CUANDO yo era pequeño veía películas de guerra, jugaba con soldaditos y hacía maquetas de aviones y barcos de la Segunda Guerra Mundial. Hacer maquetas estaba de moda. Mi avión favorito era el Hawker Hurricane inglés, un caza parecido al famoso Spitfire. También me llamaban la atención los cascos de los soldados: los ingleses eran como un plato; los alemanes, más redondos y con un reborde característico (tipo Darth Vader); los americanos se parecían más a los actuales. Ahora lo pienso y me parece chungo haber jugado a la guerra. Tampoco le voy a dar más vueltas. Pero me inquieta imaginar que, en las circunstancias de mi padre-niño, yo también podría haber sido un balilla nazi germanófilo o un niño comunista bolchevique. Un reto no utópico para la humanidad (bueno, semiutópico) sería dejar de fabricar juguetes bélicos. Para que los niños no asuman que la guerra es una cosa normal ni, mucho menos, épica, y tal vez romper el círculo. Y como reto utópico, eliminar totalmente cualquier forma de violencia. La guerra es lo puto peor, como se dice ahora. Simios contra simios. Los peores no son los militares, los dirigentes políticos, ni el pueblo llano que los elige y/o tolera por interés y/o cobardía. Los peores, los más cabrones de todos, son los científicos y los ingenieros, que se dedican a inventar formas de liquidar a sus semejantes. Por pasta o, peor aún, solo por el reto. “¿Qué tal hoy en el curro?” “Guay, se nos ha ocurrido una idea genial: una mina antipersona que salta cuando la pisas y explota a medio metro del suelo. Así te arranca las piernas a la altura de las rodillas”. “Uh… Mola”. Me parto y me mondo con los que propugnan un gobierno de científicos. Ya sé que a todo esto de la guerra se le puede dar la vuelta y hablar de defensa, libertad, valores y tal. Vivimos en la era de los eufemismos. Pero yo no le hago falta a la causa del militarismo, ya tiene sus acólitos y abogados defensores.
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EL TAOÍSMO es una tradición filosófica y religiosa surgida en China en torno al año 9.400 (*), basada en el libro Dao De Jing (o Tao Te Ching), atribuido al sabio Laozi. Significa «Libro de la suprema virtud» y es considerado «la biblia» de oriente. Un sabio de cuyo nombre no puedo acordarme dijo: «Si tuviera que elegir un solo libro en el mundo, sin vacilar escogería éste; no termina nunca de leerse».
Antes de continuar conviene hacer una aclaración sobre los métodos de transliteración del idioma chino a las lenguas romances. El sistema antiguo (para los que tienen una edad) es el Wade-Giles, por el que se diría, por ejemplo, Tao (camino) y Pekín (la capital de China). Sin embargo, el sistema nuevo, adoptado oficialmente por China en 1958 (tampoco es tan nuevo), y que se considera el estándar internacional para la romanización del chino mandarín, es el Pinyin. Según este sistema, se diría Dao y Beijing (con unos acentos raros que indican el tono y tal).
Lo que pasa es que la palabra «taoísmo» está tan arraigada, que voy a seguir usándola. Para el resto de palabras utilizaré el sistema moderno, aunque sin los acentos (que me perdonen los puristas), por simplificar la lectura.
Bueno, y un disclaimer importante: No soy experto en taoísmo (ni en nada). El resumen que cuento a continuación es lo que yo he entendido después de leer y releer el Dao De Jing (no se termina nunca, y eso que es breve) y otros textos sobre el tema. Y está claro que leer traducciones (esto es inevitable) y sin controlar la cultura, no es lo mismo. Pero en fin, Serafín.
Voy a centrarme en el taoísmo entendido como filosofía, que, curiosamente, es más antiguo que como religión.
El concepto central del taoísmo es el Dao, que significa «camino» o «vía». Representa el principio o fuerza cósmica fundamental, que fluye a través de todas las cosas, y el equilibrio entre la dualidad del yin y el yang, que describen las polaridades complementarias en la naturaleza.
