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PERSONA adornada con la virtud de la paciencia.
También es aplicable a algo para cuya realización se requiere mucha (pero que mucha) paciencia. Por ejemplo, quitar la silicona de los azulejos después de desmontar una mampara de ducha.
Proviene del santo Job, protagonista (como no podía ser de otra manera) del bíblico Libro de Job. Es considerado el paradigma de la paciencia (Job, no el libro), porque soportó con infinita ídem las duras pruebas a las que lo sometió Satán, con el visto bueno de Dios. (Lo siento por los monistas: Satán le dijo a Dios que Job no era trigo limpio y a Dios le pareció bien ponerlo a prueba). Epílogo: Job se mantuvo fiel a Dios, de ahí su santidad.
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TODAVÍA anda por casa La Biblia de los niños, editada en 1964 con licencia eclesiástica del Obispado de Barcelona, que yo leía cuando era pequeño. Cuenta que “los primeros niños del mundo” fueron los hijos de Adán y Eva, Caín y Abel.
Por un turbio asunto de celos por una ofrenda a Dios, Caín se cargó a Abel y se fue a vivir “al oriente del Paraíso Terrenal”. Supongo que sería al este del paraíso, pero por fuera, dado que Dios había puesto a sus padres de patitas en la calle. Pero no nos desviemos de la cuestión.
El caso es que Adán y Eva tuvieron un tercer hijo llamado Set, según Eva “enviado por Dios en lugar de Abel”. Así que Set fue el tercer niño del mundo. Liquidado el segundo (Abel) y desterrado el primero (Caín), la rama que dio origen a la humanidad actual es la de Set.
En efecto, La Biblia de los niños cuenta que “pasaron muchos años y de la familia de Set nació un hombre llamado Noé”, y a partir de ahí ya sabemos lo que pasó.
Pero lo que no cuenta, lo importante, lo que me intrigó durante mis años de infancia, es de dónde demonios salió la niña, luego mujer, con la que se emparejó (por decirlo asépticamente) el bueno de Set.
Porque claro, su pareja solo pudo ser su hipotética hermana, hija también de Adán y Eva (vamos a descartar que Caín tuviera una hija con su propia madre, Eva, porque ya sabemos que había puesto tierra de por medio). Me parece comprensible que el relato oficial pase de puntillas por esta espinosa cuestión, pero, sabiendo que provenimos del tercer niño del mundo, me fastidia que no nos cuenten quiénes fueron las primeras niñas del mundo y de cuál de ellas provenimos.
Consultaré una Biblia para adultos y ya les cuento.

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LO SIGUIENTE que hice fue reducir el uso del navegador Chrome, ya que, según indica la política de privacidad de Google, la empresa “puede” recoger, entre otros muchos datos, “el historial de navegación de Chrome que has sincronizado con tu cuenta de Google”.
Mantuve instalado Chrome para usarlo de vez en cuando con los servicios de la propia Google (como la ofimática, que hay que reconocer que está muy bien). Como navegadores adicionales instalé Firefox en el ordenador y DuckDuckGo en el móvil.
Para quien no lo conozca, DuckDuckGo es un motor de búsqueda centrado en la privacidad (bloquea los rastreadores y no recoge ni comparte información personal del usuario), que también ofrece extensiones para los navegadores (incluido Chrome) y un navegador propio para móviles iOS y Android.
Puede parecer innecesario instalar un navegador alternativo, pudiendo configurar Chrome para mejorar su privacidad (lo más radical y efectivo es desactivar la sincronización con la cuenta de Google), pero tiene tantos trucos que preferí la opción de usar un navegador diferente.
Claro que utilizar otro navegador no evita que Google y otras páginas recojan información sobre ese navegador y su configuración, así como, probablemente, la hora y la URL de la petición y otros datos. Sobre todo en el caso de que sigamos utilizando el motor de búsqueda de Google (este fue el siguiente paso, del que hablaré en una próxima ocasión) o si no configuramos correctamente ese navegador.
La verdad es que no nos lo ponen fácil a los usuarios de a pie. Por ejemplo, la opción de “No rastrear” en Firefox o “No realizar seguimiento” en Chrome, es ignorada olímpicamente por la mayoría de sitios, incluyendo a Google. Lo reconocen directamente en la ayuda de Chrome: “La mayoría de los sitios y servicios web, incluido Google, no modifican su comportamiento cuando reciben solicitudes de la opción «No realizar seguimiento». Chrome no proporciona información acerca de qué sitios y servicios web respetan estas solicitudes, ni sobre cómo los sitios web las interpretan”.
