El poema 31 del Tao Te Ching, uno de los dos libros fundacionales del taoísmo (el otro es el Libro del maestro Chuang Tse), habla de la guerra. Dice lo siguiente (Trad. Gabriel García-Noblejas):
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Es la guerra una infausta herramienta impropia del buen gobernante quien sólo la empleará en casos de total necesidad y siempre prefiriendo dialogar.
Toda victoria es horrible y hermosa la encuentra solamente aquel a quien le gusta matar; y aquel a quien le gusta matar jamás conquistará los demás reinos.
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Haya llanto y dolor ante los muertos. Trátese a los que vuelven victoriosos igual que a quien viene de un funeral.
LA CULPA fue del Sistema Educativo, que obligaba a los niños y niñas a cargar un montón de peso en la mochila. Las taquillas escolares no habían llegado a nuestro país. Para contrarrestarlo (en cierta medida) empecé a usar los típicos cuadernitos grapados, del tamaño de medio folio y tapas de cartulina fina, casi siempre azul, en lugar de las libretas grandes de resorte que usaba todo el mundo. Mantuve esa costumbre hasta la universidad (incluida). Tenía que usar varios cuadernitos por asignatura y los numeraba en plan Física Tomo I, Física Tomo II, y así con todo.
Alguien me habló de Gantt y Taylor (hoy los repruebo) y se me ocurrió el colmo de optimizar esos cuadernitos: les quité la grapa y separé la mitad de las hojas, para obtener dos cuadernitos a partir de cada uno. Solo me faltaba comprar un poco de cartulina para hacer las nuevas cubiertas. Ni corto ni perezoso, fui a la papelería más cercana. Era una papelería grande, llena de pasillos con estanterías y olores a material escolar. De camino a las cartulinas, me entretuve mirando los sobres y los cuadernos de dibujo, y llegó la hora de cerrar. Volví al día siguiente. Estaba mirando los lápices de colores, cuando una señora me preguntó por una taladradora de dos agujeros. En vez de decirle que yo era un cliente cualquiera, la acompañé y le recomendé la que me parecía mejor en calidad y precio.
Un tipo joven, pero con actitud de jefe, me dijo: «Ah, está usted aquí, salga a descargar la furgoneta». Salí y descargué la furgoneta. Después el joven me ordenó llevar las cajas al almacén y colocar la mercancía en unos estantes metálicos. Llegó la hora de cerrar y regresé a casa sin mis cartulinas. Volví al día siguiente, y al otro, y al otro, y el joven no hacía más que ordenarme cosas. Hasta que un día me dijo: «Ha superado usted el periodo de pruebas, pase por administración». Y así me hice empleado de una papelería.
Cierto día, el joven me ordenó que fuera con la furgoneta a recoger un pedido de papel al mayorista. Como el tipo del mostrador estaba ocupado, me puse a deambular por el almacén. Tenían pliegos de todas clases y bobinas de papel inmensas, que había que cargar con grúa. Estaba manoseando unas cartulinas satinadas de colores pastel, cuando me interrumpió un señor de mediana edad con aspecto y actitud de estar estresado: «Hombre, Javier, tú por aquí. Qué suerte, pensaba pasar esta tarde por tu oficina… te dejo esto y ya me dices». Se puso a rebuscar en el maletín, sacó un tocho de folios encuadernado con pasadores, y me lo dio. Iba a decirle que yo no era Javier, pero me soltó una palmada amistosa en la espalda y se fue por donde había venido, murmurando entre dientes que el metro cuadrado de papel estaba por las nubes, Jesús, Jesús, Jesús.
El tocho era el manuscrito de una novela, titulada Cosas mías. Empecé a leerla y se me fue el santo al cielo. El almacén tenía que cerrar y regresé a la papelería sin el pedido. Además, me habían puesto una multa por aparcar la furgoneta en un vado permanente. El joven se disgustó y me dijo que recogiera mis cosas y me marchara, que estaba despedido. Como no tenía cosas mías que recoger, me marché directamente. Al llegar a casa me di cuenta de que todavía llevaba la novela debajo del brazo. Me preparé un vaso de agua con gas y limón, y me senté a terminarla. Me gustó, aunque yo le hubiera hecho ciertos cambios.