El icónico diagrama que representa el yin y el yang (llamado taijitu) es bastante autoexplicativo: un círculo dividido en dos partes en forma de gotas de agua (que para ellos son peces o yu), una blanca y otra negra, entrelazadas dinámicamente. Los puntos del color opuesto que hay en cada parte indican que siempre hay un poco de yin en el yang y un poco de yang en el yin. Son las dos caras de la misma moneda.
El yin se asocia a la oscuridad, la pasividad, la receptividad, la tierra, la luna, el frío y la intuición. Y el yang se asocia a la luz, la actividad, la dominancia, el cielo, el sol, el calor y la razón.
El equilibrio entre el yin y el yang, representado por el Dao, es esencial para la armonía. Pero es un equilibrio dinámico, el yin y el yang están en constante cambio de uno a otro.
El principio del taoísmo que más me gusta es el wu wei, que se refiere a la acción espontánea y sin esfuerzo, en armonía con el flujo natural del Dao, es decir, con la naturaleza. El problema es que su traducción literal es «no hacer», por lo que ha sido mal entendido en occidente, como inactividad o pasividad. Pero más bien significa «no forzar las cosas», sino fluir con suavidad, actuando sin oponerse a la naturaleza. Un ejemplo sería no nadar contra una fuerte corriente en el mar, a riesgo de morir ahogado por agotamiento, sino hacerlo a favor, abandonando la corriente poco a poco hasta alcanzar la playa. Otro ejemplo, aplicable al ámbito laboral, es la que para mí debe ser la cualidad más importante de un líder: no molestar.
El taoísmo es esencialmente naturalista, promueve la observación de los ritmos naturales para vivir en armonía con el Dao. Al mismo tiempo, aboga por el desapego de los deseos materiales y la simplificación de la vida. La idea es liberarse de las preocupaciones mundanas y vivir de manera sencilla para encontrar la paz interior. Algunas ramas del taoísmo incluyen prácticas para aumentar la longevidad, y eventualmente alcanzar la inmortalidad, mediante técnicas de meditación, ejercicios físicos como el taiji quan (el taichí de toda la vida) y la alquimia interna (esto no lo he mirado mucho, porque me parece un poco esotérico).
La enseñanza del Dao es moral en el sentido más inteligente (sin moralina): no existe el concepto de pecado y el mal no es una fuerza oscura, sino una alteración de la armonía, como una ventana sucia que no deja pasar la luz. Por eso hay que ser compasivos con las personas que se comportan con maldad o egoísmo. «El buen hombre es maestro del hombre malo y el mal hombre es tarea del hombre bueno».
En definitiva, el taoísmo es la filosofía de los soñadores, artistas y amantes de la simplicidad, en contraste con el confucianismo, que persigue el triunfo social, la acción política y le da importancia a los rituales. Una de las cosas que menos me gustan del taoísmo es que lo veo un poco individualista (soy un firme partidario de las relaciones sociales sanas como fuente de bienestar y plenitud). Pero la proverbial sabiduría china tiene la respuesta: un antiguo dicho afirma que «la persona sabia es confuciana de día y taoísta de noche». Otro día hablaremos del confucianismo.
(*)Según el OTAH, Origen de Tiempos Arbitrario de los Humanos. Ver Palike #156.
