PROVOCAR una controversia o trifulca verbal en verso. La persona que lo hace esporádicamente se denomina «poemizadora». Si lo hace de forma reiterada, incluso como forma de vida, «poemista».
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Ya ha salido el número cero del fanzine INUTILIDADES, en plan experimental, con una tirada de 5 ejemplares. Sus características, que en principio se aplicarán para los sucesivos números (o a lo mejor no), son las siguientes:
Tamaño A5 (la mitad de un A4 de toda la vida) para que sea fácil de llevar y tenga cierto carácter intimista.
Consta de:
- Cubierta y contracubierta .
- 20 páginas (inicialmente, pero se pueden aumentar), repartidas así:
- 4 páginas tamaño A5 (la primera para el índice), que formarían el opúsculo o bloque principal.
- 16 páginas tamaño A6, divididas en dos bloques de 8, que serían los opusculillos 1 y 2.
- 1 marsupio o bolsillo de 9,5 cm de ancho, para contener una foto o una hoja plegada con un texto, mapa, partitura o lo que sea.
Las secciones básicas serían: poesía, relato, ensayo, reseñas de libros, dibujos/viñetas y fotografía. Pero pueden añadirse otras.
De cara al primer número, pueden dirigir sus (desinteresadas) propuestas de colaboración a inutilidades@mf.me
Los trabajos serán seleccionados por el comité editorial. Se ruega deportividad si alguna propuesta no resulta seleccionada. También pueden posponerse para siguientes números, en caso de que haya demasiado de algo.
Solo se distribuirá en papel, con un doble objetivo: ser fieles al espíritu de los primeros fanzines, previos a la digitalización; y, si tiene éxito, que se convierta en un objeto de culto.
La tirada del primer número será de 50 ejemplares. Cuando esté listo se anunciará el punto de distribución. A los colaboradores que residan en lugares remotos (respecto al punto de distribución) se les podrá enviar un ejemplar por correo postal.


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Carta fundacional del Inutilitarismo.
Por Juan Sin Tierra.En el día de hoy, después de pensarlo durante poco tiempo, he decidido fundar un movimiento cultural llamado Inutilitarismo.
Puede que los movimientos culturales no nazcan así, por la cara, solo porque lo diga un pirado random, sino que requieran un proceso, algún resultado concreto y cierto grado de (re)conocimiento general. Pero bueno, así no hay que esperar tanto, no vaya a ser que el nombre se le ocurra a otro, y le doy al asunto cierta solemnidad, como las cartas de los primeros cristianos a los corintios, etc.
El Inutilitarismo es una corriente abierta a todas las personas creativas y creadoras. La condición esencial es crear cosas inútiles. No me refiero a que acaben resultando inútiles, por H o por B (algo relativamente habitual, dada la confusión imperante), sino que se conciban de entrada con plena consciencia de su inutilidad. La persona inutilitarista no tiene propósito ni objetivo alguno más allá de la diversión por el simple hecho de crear la inutilidad que esté creando. Just for fun, como dirían nuestros amigos británicos.
Llegados a este punto, hay que anti-reivindicar a Nuccio Ordine y su famosa obra La utilidad de lo inútil. Siendo brillante y necesaria, incluso recomendable, no inspira al Inutilitarismo, porque, si lo hiciera, sería útil. El lema del Inutilitarismo es más bien «la inutilidad de lo inútil». La paradójica posibilidad de que lo inútil resulte útil, no es asunto del Inutilitarismo. Si ocurre, bien, y, si no, también. La persona inutilitarista no se lo plantea, y, si se lo plantease, no sería inutilitarista.
¿Las personas inutilitaristas nacen o se hacen? Indudablemente, los bebés vienen al mundo siendo inutilitaristas (la mayoría de forma inconsciente), luego se deshacen, y, finalmente, en cierto porcentaje indeterminado (pequeño) y por circunstancias ignoradas, se hacen. Pero esta cuestión no tiene mayor interés. Lo importante es el perfil, dependiendo de la inutilidad preferida de cada cual.
El arquetipo de persona inutilitarista es la que escribe poemas, dibuja distraídamente en un trozo suelto de papel, o se dedica a alguna clase de artesanía. Es un error contraargumentar que la artesanía produce objetos útiles, el inutilitarismo reside en el hecho mismo de ejercerla. También tiene que ver con la percepción del tiempo, que se ralentiza gracias a la lentitud que caracteriza a toda actividad inutilitarista. Pero ojo, cuidado, otro error grave es pensar que el Inutilitarismo es un pasatiempo (horrible palabra); es justo lo contrario: no es un entretenimiento para dejar que el tiempo se nos escurra entre los dedos, sino una forma de lúcida y consciente conexión entre el humilde creador manual y el Tiempo, el Gran Destructor.
