HASTA aquel momento mi única fuente de información había sido un libro ilustrado (con ilustraciones), que andaba por casa, titulado «Cómo se forma una familia». La cosa era como sigue: Una chica va caminando despreocupadamente por la calle. La, la, la. De repente empieza a llover. La chica ya se ve empapada hasta los huesos y pillando una pulmonía, cuando aparece un chico con un paraguas y le ofrece protección. Se enamoran instantáneamente. A ella le parece que él es fuerte y formal, y a él, que ella es dulce y guapa. Lógicamente, deciden casarse. A continuación aparecía el dibujo de la boda (que llamaré dibujo A) y, en la siguiente página, el dibujo de la chica con un bebé en brazos, en la cama de un hospital, con el ufano padre de pie a su lado (que llamaré dibujo B). Pero ni rastro de lo ocurrido entre los dibujos A y B. Después aparece la familia al completo (han tenido dos hijos más) en diversas escenas cotidianas llenas de felicidad: el padre llevando a sus retoños al cole, en su potente automóvil, mientras la madre los despide desde la puerta de casa; sentados a la mesa mientras la madre les sirve la comida; en misa de domingo; en fin…
En un curso de lo que ahora sería primaria (no recuerdo exactamente cuál), nos dieron una clase (solo una) sobre sexualidad, con el consiguiente revuelo entre el personal infantil. Por fin se desvelaba el misterio (para mí) de lo que sucedía entre los dibujos A y B. El profe que nos dio la clase, don M, lo llamó «el acto» y «el coito». Habló de aquel tema, hasta entonces tabú, con precisión y naturalidad de biólogo. Por lo visto, no era nada nuevo para ninguno de mis compañeros de clase, así que les seguí la corriente y disimulé para no quedar de pardillo. En casa no dije ni pío, aunque me imaginaba que los del cole habrían informado previamente a los padres (o pedido permiso, más bien). En realidad nunca lo supe, porque, si yo no dije ni pío, mis padres no dijeron ni mu.
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HACE UNOS cuantos palikes hablé de las cuatro cosas que me parecen más necesarias para vivir más y mejor: comer bien, hacer más ejercicio, dormir mejor y mantener mejores relaciones sociales.
Hoy hablaremos de la cosa tres: dormir mejor. Pero antes el típico disclaimer: yo no soy experto en sueño (ni en nada) ni aconsejo nada a naide. Solo voy a contar lo que yo hago por si sirve de inspiración y tal.
Uno: Cenar pronto y de forma ligera (no comer mucho) o directamente no cenar.
Dos: Dejar de pantallizar con el móvil, tableta, etc., una media hora antes de dormir. Lo mejor es leer un rato.
Tres: No dormir siestas de más de treinta minutos.
Cuatro: Hacer un poco de ejercicio por la tarde. Hay un montón de alternativas, según las posibilidades de cada uno: caminar a lo Rajoy, correr, montar en bici, nadar (a la gente le parece aburrido, pero es guay), deportes colectivos (excepto fútbol, sobre todo si se tiene una edad, porque la gente se viene arriba y hay muchas lesiones), o un poco de fuerza (fundamental).
Cinco: Aunque es de perogrullo, mantener el dormitorio limpio y ordenado, de forma que invite a la relajación y bienestar.
Seis: No ponerse nervioso/a en caso de despertarse a media noche y no poder dormir. No cometer el error de mirar el móvil* salvo para poner, a poco volumen, música relajante o un postclas. Hay que mantener la calma controlando la respiración.
* Es un hecho que la mayoría de la peña duerme con el móvil al lado. Supongo que sería mejor no hacerlo, pero ahora no voy a dar la brasa con eso.