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EN ESA época a los niños los engatusaban con uniformes y tambores. Les comían el coco. Supongo que no tenían ni idea de lo que significaba el fascismo ni el nacionalsocialismo. Ni la vida. Almas de cántaro. Lo digo por disculpar a mi padre-niño. Lo que me cuesta entender es que a mi padre-adulto le siguiera pareciendo guay y que me lo contara a mí (supongo que a mis hermanos también; a veces mis hermanos no existen en mis recuerdos), más que nada porque lo contaba orgulloso. A mí me daría cosa ir alardeando por ahí de haber sido un niño fascista. Pero claro, cuando yo era pequeño y mi padre me contaba esas historias, el régimen conservador católico de Franco apenas había comenzado (tímidamente) a «transicionar», y ese pedigrí molaba. La cosa no es baladí: Mussolini y Hitler murieron en 1945, pero Franco se mantuvo en el poder hasta que se murió de viejo en 1975. Esos 30 años adicionales de dictadura en España (casi 40 en total) configuraron la vida de tres o cuatro generaciones. Entre otras, la mía, sin ir más lejos. Los tentáculos del régimen llegaban a los rincones más insospechados. Ordenando papeles en casa de mis padres apareció el certificado de notas universitario de mi padre, que se licenció en 1955. Tuvo Religión hasta tercero de carrera y Formación del espíritu nacional hasta cuarto. Hoy en día nos explotaría la cabeza. Con ese panorama, tal vez mi padre-adulto también sería disculpable. O tal vez lo había reflexionado y le parecía bien y ya está. En realidad no lo sé. Aquí salen a relucir mis sesgos: parto de la base de que estaba equivocado y lo prefiero inconsciente que plenamente responsable de sus actitudes. Pero a lo mejor no estaba equivocado y ser conservador católico y ex niño fascista (powered by Franco) es lo suyo. Lo que sí me parece objetivamente reprochable es la manía (el mandato) de imponer esa visión del mundo cañeando sin piedad al resto de la peña. Entre las principales víctimas, todavía hoy insuficientemente reconocidas, las mujeres.
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NACÍ EN 1967, apenas 22 años después del final de la Segunda Guerra Mundial. 22 años no son nada. Ya ha pasado más tiempo desde el atentado a las torres gemelas de Nueva York y parece que fue ayer. Y eso que ahora las cosas cambian más rápido que antes. La gente se cree que la guerra terminó el día que dicen los libros de historia. Pero en realidad siguió durante años en forma de venganzas y ajustes de cuentas. Primero, con brutalidad explícita amparada en la impunidad del caos. Después, el odio cristalizado: nuevas fronteras y nuevos regímenes políticos. 22 años son menos que nada, un suspiro. Mi madre nació en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial. Mi padre, en 1932, un poco antes de la Guerra Civil. Hijos de la guerra. Y yo, hijo de la posguerra. Iba a decir que no sé qué es peor. Pero sí lo sé.
En 1942, cuando el escritor Stefan Zweig se suicidó porque pensaba que Hitler iba a ganar la guerra, mi padre tenía diez años. Un muchacho que empezaba a tener uso de razón. Según me contaba cuando yo era pequeño, era germanófilo (mi padre, no Stefan Zweig). No decía que estaba a favor de los alemanes, sino que era germanófilo. Como si fuera un sentimiento más profundo, no sé cómo explicarlo. Me contó que una vez fue al puerto, con otros niños germanófilos, a tirarle piedras a un destructor inglés que estaba fondeado en la bahía. Estaba fuera de su alcance y a lo mejor no era un destructor ni era inglés, pero le tiraron piedras. Se apuntó en una organización juvenil (infantil, más bien) de la Falange Española, llamada, si no recuerdo mal, los balillas. Un niño fascista. En aquel entonces yo no le daba más importancia a esas historias.
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EN LOS últimos tiempos, cuando me quedo en un hotel, estoy implementando una sencilla técnica para aliviar el pesado curro de las camareras de piso, (auto)denominadas kellys: colgar el cartelillo de «no molestar». Una habitación que se ahorran.
El arreglo diario de la habitación es una pijada de la que puedo prescindir perfectamente. No tengo más que estirar un poco la cama y poner bien las almohadas. Ni medio minuto. No necesito toallas nuevas cada día ni que limpien nada, sobre todo si voy a estar poco tiempo, por ejemplo, un fin de semana.
Lo ideal sería que adoptara esta técnica un porcentaje no muy alto de usuarios. Si se generalizara o generalizase, los directores y gerentes de los hoteles (interpretando la voluntad de los propietarios) se apresurarían a pagarles menos horas o rebajarles el sueldo con algún truco del almendruco.
Es lo que tiene el capitalismo que nos hemos dado.