Así que no vale la pena complicarse demasiado. La premisa, en esta ciber-selva donde todos luchan a brazo partido por obtener nuestros datos, es que la diversidad de herramientas y proveedores reduce la profundidad de la integración de los servicios y se lo pone un poco más difícil (solo un poco) al Gran Hermano.
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ESTOY en el servicio de caballeros del aeropuerto. Entra una señora y se pone a mi lado a lavarse las manos. La miro sorprendido pero ella ni se inmuta. Me imagino que va de listilla porque había cola en el servicio de señoras.
“¿Qué diría usted si yo entro en el baño de señoras?”, le suelto.
“Supondría que se había equivocado y no le diría nada”, me contesta tan tranquila.
Me encojo de hombros y salgo. Entonces me doy cuenta de que era yo el equivocado y me había metido en el servicio de señoras.
Bueno, en realidad el final de esta historia es falso, pero es que el auténtico era más aburrido: era el servicio de caballeros y me fui sin decirle nada (no sé si se equivocó o iba de listilla).
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SI SE piensa bien, no tenemos nada más importante que el tiempo. Nada. Cada instante que pasa es imposible de recuperar y los instantes están (literalmente) contados. Por eso hay que escoger muy bien las cosas, personas y causas que se merecen nuestro tiempo (y a esas dedicarles atención plena). Hacemos todo lo posible para que no nos roben nuestras propiedades (simples objetos materiales) y dejamos que nos roben el tiempo.
En segundo lugar está el cuerpo. La medicina puede repararlo hasta cierto punto, pero por ahora no tiene recambio. Hay que hacer cuatro cosas: ejercicio moderado, comer poco y sano, dormir bien y evitar el estrés.
En tercer lugar está el espíritu. No en sentido esotérico, sino como el conjunto de cultura, criterio, saber estar y buen humor. Hay que hacer dos cosas: cultivar relaciones sociales sanas y, sobre todo, evitar convertirnos en cascarrabias amargados, que es una tendencia bastante habitual al cumplir años.
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ANTES del euro, la moneda francesa era el franco, un detalle que nuestro dictador Francisco no tenía que haber pasado por alto.
En justa reciprocidad debió sustituir la peseta por el petén o, mejor aún (en aras de la buena vecindad), por el degól.
Nota psicológica: El uso de la tilde en la españolización de la palabra (ellos también afrancesaron el franco) tendría dos intenciones. Por un lado, reforzar su “agudez”, en homenaje a nuestros vecinos del norte. Por otro, mostrar el poder absoluto del dictador sobre cualquier norma previamente establecida, incluso, o con más razón al tratarse precisamente de un dictador, las de la ortografía.
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TARZÁN causaba admiración universal por sus proezas físicas: atravesar la selva africana saltando de rama en rama (gracias a las oportunas lianas) mientras emitía a pleno pulmón su característico grito, o liquidar a cualquier fiera salvaje (el taimado cocodrilo o el displicente león) en combate cuerpo a cuerpo, armado de un simple cuchillo.
Pero cuando leí «Tarzán de los monos», la primera de las novelas de Tarzán, después adaptadas al cine, que catapultaron a la fama a Edgar Rice Burroughs, descubrí que su verdadero superpoder es de naturaleza intelectual, no física.
Sus padres murieron cuando apenas tenía unos meses y fue criado por una simia (gorila probablemente) en plena selva. Cuando tenía diez años encontró la cabaña que había sido de sus padres (y donde él había nacido), en la que había varios libros, entre ellos una cartilla infantil y un diccionario. Ni corto ni perezoso, aprendió a leer y escribir el idioma inglés (no a hablarlo) de forma completamente autónoma. De esta forma, con lápiz y papel escribió sendas notas, con una redacción impecable, destinadas a los siguientes exploradores que aparecieron por aquellos lares.
Años más tarde, ya de adulto, aprendió a hablar… en francés, gracias a las enseñanzas de un teniente de esa nacionalidad, al que rescató de una tribu caníbal. Precisamente por intermediación del teniente francés ante la policía de París, Tarzán es por fin identificado como Lord Greystoke, sin ningún género de dudas, gracias al cotejo de sus huellas dactilares (el padre de Tarzán, previsoramente, había impreso en su diario, también hallado en la cabaña, las huellas dactilares de su hijo recién nacido; por lo visto, las huellas no cambian con la edad).
