…
Es la guerra una infausta herramienta impropia del buen gobernante quien sólo la empleará en casos de total necesidad y siempre prefiriendo dialogar.
Toda victoria es horrible y hermosa la encuentra solamente aquel a quien le gusta matar; y aquel a quien le gusta matar jamás conquistará los demás reinos.
…
Haya llanto y dolor ante los muertos. Trátese a los que vuelven victoriosos igual que a quien viene de un funeral.
LA CULPA fue del Sistema Educativo, que obligaba a los niños y niñas a cargar un montón de peso en la mochila. Las taquillas escolares no habían llegado a nuestro país. Para contrarrestarlo (en cierta medida) empecé a usar los típicos cuadernitos grapados, del tamaño de medio folio y tapas de cartulina fina, casi siempre azul, en lugar de las libretas grandes de resorte que usaba todo el mundo. Mantuve esa costumbre hasta la universidad (incluida). Tenía que usar varios cuadernitos por asignatura y los numeraba en plan Física Tomo I, Física Tomo II, y así con todo.
Alguien me habló de Gantt y Taylor (hoy los repruebo) y se me ocurrió el colmo de optimizar esos cuadernitos: les quité la grapa y separé la mitad de las hojas, para obtener dos cuadernitos a partir de cada uno. Solo me faltaba comprar un poco de cartulina para hacer las nuevas cubiertas. Ni corto ni perezoso, fui a la papelería más cercana. Era una papelería grande, llena de pasillos con estanterías y olores a material escolar. De camino a las cartulinas, me entretuve mirando los sobres y los cuadernos de dibujo, y llegó la hora de cerrar. Volví al día siguiente. Estaba mirando los lápices de colores, cuando una señora me preguntó por una taladradora de dos agujeros. En vez de decirle que yo era un cliente cualquiera, la acompañé y le recomendé la que me parecía mejor en calidad y precio.
Un tipo joven, pero con actitud de jefe, me dijo: «Ah, está usted aquí, salga a descargar la furgoneta». Salí y descargué la furgoneta. Después el joven me ordenó llevar las cajas al almacén y colocar la mercancía en unos estantes metálicos. Llegó la hora de cerrar y regresé a casa sin mis cartulinas. Volví al día siguiente, y al otro, y al otro, y el joven no hacía más que ordenarme cosas. Hasta que un día me dijo: «Ha superado usted el periodo de pruebas, pase por administración». Y así me hice empleado de una papelería.
Cierto día, el joven me ordenó que fuera con la furgoneta a recoger un pedido de papel al mayorista. Como el tipo del mostrador estaba ocupado, me puse a deambular por el almacén. Tenían pliegos de todas clases y bobinas de papel inmensas, que había que cargar con grúa. Estaba manoseando unas cartulinas satinadas de colores pastel, cuando me interrumpió un señor de mediana edad con aspecto y actitud de estar estresado: «Hombre, Javier, tú por aquí. Qué suerte, pensaba pasar esta tarde por tu oficina… te dejo esto y ya me dices». Se puso a rebuscar en el maletín, sacó un tocho de folios encuadernado con pasadores, y me lo dio. Iba a decirle que yo no era Javier, pero me soltó una palmada amistosa en la espalda y se fue por donde había venido, murmurando entre dientes que el metro cuadrado de papel estaba por las nubes, Jesús, Jesús, Jesús.
El tocho era el manuscrito de una novela, titulada Cosas mías. Empecé a leerla y se me fue el santo al cielo. El almacén tenía que cerrar y regresé a la papelería sin el pedido. Además, me habían puesto una multa por aparcar la furgoneta en un vado permanente. El joven se disgustó y me dijo que recogiera mis cosas y me marchara, que estaba despedido. Como no tenía cosas mías que recoger, me marché directamente. Al llegar a casa me di cuenta de que todavía llevaba la novela debajo del brazo. Me preparé un vaso de agua con gas y limón, y me senté a terminarla. Me gustó, aunque yo le hubiera hecho ciertos cambios.
Suponía que tenía que devolverle la novela al señor estresado, pero no sabía cómo se llamaba ni tenía su dirección. Me acordé de que entre las páginas del tocho había encontrado un sobre con la carta que el autor le había enviado al (suponía yo) señor estresado, acompañando al manuscrito. Escribí unas notas breves con mis sugerencias y le envié el tocho por correo. Para que se diera cuenta de que yo no era el tal Javier, le escribí mis datos de remitente con toda claridad.
A la semana siguiente me llegó un cheque. A la semana siguiente de la siguiente, recibí otro tocho. En esta ocasión le dije que la novela era mala y no tenía arreglo, a pesar de lo cual recibí otro cheque.
Después de varios meses, tal vez años, me llegó una carta en la que me ofrecían incorporarme a la plantilla como director editorial, y dejar de trabajar como freelance. Como no sabía qué demonios era un freelance y siempre me ha costado decir que no, contesté que sí.