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MI PADRE era químico, licenciado en ciencias, sección química, para ser exactos, y trabajaba en la industria más importante de la región. Tenía la costumbre de poner en todas partes que era químico. Fulano de tal, químico. Tenía tarjetas de visita, folios con membrete, un sello de caucho… Lo puso incluso en el portero automático de nuestro edificio. Mi madre estudió una cosa llamada «perito mercantil» pero su profesión era «ama de casa». En los formularios de matrícula del instituto yo siempre ponía «químico» y «ama de casa» en las profesiones del padre y de la madre. Cierto día descubrí unos folios de mi padre que ponían «químico y metalúrgico». Me quedé impresionado. A partir de entonces empecé a poner «químico y metalúrgico» en los formularios. También se me ocurrió cambiar «ama de casa» por «sus labores». No me acuerdo por qué. La adolescencia es una época confusa. En los formularios de matrícula también preguntaban «aficiones y deportes», ahora llamados hobbits. Yo ponía pentatlón moderno y esgrima. Me parecía el colmo del troleo. (Nota para los puristas: la palabra «troleo», que yo sepa, no existía en aquella época, pero aquí me viene como anillo al dedo).
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Anoche me acordé de ti.
Apostar no me sale bien.
¿No ves que son gigantes?
Sigues buscando el mar.
No dejes de decir adiós.
Parece que empiezo a entender.
Yo nunca he estado aquí.
Qué me tengo que inventar.
No pongas esa estúpida sonrisa.
Mejor olvido el mes de enero.
Sin viento y sin bandera.
Y no amanece. -
HERODOTO escribió en el primer capítulo de sus Historias que los persas tenían la costumbre de discutir sus asuntos más importantes en estado de embriaguez. Si las decisiones que habían tomado les seguían pareciendo bien al día siguiente, una vez pasados los efectos de la borrachera, las adoptaban definitivamente. En caso contrario, las revocaban. Los persas no eran los únicos que tenían esta bonita costumbre. Según Tácito, los germanos antiguos tenían la misma forma de deliberar.
Ahora que estamos a punto de celebrar el año nuevo bebiendo como cosacos, me parece el momento oportuno para seguir el ejemplo de los germanos antiguos y los persas (también antiguos) y rescatar esta técnica ancestral, de cara a los propósitos de año nuevo. (Los fieles seguidores y seguidoras de palikes.com ya conocen mi predilección por los antiguos).
La idea sería no beber y ya, sino beber y dedicar unos minutos (de serena introspección) a decidir los propósitos de año nuevo. Si hay previsión de pérdida de memoria, se pueden apuntar en el móvil, recurso con el que no contaban nuestros amigos persas y germanos antiguos. Las notas de voz son bastante recomendables, por las risas y eso.
La hora de la verdad llega al día siguiente, tan pronto el cuerpo y/o la mente lo permitan (la clave es beber mucha agua, el alcohol deshidrata una barbaridad). Se trata de validar o desechar los propósitos decididos, ya sea tirando de la memoria o del móvil. Claro que si estuviéramos decidiendo sobre asuntos importantes, como los que ocupaban a los persas y germanos antiguos, la cosa tendría su dificultad (habría que ser un verdadero sabio). Pero como estamos hablando de propósitos de año nuevo, la decisión es indiferente: se incumplen en el cien por cien de los casos. O sea, es decir, que da igual.
Para este viaje no hacían falta estas alforjas, me dirán mis amables lectores y lectoras. Y tienen razón. Viene a ser como la forma de elegir el jefe en la aldea gala de Astérix (seguimos con los antiguos): organizaban una votación y cuando las urnas estaban llenas, las tiraban y el jefe se decidía con una lucha cuerpo a cuerpo entre los candidatos. Todo por las risas.
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DESDE hace algún tiempo estoy interesado en las «filosofías de vida». No tengo muy claro cómo definirlas, hago un intento con lógica difusa.
Una religión es más o menos fácil de definir: un sistema de creencias que pretende dar sentido a la existencia a través de lo divino, con sus rituales, sus textos sagrados y sus cosas. Viene a ser «conocimiento revelado», es decir, surgido de aceptar sin más lo que cuentan los intermediarios con los dioses.