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YO ERA (y soy) el mediano de cinco hermanos: Hermano mayor, hermana mayor, yo (mediano), hermano menor y hermana menor. Una «familia numerosa»: llena de números. También tenía un chorro de primos, casi cincuenta, porque mi padre tenía una ducia de hermanos y casi todos, a su vez, tenían familias numerosas. Solo había dos excepciones. Una era mi tía T, que tenía una sola hija. En aquella época un hijo único era una rara avis. La segunda excepción era mi tío T, que no tenía ninguno ni estaba casado. Aparentemente, era el típico «soltero de oro». Trabajaba en un banco y conducía, rápido y sin cinturón, un BMW deportivo (de cuya matrícula, absurdamente, todavía me acuerdo). Una vez nos dio una vuelta a dos primos míos y a mí. Cuando mi primo P, que iba en el asiento del copiloto, iba a abrocharse el cinturón, le dijo: “No te lo pongas, conmigo no hay problema”. Tal vez se creía al margen de las leyes de la física. O que era un as del volante y los accidentes les ocurrían a otros. En esa época mucha gente estaba en contra del cinturón de seguridad porque, según decían, te podías quedar atrapado, sin poder quitártelo. Este argumento siempre finalizaba con “el cuñado de Fulanito se quemó vivo por llevar puesto el cinturón”. Locuras aparte, el caso es que mi tío aparecía de vez en cuando con una novia, pero sus relaciones, por decirlo así, nunca cuajaban. Años después me enteré de que era lo que en esa época no se podía ser. Toda la vida disimulando y sufriendo.
Por parte materna solo tenía tres primos: mi madre tenía un hermano, casado y con tres hijos, y dos hermanas solteras y sin hijos. Años más tarde, una de ellas tuvo un hijo siendo soltera, lo que provocó el típico “disgusto familiar”. Y eso que los tiempos ya habían mejorado un poco. Esto ocurrió cuando yo ya estaba en el instituto o incluso en la universidad (tendría que calcularlo), pero cuando era pequeño daba por sentado que las personas solteras no podían tener hijos. Me quedé impactado el día que un compañero de colegio comentó, enigmáticamente, que para tener hijos no hacía falta estar casado.
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Recorro las calles
persiguiendo tu risa.
De un callejón
salen unos versos.
Los canta un poeta
por unas monedas.
Escuché las palabras
que nunca te dije.Revuelvo mi cuarto
buscando tus cartas.
Entre los libros
encuentro un poema.
Lo escribió un bohemio
a cambio de un trago.
Leí las palabras
que nunca te dije.Consulto los mapas
buscando tus huellas.
No están en la piedra,
las borró el frío.
Me pareció verte
detrás del cristal.
No consigo
sentirme herido. -
DESDE que tengo uso de razón (es un decir) me han repateado las tradiciones. Me parecen detestables por el simple hecho de ser tradiciones. Después está cada tradición en sí misma, que puede ser chunga, como tirar una cabra de un campanario, o indiferente (cósmicamente hablando), como comer uvas al ritmo de las campanadas de año nuevo.
Si vas a la cena de noche buena porque te gusta, te lo pasas bien y haces felices a los demás, nada que objetar. Pero si vas solo porque es una tradición, estás actuando como un borrego, mega-paleto y pobre de espíritu. Perdona que te lo diga.
Y si te gusta y te lo pasas bien con lo de tirar una cabra de un campanario, estás siendo una mala persona. O te has creído el cuento de la tradición y entonces estás siendo un borrego, mega-paleto y pobre de espíritu. Lo siento, es lo que hay.
Borrego es el que se deja llevar por la corriente y renuncia al pensamiento crítico. «¿Te parece bien tirar una cabra de un campanario?» «Es que es una tradición, no me parece ni bien ni mal».
Paleto es el que ignora olímpicamente que los tiempos cambian y cada época tiene su zeitgeist. Pero hay tantos ejemplos de cosas que antes eran guays y ahora no (la esclavitud, fumar en los aviones…), que más que paleto, hay que ser mega-paleto. «Tirar una cabra de un campanario es una crueldad gratuita que no tiene nada de divertida». «Bueno, llevamos haciéndolo doscientos años».
Pobre de espíritu es el que necesita etiquetas, aunque sean chungas, para reafirmar su sentido de pertenencia a una comunidad. «Torturar y matar un animal no puede ser cultura». «Es una seña de identidad de este pueblo, hay que haber nacido aquí para entenderlo».
Una sugerencia genérica urbi et orbi: sospechar y analizar con honestidad intelectual cualquier cosa que se presente como una tradición.
