Se halla Feannagan a tres docenas y media de leguas fluviales del Eje del Mundo viniendo de occidente.
Está conectado por una vieja senda flanqueada por una hilera de árboles: un árbol cada nueve toesas francas.
(Una decena de docenas de leguas fluviales contiene aproximadamente una docena de decenas de toesas francas).
Los árboles no son del mismo tipo, pero tan larga es la vieja senda que todos, menos uno, se repiten.
El Cuerpo de Conservación de Conectores cuida los árboles para que los caminantes tengan sombra en plenisolio.
En la estación seca el lecho de hojas cruje a cada paso; durante las lluvias se vuelve esponjoso y los caminantes parecen flotar.
Feannagan no tiene trama urbana porque no es una urbe, es el orbe mismo.
Las casas, todas de un arbusto, son redondas y están dispuestas sin un orden discernible.
No hay calles rectas, sino un espacio común sin esquinas, llamado espacio: los transeúntes fluyen describiendo curvas por el espacio.
Solo hay un edificio más alto y cuadrado, del que sólo se conoce su nombre, Midges, pero nadie sabe qué es ni para qué sirve.
Algunos sostienen que no sirve para nada y que esa es precisamente su función.
Todos coinciden en que su fabricación, ejecutada por obreras foráneas de las que nunca más se supo, marcó el inicio de la Edad de la Duda.
Hasta entonces las casas de Feannagan no tenían cerrojos en sus puertas; ahora son un misterio para los demás.
Surgieron los conceptos de interior y exterior.
Temen y sospechan las gentes.
