HAY acontecimientos trascendentales que se desencadenan por una tontería. Como el pobre Juan Dahlmann, que, convaleciente, tuvo que batirse a cuchillo (y probablemente morir) porque le tiraron una miga de pan. Tal vez, solo tal vez, si el patrón no hubiera intervenido…
Categoría: Palike
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EN JULIO de 2005, es decir, hace 17 años, abrí gratuitamente una cuenta de Gmail, el correo electrónico de la empresa norteamericana Google, que por aquel entonces era conocida casi únicamente por su buscador web.
Con el paso de los años, el buscador fue dando paso a más y más servicios, que ahora se agrupan bajo el nombre de Google Workspace, y que, la verdad sea dicha, funcionan de maravilla y me han hecho la vida más fácil.
Claro que, cuando me di de alta, no sabía que iba a pagar con mis datos. De hecho, no era consciente de que mis datos tuvieran valor alguno.
Poco a poco empecé a darme cuenta de la realidad y durante un tiempo siguió pareciéndome una transacción aceptable, sobre todo mientras el uso de los servicios se circunscribía a la web. Pero todo cambió con la irrupción del smartphone (y sus tecnologías asociadas) que siendo una herramienta muy útil si se utiliza bien, es también un capturador masivo de datos personales y un receptor ininterrupido de publicidad ultrasegmentada, cerrando el círculo del sistema consumista (y más cosas) que nos envuelve.
Que Google sabe más sobre nosotros que nosotros mismos es, a día de hoy, una verdad como una casa. A partir de los datos que (voluntariamente) le cedemos es capaz de obtener patrones sobre nuestra salud, finanzas, creencias, orientación sexual, relaciones, gustos, hábitos, movimientos… conformando nuestro eufemísticamente denominado “historial”.
Como cualquier empresa, Google tiene el objetivo de ganar dinero (y vaya si lo consigue) dando un buen servicio a sus usuarios (también lo consigue), pero la distancia entre usar los datos para el bien o para el mal es muy corta. Digamos que en cualquier momento nuestro historial puede convertirse en nuestros antecedentes.
Llámenme loco, pero he llegado a un punto en el que la monitorización continua a la que estoy sometido no me parece razonable y he sentido la necesidad de desguguelizarme.
Mi proceso desguguelización se basa en dos conceptos:
- Reducir (no eliminar totalmente) el uso de Google, diversificando los servicios digitales que utilizo, es decir, aumentando mi ediversidad.
- Configurar minuciosamente aquellos servicios de Google que sigo utilizando, en especial lo relacionado con la privacidad. Se requiere algo de dedicación.
En próximas entradas iré contando lo que estoy haciendo.
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UN DRON sobrevuela la playa. No por encima de la gente, sino sobre el agua.
Dos gaviotas lo siguen chillando. Por un momento parece que van a precipitarse sobre él, pero no se deciden.
El dron no se inmuta y sigue velando por nuestra seguridad con su cámara de alta resolución, que para eso estamos en una smart city (con un programa de smart tourism y un subprograma de smart security).
Las gaviotas dejan de acosar al intruso cuando se ha alejado lo suficiente.
Los smart tourists asentimos satisfechos (nos sentimos más seguros) y continuamos tostándonos al sol (bueno, los verdaderamente smart hace rato que están en el chiringuito).
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LA QUE Taleb llama «falacia de la madera verde» tiene su origen en un comerciante que se dedicaba (con gran éxito) a vender madera verde sin saber que la madera verde es aquella recién cortada y que todavía no se ha secado, sino que pensaba, por absurdo que parezca, que era madera pintada de verde.
No le presté demasiada atención, porque no me parecía una historia verosímil… hasta que tropecé (es la palabra exacta) con la secretaria del servicio de medicina interna de un importante hospital, de cuyo nombre no puedo acordarme (de la secretaria, no del hospital).
Era una persona de mediana edad, lo que me permite suponer que llevaba cierto tiempo desempeñando su puesto de trabajo (si no es así, vaya en su descargo la falta de experiencia).
El caso es que tuve que dirigirme a ella para solicitar una cita para una cuestión que debía resolverse, según el informe médico, por «vía ambulatoria». La buena señora me dijo que tenía que dirigirme a mi centro de salud (antes conocidos como ambulatorios), puesto que eso es lo que ponía el informe médico y que ella, en el ejercicio de sus competencias (sic), no podía hacer nada al respecto, ¿o es que yo no sabía leer?
Tras mucho insistir y, para más inri, soportar con santa paciencia sus malos modos, debió surgir un atisbo de duda en nuestra inefable profesional y se le ocurrió preguntar. Sin disculparse por su ignorancia ni por su mala educación, me comunicó que en unos días me llamarían.
Ya lo ve, es posible desarrollar una carrera profesional en el sector sanitario con éxito (o al menos cobrando religiosamente cada fin de mes), ignorando durante años que un tratamiento ambulatorio es el que se realiza sin ingreso del paciente y desconociendo que se llevan a cabo en el propio hospital y servicio.
Al menos, el comerciante de madera verde no jugaba con la salud de la gente (y seguro que era más simpático).
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LLEGARÁ el día en que la palabra bicicleta designe a lo que ahora llamamos “bicicleta eléctrica”. Y para refererirnos a lo que ahora llamamos bicicleta, vamos a tener que aclarar que no es eléctrica o denominarla “bicicleta mecánica”, “bicicleta muscular” u otra chorrada semejante.
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NUNCA me ha parecido creíble lo de Judas. ¿En qué consistió su traición? Para identificar a alguien que predicaba a diario ante la gente, en un sitio pequeño, no hacía falta nadie.
Es más, si Jesús quería sacrificarse para salvar a la humanidad, le bastaba con entregarse. No era necesario un traidor. La teoría del Judas traidor solo se sostiene si Jesús “no quería” sacrificarse para salvarnos y entonces tuvo que ser “realmente” traicionado.
En todo caso, como el resultado de la supuesta traición de Judas a un individuo fue la salvación de la humanidad completa (aunque sigo sin saber por qué al morirse Jesús se salvaba el resto), más bien habría que estarle agradecidos.
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NUNCA he sabido cuál era la amenaza sobre la humanidad que conjuró Jesucristo al morir en la cruz. Ni para qué metieron al pobre Judas en el asunto.
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A VECES nos sentimos fuertes y pensamos que nos vamos a comer el mundo. Pero la distancia entre estar bien y estar mal es muy corta (psíquica y físicamente), sobre todo con la edad.
Hay que hacer dos cosas, por orden de importancia: ser humilde (sin afectación) y cuidarse (sin obsesionarse).
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POR FIN he comprendido que solo soy un recurso (humano).
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EL ASEDIO y destrucción de Troya, gracias al legendario caballo de madera, es uno de los acontecimientos más notables de la Grecia antigua.
Todos recuerdan a Ulises, Agamenón, Pirro o Menelao, pero nadie se acuerda del carpintero que construyó el caballo.