También encaja en el arquetipo la persona que escribe en prosa (exceptuando, quizás, la profesión periodística), o da paseos sin rumbo, caminando o en una vieja bicicleta. En general, suele gustarle la lectura y la conversación, aunque huye del tumulto. Tiende a contemplar los acontecimientos cotidianos con cierta perplejidad, y a cuestionar (casi) todo lo divino y lo humano, aunque sin acritud (es amable y sabe escuchar). Admirar a Pessoa, aunque sea un poco, también es un rasgo distintivo de la persona inutilitarista.
La acción inutilitarista es, por definición, anticapitalista. Esta es una cuestión peliaguda, pero no debe cundir el desaliento, por dos razones. La primera es que el Inutilitarismo no persigue la revolución ni es utópico, porque entonces sería útil, únicamente propone una mirada alternativa, no se sabe si nueva o recobrada. Si eso llega a ser útil, no concierne al Inutilitarismo. La segunda razón es que se trata de un movimiento cultural, no político. La paradoja, por tanto, insoslayable, es que el hecho de no ser un movimiento político, lo convierte en profundamente político, aunque, eso sí, políticamente inútil. En este sentido, el Inutilitarismo es una antropología.
Por supuesto, se puede ser inutilitarista parcialmente y solo a ratos, no se exige coherencia ni constancia. Cualquiera que se sienta inutilitarista, ya lo es automáticamente sin que nadie tenga que levantar el pulgar. Y menos, yo, que bastante he tenido con fundarlo.
Ahora bien, la gracia de este tipo de cosas es interactuar, compartir y difundir un poco las inútiles creaciones que vayan surgiendo. Porque hasta ahora hemos hablado solamente de las características externas del Inutilitarismo. Su verdadera impronta como movimiento cultural estará, además de en la (ausencia de) intención, en el contenido y el estilo de las creaciones. Pero ese puente ya se cruzará al llegar a él, es inútil preocuparse ahora. Lo necesario en este momento es establecer un medio de difusión que actúe como catalizador del encuentro y la conversación. Dado que debe cumplir la condición de ser lo más inútil posible, el medio ideal es el fanzine. Obviamente, en papel. Se llamará Inutilidades, y su contenido y periodicidad serán aleatorios.
Pueden dirigir sus colaboraciones (poemas, relatos, ensayos, reseñas, dibujos, fotos, mapas) para el primer número, a la dirección de correo electrónico inutilidades@mf.me (es una dirección real y operativa; en principio, se garantiza respuesta). Puede ser recomendable utilizar pseudónimos, no por privacidad y vergüenza, que un poco también, sino como homenaje a Pessoa. Otra cosa a tener en cuenta, para el material gráfico, es que la impresión será en blanco y negro.
Total, que queda fundado el Inutilitarismo y ya se irá viendo. Porque, en efecto, este movimiento cultural no sirve para nada.
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Nunca le toca,
nunca,
la lotería de ser rico
porque no juega.
Dice que ya es rico
y es verdad:
tiene un techo;
no siempre toca.Tal vez le toque
la lotería de morir
cuando no toca,
porque no jugar
es no vivir.
Y siempre toca,
siempre,
aunque no toque. -
Nací naciendo,
un día cualquiera,
tal vez una noche,
sin venir a cuento.
Fue una suerte.Solo dijeron
«es un niño»
Y yo lloré
por no tener nombre
y un poco por llorar.Entonces dijeron
«es la vida que canta»
Vaya cursilada.
No era la vida cantando,
sino yo naciendo.Me quedé dormido
(nacer cansa)
sin nada que soñar,
porque tú
estabas por nacer.No estoy seguro
si tú también
naciste naciendo
o te soñé soñando.
Fue una muerte. -
LA PRINCIPAL crítica a la transmisión de información mediante la palabra hablada es que el mensaje se distorsiona durante el proceso comunicación de unas personas a otras. Se suele usar como ejemplo (por gente de cierta edad) el llamado «juego del teléfono». Supongo que ya nadie lo juega; los niños seguro que no (son demasiado inteligentes). Tal vez se siga usando para dinamizar a directivos matracas por consultores de pacotilla, pero ni idea. A mí me parecía una chorrada, porque pensaba que los jugadores cambiaban el mensaje adrede, solo por las risas. Ese era el objetivo del juego, por supuesto, me refiero a que no probaba nada sobre la transmisión oral de información, porque lo que estaba en funcionamiento durante el juego era la memoria a corto plazo.