Suponía que tenía que devolverle la novela al señor estresado, pero no sabía cómo se llamaba ni tenía su dirección. Me acordé de que entre las páginas del tocho había encontrado un sobre con la carta que el autor le había enviado al (suponía yo) señor estresado, acompañando al manuscrito. Escribí unas notas breves con mis sugerencias y le envié el tocho por correo. Para que se diera cuenta de que yo no era el tal Javier, le escribí mis datos de remitente con toda claridad.
A la semana siguiente me llegó un cheque. A la semana siguiente de la siguiente, recibí otro tocho. En esta ocasión le dije que la novela era mala y no tenía arreglo, a pesar de lo cual recibí otro cheque.
Después de varios meses, tal vez años, me llegó una carta en la que me ofrecían incorporarme a la plantilla como director editorial, y dejar de trabajar como freelance. Como no sabía qué demonios era un freelance y siempre me ha costado decir que no, contesté que sí.
El Inutilitarismo, movimiento cultural que defiende la inutilidad de lo inútil, continúa su lenta pero insegura difusión. Tras la gran acogida del segundo número del fanzine Inutilidades, que seguirá distribuyéndose durante el verano, comienza la preparación del tercero. Tal vez salga a la luz en septiembre de 2026.
Pueden remitir sus creaciones desinteresadas a inutilidades@mf.me, para su valoración por el comité editorial. Como siempre, tres cosas: – Deportividad. – Nada de IA. – Mil gracias.
A FINALES del siglo XV gobernaban en España, con mano de seda, los famosos Rayos Catódicos, Ysabel y Fernando. Eran inutilitaristas: quisieron saber, por mera curiosidad intelectual, qué demonios había al otro lado del Mar Tenebroso. Con tal fin fletaron tres naves, y pusieron al mando de la flotilla al almirante Cristóbal de Paz, de desconocido origen, pero de reconocida humildad y bonhomía.
El buen almirante navegó hacia el oeste, desde las Islas Focarias, manteniendo una latitud constante (en aquellos tiempos no había relojes con la exactitud suficiente para calcular la longitud), hasta que fue a dar con unas islas desconocidas para él.
Don Cristóbal de Paz desembarcó en son de ídem (lógicamente no llevaban armas a bordo) y habló con el gobernante de aquellas islas, llamado «cacique», que en su idioma quería decir «el que gobierna con sabiduría, bondad y justicia». Tuvieron que entenderse con signos y gestos. Para mayor facilidad de los lectores y lectoras actuales, reproducimos lo que se dijeron en forma de diálogo convencional:
Cristóbal de Paz: Gracias por recibirnos tan amablemente, querido Cacique. Es un alivio comprobar que no había monstruos por estas tierras.
Cacique: Jajaja, menos mal no nos habéis tomado por tales, querido don Cristóbal. Es un placer ofreceros nuestra hospitalidad.
CdP: Por cierto, nosotros adoramos a un dios, llamado Dios, que es un poco cascarrabias, pero creemos que creó el mundo y vela por nosotros, un poco a su manera, todo hay que decirlo. ¿Queréis que os hablemos de él y de su hijo, que murió clavado en una cruz, por si queréis convertiros a nuestra religión?
C: No, gracias, nosotros tenemos nuestros propios dioses. ¿Queréis que os hablemos de ellos, por si queréis convertiros vosotros?
CdP: No, gracias.
C: Ah, perfecto.
CdP: También tenemos una cosa llamada «universidad», que a lo mejor os interesa. Es un centro donde se reúnen nuestras personas más sabias, para investigar y enseñar a los jóvenes.
C: Oh, pues tiene buena pinta, contadme, contadme.
Don Cristóbal le contó, y al Cacique le encantó la idea.
Cacique: Me encanta la idea. Fundaremos una universidad con vuestra ayuda, y os estaremos eternamente agradecidos. La Historia se hará eco de esta gran gesta de los españoles.
Don Cristóbal regresó a dar cuenta a los Rayos Catódicos de que no había monstruos al otro lado del mar, sino personas. Los españoles se sintieron orgullosos por la fundación de la primera universidad de América.
Un perenquén habita en mi cocina. Para quien no lo sepa, es un lagarto pequeño o tal vez una pequeña salamandra. Tiene los ojos grandes y la cabeza ancha.
Posee el superpoder de subirse por las paredes (sin estar enfadado). Dedica sus noches a comer bichos. A lo mejor es cristiano, porque sólo se deja ver de Pascuas a Ramos y, a veces, de San Juan a Corpus.