Una sugerencia específica para los defensores de las tradiciones basadas en torturar bichos: usar animales de trapo para tirarlos de campanarios, clavarles cosas o pegarles fuego. «Antes éramos unos bestias idiotas, pero ahora maltratamos animales de trapo y sólo somos idiotas, jajaja».
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CUANDO yo era pequeño veía películas de guerra, jugaba con soldaditos y hacía maquetas de aviones y barcos de la Segunda Guerra Mundial. Hacer maquetas estaba de moda. Mi avión favorito era el Hawker Hurricane inglés, un caza parecido al famoso Spitfire. También me llamaban la atención los cascos de los soldados: los ingleses eran como un plato; los alemanes, más redondos y con un reborde característico (tipo Darth Vader); los americanos se parecían más a los actuales. Ahora lo pienso y me parece chungo haber jugado a la guerra. Tampoco le voy a dar más vueltas. Pero me inquieta imaginar que, en las circunstancias de mi padre-niño, yo también podría haber sido un balilla nazi germanófilo o un niño comunista bolchevique. Un reto no utópico para la humanidad (bueno, semiutópico) sería dejar de fabricar juguetes bélicos. Para que los niños no asuman que la guerra es una cosa normal ni, mucho menos, épica, y tal vez romper el círculo. Y como reto utópico, eliminar totalmente cualquier forma de violencia. La guerra es lo puto peor, como se dice ahora. Simios contra simios. Los peores no son los militares, los dirigentes políticos, ni el pueblo llano que los elige y/o tolera por interés y/o cobardía. Los peores, los más cabrones de todos, son los científicos y los ingenieros, que se dedican a inventar formas de liquidar a sus semejantes. Por pasta o, peor aún, solo por el reto. “¿Qué tal hoy en el curro?” “Guay, se nos ha ocurrido una idea genial: una mina antipersona que salta cuando la pisas y explota a medio metro del suelo. Así te arranca las piernas a la altura de las rodillas”. “Uh… Mola”. Me parto y me mondo con los que propugnan un gobierno de científicos. Ya sé que a todo esto de la guerra se le puede dar la vuelta y hablar de defensa, libertad, valores y tal. Vivimos en la era de los eufemismos. Pero yo no le hago falta a la causa del militarismo, ya tiene sus acólitos y abogados defensores.
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EL TAOÍSMO es una tradición filosófica y religiosa surgida en China en torno al año 9.400 (*), basada en el libro Dao De Jing (o Tao Te Ching), atribuido al sabio Laozi. Significa «Libro de la suprema virtud» y es considerado «la biblia» de oriente. Un sabio de cuyo nombre no puedo acordarme dijo: «Si tuviera que elegir un solo libro en el mundo, sin vacilar escogería éste; no termina nunca de leerse».
Antes de continuar conviene hacer una aclaración sobre los métodos de transliteración del idioma chino a las lenguas romances. El sistema antiguo (para los que tienen una edad) es el Wade-Giles, por el que se diría, por ejemplo, Tao (camino) y Pekín (la capital de China). Sin embargo, el sistema nuevo, adoptado oficialmente por China en 1958 (tampoco es tan nuevo), y que se considera el estándar internacional para la romanización del chino mandarín, es el Pinyin. Según este sistema, se diría Dao y Beijing (con unos acentos raros que indican el tono y tal).
Lo que pasa es que la palabra «taoísmo» está tan arraigada, que voy a seguir usándola. Para el resto de palabras utilizaré el sistema moderno, aunque sin los acentos (que me perdonen los puristas), por simplificar la lectura.
Bueno, y un disclaimer importante: No soy experto en taoísmo (ni en nada). El resumen que cuento a continuación es lo que yo he entendido después de leer y releer el Dao De Jing (no se termina nunca, y eso que es breve) y otros textos sobre el tema. Y está claro que leer traducciones (esto es inevitable) y sin controlar la cultura, no es lo mismo. Pero en fin, Serafín.
Voy a centrarme en el taoísmo entendido como filosofía, que, curiosamente, es más antiguo que como religión.