Otra cosa muy diferente es cuando pasa el Tiempo (el Gran Destructor), porque entonces la memoria sí empieza a hacer de las suyas. Pero los antiguos no tenían un pelo de tontos y aplicaban astutas técnicas para garantizar la integridad del mensaje. Una era construir los relatos en verso, como ayuda a la memoria. Otra era meter el verdadero mensaje dentro de un cuento o parábola, de forma que la gente podía transmitir ese mensaje incluso sin entenderlo. Los cuentistas modernos empezaron a incluir las famosas moralejas porque no llegaron a comprender esta idea; pensaban que la gente era tonta y se creían en la obligación de explicarlo todo.
Cabe preguntarse (yo me lo pregunté durante un tiempo) por qué algunos siguieron prefiriendo la oralidad incluso cuando ya se había inventado la escritura. Por ejemplo, grandes figuras como Buda, Sócrates o Jesucristo no escribieron nada. El motivo es sutil y paradójico: para preservar sus enseñanzas sin que pudieran ser tergiversadas o falseadas. Se percataron de que cualquiera podía escribir cualquier cosa sin que fuera posible verificar las fuentes. Concluyeron que la única forma de que en el futuro nadie les atribuyera ningún escrito falso era no escribir nada. En su lugar, escogieron un estrecho círculo de personas de confianza a quienes transmitir oralmente sus enseñanzas.
Obviamente, siempre pueden surgir interpretaciones y falsedades, pero no serían atribuibles a ellos. Incluso tienen la suerte (Buda, Sócrates o Jesucristo) de que la IA no puede generar vídeos en los que salgan diciendo cualquier locura. Bueno, sí puede, pero por definición no serían creíbles.
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LOS MONSTRUOS gigantes, tipo Godzilla, se caracterizan por resistir súper bien las balas y las bombas. Solo pueden ser derrotados a puñetazos por otros monstruos de similar tamaño.
Normalmente son ejemplares únicos, tal vez los últimos (machos) de su especie.
Es habitual que diferentes tipos de monstruos gigantes convivan durante años en territorios reducidos, por ejemplo, una isla remota que no sale en los mapas. Pero no se encontrarán y lucharán a muerte sin la presencia de un grupo de expedicionarios occidentales.
Este grupo irá necesariamente liderado por un exmilitar maduro armado hasta los dientes, acompañado por una atractiva científica y el tipo adinerado que financia la expedición, casi siempre con sobrepeso y algo pusilánime (suele sufrir una muerte violenta, pero no a manos de uno de los monstruos gigantes, sino de una criatura de segundo orden, como un cocodrilo, o aplastado por una roca, o despeñado por un desfiladero).
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EL TIEMPO hay que gestionarlo, no se gestiona solo. Me refiero al tiempo que cada persona dedica a cada cosa, no al tiempo como inescrutable variable física (abreviada con una simple e inocente t), que avanza sin control.
Llevo años leyendo y probando cosas sobre gestión del tiempo, pero no con la intención de ser más productivo, líbreme el Señor. Detesto la productividad. No tengo ningún interés en caer en la infinita espiral jamsteriana. Lo que me interesa es organizarme mejor para reducir el estrés generado por la vida moderna. (A lo mejor indirectamente me estoy volviendo más productivo, pero nunca lo sabré, porque no pienso medirlo).
Todo viene de que el cerebro humano es súper puñetero. Por poner un ejemplo, no es capaz de separar las cosas por contexto: nos llevamos a casa las preocupaciones del curro, y al curro las de casa. Tampoco es muy bueno almacenando información, las cosas se olvidan y recuerdan randommente en los momentos más inesperados. La solución inmediata es apuntarlas. Al menos desde que se inventó la escritura, ni idea de cómo se las arreglaban antes.
El lugar donde apuntar las cosas puede ser una humilde libreta o un sofisticado dispositivo electrónico conectado a la Nube. Esta segunda posibilidad es lo que los gurús de la productividad han denominado «segundo cerebro», porque, gracias a la IA, es capaz de realizar un montón de funciones supuestamente útiles y necesarias (te avisa de fechas, te clasifica datos, te automatiza las respuestas a los correos, etc.), que están vedadas para el mundo digital no inteligente (pre-IA) y, por supuesto, para el analógico. Estos gurús consideran que dos cerebros son mucho mejor que uno, y que solo un insensato pensaría lo contrario.
