SI SE piensa bien, no tenemos nada más importante que el tiempo. Nada. Cada instante que pasa es imposible de recuperar y los instantes están (literalmente) contados. Por eso hay que escoger muy bien las cosas, personas y causas que se merecen nuestro tiempo (y a esas dedicarles atención plena). Hacemos todo lo posible para que no nos roben nuestras propiedades (simples objetos materiales) y dejamos que nos roben el tiempo.
En segundo lugar está el cuerpo. La medicina puede repararlo hasta cierto punto, pero por ahora no tiene recambio. Hay que hacer cuatro cosas: ejercicio moderado, comer poco y sano, dormir bien y evitar el estrés.
En tercer lugar está el espíritu. No en sentido esotérico, sino como el conjunto de cultura, criterio, saber estar y buen humor. Hay que hacer dos cosas: cultivar relaciones sociales sanas y, sobre todo, evitar convertirnos en cascarrabias amargados, que es una tendencia bastante habitual al cumplir años.
ANTES del euro, la moneda francesa era el franco, un detalle que nuestro dictador Francisco no tenía que haber pasado por alto.
En justa reciprocidad debió sustituir la peseta por el petén o, mejor aún (en aras de la buena vecindad), por el degól.
Nota psicológica: El uso de la tilde en la españolización de la palabra (ellos también afrancesaron el franco) tendría dos intenciones. Por un lado, reforzar su “agudez”, en homenaje a nuestros vecinos del norte. Por otro, mostrar el poder absoluto del dictador sobre cualquier norma previamente establecida, incluso, o con más razón al tratarse precisamente de un dictador, las de la ortografía.
TARZÁN causaba admiración universal por sus proezas físicas: atravesar la selva africana saltando de rama en rama (gracias a las oportunas lianas) mientras emitía a pleno pulmón su característico grito, o liquidar a cualquier fiera salvaje (el taimado cocodrilo o el displicente león) en combate cuerpo a cuerpo, armado de un simple cuchillo.
Pero cuando leí «Tarzán de los monos», la primera de las novelas de Tarzán, después adaptadas al cine, que catapultaron a la fama a Edgar Rice Burroughs, descubrí que su verdadero superpoder es de naturaleza intelectual, no física.
Sus padres murieron cuando apenas tenía unos meses y fue criado por una simia (gorila probablemente) en plena selva. Cuando tenía diez años encontró la cabaña que había sido de sus padres (y donde él había nacido), en la que había varios libros, entre ellos una cartilla infantil y un diccionario. Ni corto ni perezoso, aprendió a leer y escribir el idioma inglés (no a hablarlo) de forma completamente autónoma. De esta forma, con lápiz y papel escribió sendas notas, con una redacción impecable, destinadas a los siguientes exploradores que aparecieron por aquellos lares.
Años más tarde, ya de adulto, aprendió a hablar… en francés, gracias a las enseñanzas de un teniente de esa nacionalidad, al que rescató de una tribu caníbal. Precisamente por intermediación del teniente francés ante la policía de París, Tarzán es por fin identificado como Lord Greystoke, sin ningún género de dudas, gracias al cotejo de sus huellas dactilares (el padre de Tarzán, previsoramente, había impreso en su diario, también hallado en la cabaña, las huellas dactilares de su hijo recién nacido; por lo visto, las huellas no cambian con la edad).
La novela termina con Tarzán conduciendo su propio automóvil por tierras americanas, donde había acudido en busca de su amada Jane. No digo si la encuentra por no hacer spoiler.
Debo aclarar que Tarzán tenía posibles, gracias al tesoro que le había arrebatado a unos marineros amotinados que habían recalado en la costa africana (era una selva pegada al litoral, no de interior, como yo pensaba de ver las películas).
HE ESTADO varios días pateando una ciudad (casi) desconocida para mí, con la única ayuda de un plano de papel, en lugar de la aplicación de mapas y el GPS del móvil.
La conclusión es que me oriento mucho mejor de esta forma. Tal vez porque el plano de papel es mucho más grande que la pantalla del móvil y la visión de conjunto, en la que destacan con claridad ciertas referencias, me permite situarme de forma casi instantánea (es la llamada “sinergia espacial”, un mapa no se lee, se percibe como un cuadro). O tal vez porque soy un jurásico mal adaptado a las (ya no tan) nuevas tecnologías.
No voy caminando con el plano abierto, sino lo consulto en alguna esquina, tras el último trayecto de dos o tres calles, giros o cruces, que memoricé en la consulta anterior. Una cuestión fundamental es captar la escala del plano en relación a las dimensiones de la ciudad y el ritmo de pateo. Cuando tengo que recorrer una calle larga hasta el final, sin preocuparme de los cruces, disfruto plenamente de la contemplación de la ciudad (los edificios, las tiendas, la gente).
En una esquina observo una pareja que intenta orientarse con el móvil: lo giran, amplían la imagen, lo vuelven a girar (el plano cambia de orientación en la pantalla y se despistan), discuten, caminan un poco, vuelven sobre sus pasos, activan la navegación y la voz enlatada les da una indicación que los confunde (no sé por qué, esto casi nunca pasa conduciendo).