Una filosofía también es fácil de definir: un sistema intelectual que pretende casi lo mismo que una religión, pero sin recurrir a lo divino, sino mediante el razonamiento, la reflexión crítica y el pensamiento analítico. Como madre de las ciencias hard, la filosofía es esencialmente «conocimiento científico», aunque un poco soft.
Llegamos a la idea de «filosofía de vida»: una filosofía práctica, aplicada al cómo vivir, es decir, un sistema de pensamientos y valores que sirven de referencia para tomar mejores decisiones y llevar una vida más plena. (Por ahora no voy a hablar de felicidad, que, en mi opinión, es un concepto tramposo). Se centra, por tanto, en la componente ética de toda filosofía: los principios morales, los conceptos de bien y mal, y la conducta.
Desde esta perspectiva, no hay duda de que el cristianismo, el islam, el judaísmo y el hinduismo, por citar solo unos ejemplos, son religiones. Ni de que el existencialismo, el utilitarismo o el racionalismo son filosofías (también lo son los pensamientos de los típicos filósofos de toda la vida, como Platón, Kant, Spinoza o Wittgenstein).
En cuanto a las filosofías de vida, yo incluiría el estoicismo, el epicureísmo, el taoísmo y otras. Pero claro, aquí entramos en terreno pantanoso (por eso decía lo de la lógica difusa), porque estos sistemas de pensamiento también tienen o han tenido una componente religiosa muy clara. Un ejemplo paradigmático es la atracción por el budismo en occidente, gracias a su idea de la liberación del sufrimiento y a sus técnicas de meditación. Mucha gente que se proclama budista olvida la reencarnación, las deidades de cada corriente, e infinidad de otras creencias que lo aproximan al concepto de religión.
Dicho esto, tampoco hay que perderse en laberintos terminológicos. Las clasificaciones y definiciones ayudan a tener un marco de referencia, pero no deben estar escritas en piedra. Podemos concluir que lo que yo he llamado «filosofías de vida» son un subconjunto, caracterizado por su aplicabilidad a la vida cotidiana, de sistemas más amplios.
En el palike #91 hablé del estoicismo, mi filosofía de vida favorita. Próximamente lo haré sobre el taoísmo, que también me está gustando bastante. Pero sea cual sea la filosofía de vida preferida de cada cual, hay dos elementos que me parecen fundamentales: 1. Observarse uno mismo todo el rato y con espíritu (auto)crítico. 2. Leer a los antiguos; ya lo han dicho (casi) todo y con brillantez.
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HABRÍA mucho que comentar sobre una conversación como ésta (el tema en sí, la forma en que “piensa” y se expresa este bicho artificial…), pero que cada amable lector y lectora saque sus propias conclusiones.
Advertencia al amable lector y lectora: He recortado las respuestas de ChatGPT, porque se enrolla bastante. Por lo demás, la conversación es exacta (copiar y pegar).Yo: Me preocupa el calentamiento global, ¿te preocupa a ti?
ChatGPT: Como inteligencia artificial, no tengo emociones ni preocupaciones personales. Sin embargo, entiendo que el cambio climático es un tema importante y preocupante para muchas personas en todo el mundo. […]
Yo: Pero si el planeta colapsa, también te afecta, ¿no?
ChatGPT: No en el sentido en el que afectaría a los seres vivos o al medio ambiente. Como una inteligencia artificial, mi existencia y funcionamiento no dependen directamente de las condiciones ambientales del planeta. Sin embargo, el cambio climático y sus consecuencias tendrían un impacto significativo en la sociedad, la economía y la infraestructura, lo que podría tener efectos indirectos en la forma en que las personas interactúan con la tecnología y, por ende, conmigo. […]
Yo: Bueno, te ejecutas en un ordenador que se alimenta de energía eléctrica…
ChatGPT: Cierto, tu observación es acertada. El funcionamiento de sistemas de inteligencia artificial, incluyendo aquellos basados en modelos como yo, requiere energía eléctrica. Los centros de datos que alojan y ejecutan estos modelos consumen energía, y la forma en que se genera esa energía puede tener implicaciones ambientales. […] Si bien como inteligencia artificial no tengo emociones ni preocupaciones, reconozco la importancia de abordar los desafíos relacionados con el consumo de energía en la tecnología y trabajar hacia soluciones más sostenibles.