La necesidad del segundo cerebro surge, como comentaba antes, de las exigencias de la vida moderna. Cada vez tenemos más posesiones materiales y más actividades que gestionar, muchas de ellas asociadas, precisamente, a esas posesiones. Por ejemplo, uno no tiene un piso y ya. El piso hay que limpiarlo, hacerle reparaciones, pagar la hipoteca, contratar un seguro, ir a las reuniones de la comunidad, pagar el IBI y la basura (ahora llamada residuos sólidos urbanos), contratar y pagar el internete, la electricidad y el agua, comprar electrodomésticos, muebles, cuadros, alfombras, fungibles de todo tipo, etc., etc. O uno no tiene un curro y ya. También hay un horario que cumplir, un ordenador con Windows, reuniones inútiles, jefes ídems, clientes matracas, compañeros escaqueados, informes para ayer, cenas de navidad con amigo invisible, etc., etc. Obsérvese que cada uno de estos ítems, en el ámbito que sea, tiene, a su vez, otra serie de tareas e información que gestionar. Este hecho puede apreciarse por el conjunto de apps que, supongo que con buena intención, han puesto a nuestra disposición los bancos, las compañías de seguros, de telecomunicaciones, de suministro de agua, de electricidad, de la alarma antiokupación con aviso a policía, las plataformas de contenidos (nétflis, práim), los gimnasios, los restaurantes, los supermercados, las peluquerías, las redes sociales (féisbuc, histograma), etc., etc., que nos obligan a estar pendientes de los saldos, consumos, facturas, recibos, ofertas, promociones, contraseñas, posibles fraudes, etc., etc. En resumen, un infierno. La solución que proponen los gurús tecnológicos y millonarios como Masc o Sukerber son precisamente los segundos cerebros, dando lugar a un humano potenciado (generalmente hombre), altamente productivo, en constante crecimiento personal, y dueño de su propio destino con el fin de alcanzar sus sueños.
Por sacar mis propias conclusiones, durante los últimos años he estado probando varias de estas aplicaciones (aunque yo prefiero llamarlas de «organización personal») y reconozco que en general no están mal. Aunque todas, casi sin excepción, tienen el defecto de que las han ido complicando cada vez más y al final su uso ha terminado por no compensarme. El punto culminante (por ahora) es que todas incorporan su correspondiente IA, lo que me parece, además de una brasa, totalmente inmoral y antiecológico. Estos dos aspectos son las dos caras de la misma moneda, y creo que hay que tomárselos en serio y no frivolizar. Me parece una inmoralidad desperdiciar un montón de recursos (energía y agua) para que una IA me preste un supuesto servicio que no necesito, mientras media humanidad las pasa canutas. Es como utilizar un todoterreno de dos toneladas y doscientos caballos para ir por la ciudad. La gente no es consciente, por poner otro ejemplo, de todos los recursos que se movilizan para intercambiarse chorradas por las redes sociales. La IA está fantástica para curar enfermedades, pero yo no necesito un mayordomo virtual.
Así que al final me he decidido por volver a mis orígenes analógicos y estoy utilizando un simple cuaderno de 21×13 cm, de hojas lisas (sin cuadros, líneas ni puntos). No tengo que cargarlo todos los días, ni tengo que actualizarle la versión, ni necesito guaifai. Aunque también hay que saber usarlo, para que sea más útil y gratificante, y, obviamente, tiene sus limitaciones. Por eso también utilizo un almacenamiento en la nube para los archivos, y una aplicación de «mapas conceptuales» para organizar cierta información de una forma más visual. Pago por los dos servicios a empresas medianas que teóricamente no comercian con mis datos.
Pero lo fundamental para una buena gestión del tiempo, en mi opinión, es intentar llevar una vida (moderna) lo más simple posible, sin caer en posturas extremas. Y tipos como Masc, Sukerber y otros iluminados tecnofeudales, mientras más lejos, mejor.
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IRENE Vallejo cuenta la historia del mercenario y poeta griego Arquíloco (680-640 a.C.) en su genial El infinito en un junco. Cometió el pecado mortal (Arquíloco, no Irene Vallejo) de deshacerse de su escudo y salir por patas de una batalla que se les había puesto cuesta arriba.