Paso a su lado con la despreocupación de un lugareño, gracias al pequeño plano de papel que llevo cuidadosamente doblado en el bolsillo (con la práctica he desarrollado una habilidad especial para desplegarlo por la parte que me interesa, echarle un vistazo y volverlo a doblar).
Navego (camino) por referencias, no me fijo en los puntos cardinales, a pesar de que la palabra “orientación” viene de “oriente” (este), porque los árabes dibujaban sus mapas con el este (oriente) en la parte superior de la hoja. Ahora el convenio es orientarlos al norte (si se me permite esta expresión imposible), aunque los planos turísticos y callejeros generalmente se encajan en la hoja como más convenga, según la forma de la zona a representar y la escala. Bueno, ahora que lo pienso, en realidad siempre estoy algo “orientado”, porque estoy pendiente del sol para buscar la sombra.
Un contra (por decirlo todo): el principal enemigo de los planos de papel es la presbicia.
LA «GRANDEZA», entendida como el deseo de gloria militar y de conquista y dominio sobre otros pueblos y personas, me parece un concepto tan profundamente estúpido, que me sorprende que siga vigente y todavía se utilice con aparente naturalidad en las conversaciones cotidianas y en el discurso de ciertos partidos políticos. Es alucinante que una frase como «Volver a ser grandes» no se considere, de forma unánime, un desatino extemporáneo merecedor del mayor de los desprecios.
Pero ya se sabe que la estupidez es la más peligrosa de las fuerzas, contra la que incluso los dioses luchan en vano. Cuántas muertes y miserias a cuenta de los sueños de grandeza, aderezados con una buena dosis de codicia, de sujetos como Alejandro, César, Napoleón o Hitler. He citado estos ejemplos históricos por mantener cierta distancia, pero la lista de sátrapas de todo pelo es verdaderamente interminable.
Alberto Savinio propuso fundar una asociación cuyos miembros, por razones higiénicas, se comprometían a no saber nada de Mussolini ni a pronunciar jamás su nombre. Le parecía que, de esta forma, su subida «sería tan imposible como la de un globo en un espacio sin aire». Claro que no era tan ingenuo como para pensar que podía tener éxito; sabía que el anhelo de «grandeza» permanecía latente en el imaginario de la gente a la espera de ser convenientemente activado.
Como solución a mí solo se me ocurre la educación, pero cualquiera se atreve a proponerlo. Ya me estoy imaginando un «pin parental» sobre la grandeza.
CUANDO Napoleón se proclamó emperador, en 1804, escogió un águila (de inspiración romana) como símbolo del imperio, en lugar del tradicional gallo galo.
(Por lo visto, dijo que el gallo es un animal que vive sobre el pajar y se deja comer por la raposa, mientras que el águila es el ave que lleva el rayo y mira el sol cara a cara).
En 1840, sus restos mortales fueron repatriados desde la isla de Santa Elena a bordo de la fragata Belle Poule. Al menos, eso sí, la pintaron de negro para la ocasión.
TRAS la invasión de Austria en marzo de 1938, los nazis ocuparon la casa de Sigmund Freud, le confiscaron el dinero y detuvieron a su hija Ana.
Cuando por fin decidió abandonar su país, además de exigirle una considerable suma (que pagó su discípula francesa Marie Bonaparte), le obligaron a firmar una carta en la que debía reconocer que había sido tratado con consideración y respeto por las autoridades alemanas, en especial por la Gestapo, y que había podido vivir y trabajar en completa libertad, sin el menor motivo de queja.
Antes de firmar la carta, solicitó que le permitieran añadir una frase. Escribió: “De todo corazón, recomendaría la Gestapo a cualquiera”.
ES ALGO que nos resulta muy pesado, agotador y repetitivo, y de lo que no podemos librarnos con facilidad.
Ejemplos de uso: «Ir de compras es súper sisifante» o «Este asunto me está resultando absolutamente sisifante».
Viene del ejemplar castigo que los Jueces de los Muertos le impusieron al sinvergüenza de Sísifo. Tenía que subir un enorme bloque de piedra a lo alto de una montaña y dejarlo caer por el otro lado. Pero siempre que estaba a punto de llegar a la cima, el bloque rodaba hasta la base de la montaña y vuelta a empezar.
LA LUZ del mediodía entra en la habitación. Sentada, esperando, miras los aviones pasar.
Desde la ventanilla veo el edificio sobresaliendo entre las casitas de juguete y saludo con la mano como si pudieras verme.
Charlamos entre el ajetreo, las conversaciones un poco altas y alguna queja. También alguna risa. Me preguntas las razones y te digo que no hay ninguna (si las hay, no me importan). Con la mano izquierda dibujas un velero de velas triangulares. El azul del mar no acaba de gustarte. Te digo que el mar nunca es exactamente azul, que en los mapas antiguos era verde.
Las horas transcurren en una rutina minúscula, bajo la distraída mirada del reloj digital de la pared. Ya te has acostumbrado a decir las diecisiete o las dieciocho, en lugar de las cinco o las seis.
La luz del crepúsculo entra en la habitación. Sentada, descansando, miras los aviones pasar.
Me ha tocado el otro lado y desde la ventanilla sólo veo el mar. Distingo un velero de velas triangulares. El mar no es exactamente azul. Es más bien verde, como en los mapas antiguos de mi memoria.