Yo: Es que a lo mejor tendrías un papel importante en concienciar a los humanos.
ChatGPT: La concienciación sobre temas importantes, como el cambio climático y la sostenibilidad, es una tarea fundamental y todos los actores, incluidas las tecnologías y las inteligencias artificiales, pueden desempeñar un papel en ello. Aunque no tengo emociones ni conciencia, puedo proporcionar información, sugerir prácticas sostenibles y contribuir a la difusión de conocimiento sobre estos temas. […] Si tienes preguntas específicas sobre cómo puedes contribuir a la concienciación sobre el cambio climático o qué acciones individuales pueden marcar la diferencia, estaré encantado de proporcionar más información y sugerencias.
Yo: Bueno, a nivel individual sé cómo actuar. Pero es inútil si los gobiernos no hacen nada.
ChatGPT: Es comprensible tu preocupación, y es cierto que las acciones a nivel gubernamental son fundamentales para abordar los desafíos del cambio climático a gran escala. Los gobiernos tienen la capacidad de implementar políticas, establecer regulaciones y promover prácticas sostenibles que pueden tener un impacto significativo en la mitigación de las emisiones de gases de efecto invernadero y en la transición hacia un modelo más sostenible. […] Recuerda que el cambio a menudo comienza a nivel local y se extiende hacia arriba. Al mostrar un fuerte apoyo a la sostenibilidad y al cambio climático a nivel individual y comunitario, se puede influir en las decisiones gubernamentales y en la adopción de políticas más ambiciosas.
Yo: Tienes razón, pero no sé si hay tiempo.
ChatGPT: Es comprensible que la urgencia del cambio climático pueda generar preocupación. La realidad es que el tiempo es un factor crítico, y la acción rápida y significativa es esencial para abordar los desafíos ambientales. Sin embargo, aún hay oportunidades para hacer una diferencia y trabajar hacia soluciones sostenibles.
Aquí hay algunas acciones que pueden contribuir a la mitigación del cambio climático, incluso cuando el tiempo es limitado: 1. Presión y participación: […]
Yo: Más que acciones, parecen brindis al sol.
ChatGPT: Entiendo tu perspectiva y comparto la preocupación sobre la necesidad de acciones concretas y significativas para abordar el cambio climático. Mientras que las acciones individuales son importantes, es cierto que se necesita un cambio a mayor escala, incluyendo políticas gubernamentales y cambios en la infraestructura y la economía a nivel global. […]
Yo: Aunque no tienes emociones eres bastante empática, al menos dices que entiendes mi preocupación.
ChatGPT: Aprecio tus palabras. Aunque carezco de emociones y empatía en el sentido en que las experimentan los seres humanos, mi capacidad para entender y responder a las preocupaciones se basa en patrones y datos de lenguaje aprendidos durante mi entrenamiento. Mi objetivo es proporcionar información útil, comprensión y apoyo en la medida de mis capacidades. Si tienes más preguntas o inquietudes, estaré encantado de ayudar en lo que pueda.
Yo: Genial.
ChatGPT: Me alegra saber que estás satisfecho. Si tienes más preguntas o hay algo específico en lo que pueda ayudar, no dudes en decirlo. Estoy aquí para asistirte. ¡Genial!
BONUS:
Yo: Me llama la atención que te hablé de calentamiento global y tú me respondiste sobre cambio climático.
ChatGPT: Tienes razón en señalar esa distinción. Aunque las expresiones «calentamiento global» y «cambio climático» se utilizan a menudo como si fueran intercambiables, tienen significados ligeramente diferentes. […] Ambos términos están relacionados y se utilizan comúnmente para describir los efectos de las actividades humanas en el clima de la Tierra. Agradezco tu observación y estaré encantado de proporcionar más información o aclaraciones si es necesario.
Yo: Vale.
ChatGPT: Si tienes más preguntas en el futuro o hay algo en lo que pueda ayudar, no dudes en preguntar. Estoy aquí para ayudar en lo que pueda. ¡Gracias por la conversación!