Los griegos de aquellos tiempos remotos tenían a gala regresar de la guerra «con su escudo o sobre él», es decir, vivitos y coleando después de haber luchado valientemente, o completamente muertos. En este segundo caso, más bien «los regresaban», y supongo que lo dirían metafóricamente, porque vaya trabajera para los supervivientes estar cargando a los muertos en sus escudos. Ser un «arrojaescudos», rhípsapis, era el peor insulto. Se sabe que Arquíloco fue un «arrojaescudos» porque tuvo el atrevimiento de contarlo él mismo en unos versos.
Esta historia me recordó a un señor francés mayorcísimo, llamado Maurice, que conocí hace un porrón de años en un pueblecillo de la actual España vaciada. Era aficionado al ajedrez, y tras ganarme un par de partidas y unos vasos de vino mediante, me contó que había participado en la Segunda Guerra Mundial. Formaba parte de la «tripulación» de un tanque. Consiguieron sobrevivir por el ingenioso método de abandonar el tanque ante la más mínima amenaza y esconderse por los alrededores hasta que hubiese pasado el peligro.
Me pareció bien. Yo probablemente hubiera hecho lo mismo, tal vez por simple cobardía (hay que verse en la situación) o como forma de resistencia frente a los gorditos (reyes, oligarcas, políticos y otra gente mal vivir) que conducen a los pobres flacos a morir en las guerras. Y lo mejor de todo es después proclamar con orgullo y satisfacción, como Maurice y Arquíloco, haber tirado el escudo para salvar el pellejo.
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LAS PERSONAS humanas somos poliédricas, es decir, tenemos muchos edros. Los dos principales son la biología y la cultura. No hace falta dar definiciones ni poner ejemplos para saber lo que es cada cosa.
Como todo en la vida, la biología y la cultura van cambiando con el paso del Tiempo, el Sumo Destructor (*). Pero la biología cambia súper despacio y la cultura a toda máquina. Otra diferencia está en el agente del cambio. En la biología es la Natura, que es sabia (y a veces un poco cruel), mientras que en la cultura es el propio Hombre, que ya se sabe que es un insensato (la Mujer también, pero un poco menos). En resumen, la biología cambia muy (pero que muy) despacio y sabiamente, y la cultura a toda pastilla y de forma alocada.
Después están los objetivos. El de la biología es la supervivencia de las especies, que nunca se logra por culpa del Tiempo. La extinción ha sido, es y será, el destino final. Pero ojo cuidado, que estamos hablando de unos plazos larguísimos. No hay que caer en el pesimismo y la parálisis propios del colapsismo.
Por su parte, el objetivo de la cultura es la felicidad, que tampoco, ¡ay!, se consigue nunca. La causa principal es que la cultura, conducida por el Hombre insensato, tiende a una excesiva sofisticación, dando lugar a penosas confusiones e incentivos perversos que desbaratan toda promesa de felicidad.
La consecuencia de una cultura tan mal gestionada es una enorme tensión en el poliedro humano, que conduce a su resquebrajamiento tras un proceso de sufrimiento físico y mental. Los requisitos básicos de alimentación, sueño, movimiento y socialización están siendo violentados por la aceleración de la cultura. Es decir, por la cultura de la aceleración, que es inherente al capitalismo (considerado como antropología, no solo como teoría económica).
El caso es que solo hay dos formas de restablecer la Armonía.
La primera sería acelerar la biología o potenciarla con tecnología, para acompasarla con la cultura. Esto es lo que pretenden el transhumanismo y los cíborgs. El dispositivo de partida de la ciborguización es el teléfono inteligente conectado a Internet.
La segunda forma sería desacelerar lo cultural en todas sus manifestaciones. Aclaro, para los más tiquismiquis, que seguimos en la esfera macro; no me refiero solo a ese oasis de resistencia que son las «actividades culturales» como la música o la poesía, sino también a bajar el pistón de la vida: rechazar el consumismo, recuperar la lentitud, disfrutar de las pequeñas cosas, o reforzar los vínculos con otras personas. En realidad, todo esto no deja de ser un parche. La verdadera transformación requiere cambiar la mirada. Pero bueno, aunque alguien dijo con acierto que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, por algo hay que empezar.
Nos están tratando de imponer la primera forma (emigrar a Marte), pero yo prefiero la segunda (salvar la Tierra).
(*) El Tiempo, Sumo Destructor, se opone a Dios, Sumo Hacedor.