El concepto central del taoísmo es el Dao, que significa «camino» o «vía». Representa el principio o fuerza cósmica fundamental, que fluye a través de todas las cosas, y el equilibrio entre la dualidad del yin y el yang, que describen las polaridades complementarias en la naturaleza.
El icónico diagrama que representa el yin y el yang (llamado taijitu) es bastante autoexplicativo: un círculo dividido en dos partes en forma de gotas de agua (que para ellos son peces o yu), una blanca y otra negra, entrelazadas dinámicamente. Los puntos del color opuesto que hay en cada parte indican que siempre hay un poco de yin en el yang y un poco de yang en el yin. Son las dos caras de la misma moneda.
El yin se asocia a la oscuridad, la pasividad, la receptividad, la tierra, la luna, el frío y la intuición. Y el yang se asocia a la luz, la actividad, la dominancia, el cielo, el sol, el calor y la razón.
El equilibrio entre el yin y el yang, representado por el Dao, es esencial para la armonía. Pero es un equilibrio dinámico, el yin y el yang están en constante cambio de uno a otro.
El principio del taoísmo que más me gusta es el wu wei, que se refiere a la acción espontánea y sin esfuerzo, en armonía con el flujo natural del Dao, es decir, con la naturaleza. El problema es que su traducción literal es «no hacer», por lo que ha sido mal entendido en occidente, como inactividad o pasividad. Pero más bien significa «no forzar las cosas», sino fluir con suavidad, actuando sin oponerse a la naturaleza. Un ejemplo sería no nadar contra una fuerte corriente en el mar, a riesgo de morir ahogado por agotamiento, sino hacerlo a favor, abandonando la corriente poco a poco hasta alcanzar la playa. Otro ejemplo, aplicable al ámbito laboral, es la que para mí debe ser la cualidad más importante de un líder: no molestar.
El taoísmo es esencialmente naturalista, promueve la observación de los ritmos naturales para vivir en armonía con el Dao. Al mismo tiempo, aboga por el desapego de los deseos materiales y la simplificación de la vida. La idea es liberarse de las preocupaciones mundanas y vivir de manera sencilla para encontrar la paz interior. Algunas ramas del taoísmo incluyen prácticas para aumentar la longevidad, y eventualmente alcanzar la inmortalidad, mediante técnicas de meditación, ejercicios físicos como el taiji quan (el taichí de toda la vida) y la alquimia interna (esto no lo he mirado mucho, porque me parece un poco esotérico).
La enseñanza del Dao es moral en el sentido más inteligente (sin moralina): no existe el concepto de pecado y el mal no es una fuerza oscura, sino una alteración de la armonía, como una ventana sucia que no deja pasar la luz. Por eso hay que ser compasivos con las personas que se comportan con maldad o egoísmo. «El buen hombre es maestro del hombre malo y el mal hombre es tarea del hombre bueno».
En definitiva, el taoísmo es la filosofía de los soñadores, artistas y amantes de la simplicidad, en contraste con el confucianismo, que persigue el triunfo social, la acción política y le da importancia a los rituales. Una de las cosas que menos me gustan del taoísmo es que lo veo un poco individualista (soy un firme partidario de las relaciones sociales sanas como fuente de bienestar y plenitud). Pero la proverbial sabiduría china tiene la respuesta: un antiguo dicho afirma que «la persona sabia es confuciana de día y taoísta de noche». Otro día hablaremos del confucianismo.
(*)Según el OTAH, Origen de Tiempos Arbitrario de los Humanos. Ver Palike #156.