La novela termina con Tarzán conduciendo su propio automóvil por tierras americanas, donde había acudido en busca de su amada Jane. No digo si la encuentra por no hacer spoiler.
Debo aclarar que Tarzán tenía posibles, gracias al tesoro que le había arrebatado a unos marineros amotinados que habían recalado en la costa africana (era una selva pegada al litoral, no de interior, como yo pensaba de ver las películas).
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HE ESTADO varios días pateando una ciudad (casi) desconocida para mí, con la única ayuda de un plano de papel, en lugar de la aplicación de mapas y el GPS del móvil.
La conclusión es que me oriento mucho mejor de esta forma. Tal vez porque el plano de papel es mucho más grande que la pantalla del móvil y la visión de conjunto, en la que destacan con claridad ciertas referencias, me permite situarme de forma casi instantánea (es la llamada “sinergia espacial”, un mapa no se lee, se percibe como un cuadro). O tal vez porque soy un jurásico mal adaptado a las (ya no tan) nuevas tecnologías.
No voy caminando con el plano abierto, sino lo consulto en alguna esquina, tras el último trayecto de dos o tres calles, giros o cruces, que memoricé en la consulta anterior. Una cuestión fundamental es captar la escala del plano en relación a las dimensiones de la ciudad y el ritmo de pateo. Cuando tengo que recorrer una calle larga hasta el final, sin preocuparme de los cruces, disfruto plenamente de la contemplación de la ciudad (los edificios, las tiendas, la gente).
En una esquina observo una pareja que intenta orientarse con el móvil: lo giran, amplían la imagen, lo vuelven a girar (el plano cambia de orientación en la pantalla y se despistan), discuten, caminan un poco, vuelven sobre sus pasos, activan la navegación y la voz enlatada les da una indicación que los confunde (no sé por qué, esto casi nunca pasa conduciendo).
Paso a su lado con la despreocupación de un lugareño, gracias al pequeño plano de papel que llevo cuidadosamente doblado en el bolsillo (con la práctica he desarrollado una habilidad especial para desplegarlo por la parte que me interesa, echarle un vistazo y volverlo a doblar).
Navego (camino) por referencias, no me fijo en los puntos cardinales, a pesar de que la palabra “orientación” viene de “oriente” (este), porque los árabes dibujaban sus mapas con el este (oriente) en la parte superior de la hoja. Ahora el convenio es orientarlos al norte (si se me permite esta expresión imposible), aunque los planos turísticos y callejeros generalmente se encajan en la hoja como más convenga, según la forma de la zona a representar y la escala. Bueno, ahora que lo pienso, en realidad siempre estoy algo “orientado”, porque estoy pendiente del sol para buscar la sombra.
Un contra (por decirlo todo): el principal enemigo de los planos de papel es la presbicia.

Año 1957 -
LA «GRANDEZA», entendida como el deseo de gloria militar y de conquista y dominio sobre otros pueblos y personas, me parece un concepto tan profundamente estúpido, que me sorprende que siga vigente y todavía se utilice con aparente naturalidad en las conversaciones cotidianas y en el discurso de ciertos partidos políticos. Es alucinante que una frase como «Volver a ser grandes» no se considere, de forma unánime, un desatino extemporáneo merecedor del mayor de los desprecios.
Pero ya se sabe que la estupidez es la más peligrosa de las fuerzas, contra la que incluso los dioses luchan en vano. Cuántas muertes y miserias a cuenta de los sueños de grandeza, aderezados con una buena dosis de codicia, de sujetos como Alejandro, César, Napoleón o Hitler. He citado estos ejemplos históricos por mantener cierta distancia, pero la lista de sátrapas de todo pelo es verdaderamente interminable.
Alberto Savinio propuso fundar una asociación cuyos miembros, por razones higiénicas, se comprometían a no saber nada de Mussolini ni a pronunciar jamás su nombre. Le parecía que, de esta forma, su subida «sería tan imposible como la de un globo en un espacio sin aire». Claro que no era tan ingenuo como para pensar que podía tener éxito; sabía que el anhelo de «grandeza» permanecía latente en el imaginario de la gente a la espera de ser convenientemente activado.
Como solución a mí solo se me ocurre la educación, pero cualquiera se atreve a proponerlo. Ya me estoy imaginando un «pin parental» sobre la grandeza.
