LA CULPA fue del Sistema Educativo, que obligaba a los niños y niñas a cargar un montón de peso en la mochila. Las taquillas escolares no habían llegado a nuestro país. Para contrarrestarlo (en cierta medida) empecé a usar los típicos cuadernitos grapados, del tamaño de medio folio y tapas de cartulina fina, casi siempre azul, en lugar de las libretas grandes de resorte que usaba todo el mundo. Mantuve esa costumbre hasta la universidad (incluida). Tenía que usar varios cuadernitos por asignatura y los numeraba en plan Física Tomo I, Física Tomo II, y así con todo.


Alguien me habló de Gantt y Taylor (hoy los repruebo) y se me ocurrió el colmo de optimizar esos cuadernitos: les quité la grapa y separé la mitad de las hojas, para obtener dos cuadernitos a partir de cada uno. Solo me faltaba comprar un poco de cartulina para hacer las nuevas cubiertas. Ni corto ni perezoso, fui a la papelería más cercana. Era una papelería grande, llena de pasillos con estanterías y olores a material escolar. De camino a las cartulinas, me entretuve mirando los sobres y los cuadernos de dibujo, y llegó la hora de cerrar. Volví al día siguiente. Estaba mirando los lápices de colores, cuando una señora me preguntó por una taladradora de dos agujeros. En vez de decirle que yo era un cliente cualquiera, la acompañé y le recomendé la que me parecía mejor en calidad y precio.
Un tipo joven, pero con actitud de jefe, me dijo: «Ah, está usted aquí, salga a descargar la furgoneta». Salí y descargué la furgoneta. Después el joven me ordenó llevar las cajas al almacén y colocar la mercancía en unos estantes metálicos. Llegó la hora de cerrar y regresé a casa sin mis cartulinas. Volví al día siguiente, y al otro, y al otro, y el joven no hacía más que ordenarme cosas. Hasta que un día me dijo: «Ha superado usted el periodo de pruebas, pase por administración». Y así me hice empleado de una papelería.
Cierto día, el joven me ordenó que fuera con la furgoneta a recoger un pedido de papel al mayorista. Como el tipo del mostrador estaba ocupado, me puse a deambular por el almacén. Tenían pliegos de todas clases y bobinas de papel inmensas, que había que cargar con grúa. Estaba manoseando unas cartulinas satinadas de colores pastel, cuando me interrumpió un señor de mediana edad con aspecto y actitud de estar estresado: «Hombre, Javier, tú por aquí. Qué suerte, pensaba pasar esta tarde por tu oficina… te dejo esto y ya me dices». Se puso a rebuscar en el maletín, sacó un tocho de folios encuadernado con pasadores, y me lo dio. Iba a decirle que yo no era Javier, pero me soltó una palmada amistosa en la espalda y se fue por donde había venido, murmurando entre dientes que el metro cuadrado de papel estaba por las nubes, Jesús, Jesús, Jesús.
El tocho era el manuscrito de una novela, titulada Cosas mías. Empecé a leerla y se me fue el santo al cielo. El almacén tenía que cerrar y regresé a la papelería sin el pedido. Además, me habían puesto una multa por aparcar la furgoneta en un vado permanente. El joven se disgustó y me dijo que recogiera mis cosas y me marchara, que estaba despedido. Como no tenía cosas mías que recoger, me marché directamente. Al llegar a casa me di cuenta de que todavía llevaba la novela debajo del brazo. Me preparé un vaso de agua con gas y limón, y me senté a terminarla. Me gustó, aunque yo le hubiera hecho ciertos cambios.
Suponía que tenía que devolverle la novela al señor estresado, pero no sabía cómo se llamaba ni tenía su dirección. Me acordé de que entre las páginas del tocho había encontrado un sobre con la carta que el autor le había enviado al (suponía yo) señor estresado, acompañando al manuscrito. Escribí unas notas breves con mis sugerencias y le envié el tocho por correo. Para que se diera cuenta de que yo no era el tal Javier, le escribí mis datos de remitente con toda claridad.
A la semana siguiente me llegó un cheque. A la semana siguiente de la siguiente, recibí otro tocho. En esta ocasión le dije que la novela era mala y no tenía arreglo, a pesar de lo cual recibí otro cheque.
Después de varios meses, tal vez años, me llegó una carta en la que me ofrecían incorporarme a la plantilla como director editorial, y dejar de trabajar como freelance. Como no sabía qué demonios era un freelance y siempre me ha costado decir que no, contesté que sí.


