Me tropecé con la regaladora de árboles cierto día, casi al mediodía, en un cruce de caminos. Lo llamé Los Encuentros, como el cruce donde Juan Preciado fue a dar con Abundio, camino de Comala. Sólo que yo me dirigía a un sitio real, y la regaladora de árboles estaba vivita y coleando.
Era una regaladora ambulante: ambulaba por la comarca, y a veces deambulaba (sin rumbo), regalando árboles. Para mí era una novedad, nunca había visto una regaladora ambulante. Y menos, de árboles.
Le pregunté cómo se ganaba la vida, si regalaba los árboles en lugar de venderlos. Me dijo que era regaladora de árboles a tiempo parcial, y durante el tiempo imparcial era funcionario público entrenador de IA. Con eso se ganaba la muerte. La vida le había tocado en un juego de azar. Me sentí identificado, aunque a mi me tocó en uno de azahar, y me alegré todavía más de aquel encuentro informal (o casual, como se dice en inglés).
Le pedí que me enseñara los árboles que regalaba. Tenía muchísimos. Altos, bajos, rectos, torcidos, de hoja caduca o perenne (esto me sonaba del colegio), de corteza lisa, de corteza rugosa. Una maravilla. ¡Qué variedad de árboles para regalar! Me dijo los nombres, pero nunca se me quedan. Da un poco igual, porque la gente que recibe los árboles suele cambiárselos. A veces hay nombres que se ponen de moda y es una lata.
Le pregunté cuántos árboles solía regalar y me dijo que muchísimos. Esta temporada esperaba llegar a muchos más que muchísimos, porque estaba de liquidación. La IA estaba aprendiendo a toda velocidad y en poco tiempo se iría de cabeza al paro. «Pero si eres funcionario», le dije. Se encogió de hombros. Se quedaba sin funciones, casi todas, hasta las de décimo segundo grado, las resolvía la IA. Le dije que podía vender los árboles en lugar de regalarlos. Pero le pareció una idea tan absurda que ni me contestó.
Me estrechó la mano y murmuró que tenía que continuar ambulando. Aunque estábamos solos en aquel cruce de caminos, gritó: «¡Regalo árboles, regalo árboles!» A lo mejor estaba calentando la voz. Le dije que antes partir me regalara uno a mí, y lo hizo. Me encantó su elección, el árbol encajaba conmigo como un guante. Me quedé pensando qué nombre ponerle.
Me sentí triste mientras la veía alejarse por el camino. Era la primera persona regaladora ambulante de árboles que me había tropezado en mi vida. Por suerte, con el paso del Tiempo me tropecé muchas más, y ahora tengo un bosque (a coste cero). Pero no consigo verlo.