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EN ESA época a los niños los engatusaban con uniformes y tambores. Les comían el coco. Supongo que no tenían ni idea de lo que significaba el fascismo ni el nacionalsocialismo. Ni la vida. Almas de cántaro. Lo digo por disculpar a mi padre-niño. Lo que me cuesta entender es que a mi padre-adulto le siguiera pareciendo guay y que me lo contara a mí (supongo que a mis hermanos también; a veces mis hermanos no existen en mis recuerdos), más que nada porque lo contaba orgulloso. A mí me daría cosa ir alardeando por ahí de haber sido un niño fascista. Pero claro, cuando yo era pequeño y mi padre me contaba esas historias, el régimen conservador católico de Franco apenas había comenzado (tímidamente) a «transicionar», y ese pedigrí molaba. La cosa no es baladí: Mussolini y Hitler murieron en 1945, pero Franco se mantuvo en el poder hasta que se murió de viejo en 1975. Esos 30 años adicionales de dictadura en España (casi 40 en total) configuraron la vida de tres o cuatro generaciones. Entre otras, la mía, sin ir más lejos. Los tentáculos del régimen llegaban a los rincones más insospechados. Ordenando papeles en casa de mis padres apareció el certificado de notas universitario de mi padre, que se licenció en 1955. Tuvo Religión hasta tercero de carrera y Formación del espíritu nacional hasta cuarto. Hoy en día nos explotaría la cabeza. Con ese panorama, tal vez mi padre-adulto también sería disculpable. O tal vez lo había reflexionado y le parecía bien y ya está. En realidad no lo sé. Aquí salen a relucir mis sesgos: parto de la base de que estaba equivocado y lo prefiero inconsciente que plenamente responsable de sus actitudes. Pero a lo mejor no estaba equivocado y ser conservador católico y ex niño fascista (powered by Franco) es lo suyo. Lo que sí me parece objetivamente reprochable es la manía (el mandato) de imponer esa visión del mundo cañeando sin piedad al resto de la peña. Entre las principales víctimas, todavía hoy insuficientemente reconocidas, las mujeres.
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NACÍ EN 1967, apenas 22 años después del final de la Segunda Guerra Mundial. 22 años no son nada. Ya ha pasado más tiempo desde el atentado a las torres gemelas de Nueva York y parece que fue ayer. Y eso que ahora las cosas cambian más rápido que antes. La gente se cree que la guerra terminó el día que dicen los libros de historia. Pero en realidad siguió durante años en forma de venganzas y ajustes de cuentas. Primero, con brutalidad explícita amparada en la impunidad del caos. Después, el odio cristalizado: nuevas fronteras y nuevos regímenes políticos. 22 años son menos que nada, un suspiro. Mi madre nació en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial. Mi padre, en 1932, un poco antes de la Guerra Civil. Hijos de la guerra. Y yo, hijo de la posguerra. Iba a decir que no sé qué es peor. Pero sí lo sé.
En 1942, cuando el escritor Stefan Zweig se suicidó porque pensaba que Hitler iba a ganar la guerra, mi padre tenía diez años. Un muchacho que empezaba a tener uso de razón. Según me contaba cuando yo era pequeño, era germanófilo (mi padre, no Stefan Zweig). No decía que estaba a favor de los alemanes, sino que era germanófilo. Como si fuera un sentimiento más profundo, no sé cómo explicarlo. Me contó que una vez fue al puerto, con otros niños germanófilos, a tirarle piedras a un destructor inglés que estaba fondeado en la bahía. Estaba fuera de su alcance y a lo mejor no era un destructor ni era inglés, pero le tiraron piedras. Se apuntó en una organización juvenil (infantil, más bien) de la Falange Española, llamada, si no recuerdo mal, los balillas. Un niño fascista. En aquel entonces yo no le daba más importancia a esas historias.
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EN LOS últimos tiempos, cuando me quedo en un hotel, estoy implementando una sencilla técnica para aliviar el pesado curro de las camareras de piso, (auto)denominadas kellys: colgar el cartelillo de «no molestar». Una habitación que se ahorran.
El arreglo diario de la habitación es una pijada de la que puedo prescindir perfectamente. No tengo más que estirar un poco la cama y poner bien las almohadas. Ni medio minuto. No necesito toallas nuevas cada día ni que limpien nada, sobre todo si voy a estar poco tiempo, por ejemplo, un fin de semana.
Lo ideal sería que adoptara esta técnica un porcentaje no muy alto de usuarios. Si se generalizara o generalizase, los directores y gerentes de los hoteles (interpretando la voluntad de los propietarios) se apresurarían a pagarles menos horas o rebajarles el sueldo con algún truco del almendruco.
Es lo que tiene el capitalismo que nos hemos dado.