Pero tal vez no; creo que no es creyente. Es viejísimo: nació antes de nuestra Era, ese círculo empedrado donde antaño trillábamos las mieses. De tan viejo, se ha vuelto más sabio que el propio Diablo.
Aunque habita en mi cocina, según la Ciencia es súbdito de un reino llamado Metazoa, cuyo rey, según Dios, es el Hombre (la mujer no está incluida).
Pero a Él, al perenquén, le da igual: Dios nunca arregla nada, y la Ciencia a veces arregla unas cosas pero estropea otras. No como el Tiempo, que las destruye todas. ¡Qué poderoso y ecuánime es!
Mientras llega mi Hora, me alegra la muerte y me alivia la vida saber que el perenquén anda trajinando y comiendo bichos, noche tras noche, en mi cocina.
Me gusta comer pipas de giraluna leyendo poemas de Cernuda. Saben un poco a Sur, están tostadas y llevan sal de río, no las venden crudas. Vienen en bolsas de papel (tamaño A5) mezcladas con palabras redondas, cuadradas, gruesas, livianas. Palabras de la infancia (significados confusos) remota y olvidada. Están caras, la cosecha ha sido escasa por culpa del mal Tiempo: hace tiempo de miedo y tiende a empeorar. Por suerte tengo una alcancía llena de monedas de vil metal, para ir a la venta de la esquina a comprar poemas de Cernuda (están bien de precio) y leer comiendo pipas de giraluna.
Me tropecé con la regaladora de árboles cierto día, casi al mediodía, en un cruce de caminos. Lo llamé Los Encuentros, como el cruce donde Juan Preciado fue a dar con Abundio, camino de Comala. Sólo que yo me dirigía a un sitio real, y la regaladora de árboles estaba vivita y coleando.
Era una regaladora ambulante: ambulaba por la comarca, y a veces deambulaba (sin rumbo), regalando árboles. Para mí era una novedad, nunca había visto una regaladora ambulante. Y menos, de árboles.
Le pregunté cómo se ganaba la vida, si regalaba los árboles en vez de venderlos. Me dijo que era regaladora de árboles a tiempo parcial, y durante el tiempo imparcial era funcionario público entrenador de IA. Con eso se ganaba la muerte. La vida le había tocado en un juego de azar. Me sentí identificado, aunque a mi me tocó en uno de azahar, y me alegré todavía más de aquel encuentro informal (o casual, como se dice en inglés).
Le pedí que me enseñara los árboles que regalaba. Tenía muchísimos. Altos, bajos, rectos, torcidos, de hoja caduca o perenne (esto me sonaba del colegio), de corteza lisa, de corteza rugosa. Una maravilla. ¡Qué variedad de árboles para regalar! Me dijo los nombres, pero nunca se me quedan. Da un poco igual, porque la gente que recibe los árboles suele cambiárselos. A veces hay nombres que se ponen de moda y es una lata.
Le pregunté cuántos árboles solía regalar y me dijo que muchísimos. Esta temporada esperaba llegar a muchos más que muchísimos, porque estaba de liquidación. La IA estaba aprendiendo a toda velocidad y en poco tiempo se iría de cabeza al paro. «Pero si eres funcionario», le dije. Se encogió de hombros. Se quedaba sin funciones, casi todas, hasta las de décimo segundo grado, las resolvía la IA. Le dije que podía vender los árboles en lugar de regalarlos. Pero le pareció una idea tan absurda que ni me contestó.
Me estrechó la mano y murmuró que tenía que continuar ambulando. Aunque estábamos solos en aquel cruce de caminos, gritó: «¡Regalo árboles, regalo árboles!» A lo mejor estaba calentando la voz. Le dije que antes de partir me regalara uno a mí, y lo hizo. Me encantó su elección, el árbol encajaba conmigo como un guante. Me quedé pensando qué nombre ponerle.
Me sentí triste mientras la veía alejarse por el camino. Era la primera persona regaladora ambulante de árboles que me había tropezado en mi vida. Por suerte, con el paso del Tiempo me tropecé muchas más, y ahora tengo un bosque (a coste cero). Pero no consigo verlo.
POR FIN ve la luz el número 2 del fanzine INUTILIDADES, instrumento del Inutilitarismo, movimiento cultural cuyo lema es la inutilidad de lo inútil. Desde mañana lunes estará disponible (en papel, claro) en el punto de distribución habitual, la Librería Independiente La Pardela, de Santa Cruz de Tenerife.
Gracias por su paciencia y, aunque no sirve para nada, esperamos que les guste.