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ME RESULTA fascinante comprobar, una y otra vez, lo difícil que es librarse de las ideas preconcebidas surgidas de creencias populares absurdas o que nos han metido en la cabeza las películas de Jólivud.
El último ejemplo es del libro que estoy leyendo. La autora habla de Christine de Pizan, una escritora nacida en 1364 que es considerada una precursora del feminismo por su obra La ciudad de las damas. Para contextualizarla, habla del Renacimiento y luego se refiere a ella como «un precedente importante [del Renacimiento]». Sigue contando detalles del libro y su contribución a la historia del movimiento feminista, y termina diciendo: «En este debate sobre los sexos que arranca en el Renacimiento…».
Todo por no decir que Christine de Pizan era de la Edad Media y que el debate, en su caso, arranca en la Edad Media. Se ve que tiene metido en el coco que la Edad Media era una época oscura, en la que no pudo originarse nada con un mínimo de glamur. Las cosas guays surgen del Renacimiento, como su nombre indica.
También hay que reconocer que la división en «edades» o eras históricas es artificial y bastante engañosa. No hay que tomarla al pie de la letra, porque las transiciones casi nunca son abruptas. Por ejemplo, no hay nada disruptivo en el año 1492, que los historiadores han elegido como frontera entre la Edad Media y la Edad Moderna (con el famoso Renacimiento). Los europeos occidentales contactaron con un continente cuya existencia desconocían y que llamaron América. Fue importante, de acuerdo, pero los barcos comandados por Cristóbal Colón no eran de una nueva tecnología desarrollada especialmente para esa misión. Eran los mismos barcos medievales de siempre, construidos con técnicas medievales y pilotados por marinos medievales.
Alguna gente piensa que Rodrigo de Triana, cuando avistó tierra, gritó: «¡Tierra a la vista! ¡Bienvenidos a la Edad Moderna!» Y entonces Cristóbal Colón accionó el interruptor de la luz y terminó la Edad Media.
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COMENTÉ en un palike anterior que últimamente me ha dado por escribir a mano mis chorradas personales. Pues además de a mano, con lápiz. Me parece el doble de divertido: escuchar y sentir el lápiz deslizarse por el papel, poder borrar… Aunque tiene su servidumbre: sacarle punta de vez en cuando, o afilarlo, como decimos en mi tierra (no es que me pertenezca, sino donde nací por azahar).
Todo el mundo sabe lo que es un lápiz: una mina de grafito metida en un palito de madera, de sección redonda o hexagonal. En realidad, la mina no está hecha sólo de grafito, porque es demasiado blando. También tiene cerámica (para que sea más duro) y cera (para el acabado). La proporción de cera suele ser constante (en torno al 5%). Pero la de grafito y cerámica va cambiando según el tipo de lápiz. Mientras más cerámica, la mina es más dura, se desgasta menos, el trazo es de un gris más claro y se borra peor. Y al contrario, mientras más grafito, la mina es más blanda, se desgasta más (hay que afilarla con más frecuencia), el trazo es más oscuro y se borra mejor.
También sabe todo el mundo que los lápices se usan para escribir y dibujar. Cada vez menos ambas cosas, lamenteibolmente. Para que los escritores y dibujantes (infantes y adultos) sepan qué lápiz usar en cada momento, se inventaron algunas clasificaciones. La más extendida es la llamada europea, que utiliza los códigos H (dureza, de hard) y B (oscuridad del trazo, de black). Podría pensarse que la clasificación iba a ser una pareja de valores para H y para B, pero no, ya se sabe que cualquier disciplina, aunque sea tan humilde, tiende a dificultar el acceso de los profanos.
El lápiz considerado «neutro», de dureza y tono, se denomina HB (no lleva la misma proporción de grafito y cerámica, sino mucha menos cerámica). Los lápices más duros se clasifican como H, 2H, 3H, hasta llegar al más duro, que suele ser el 9H. Pero no se dice nada de la B, se supone que disminuye hasta llegar al 9H, que sería, por tanto, el más clarito.
Y al otro lado de la gama, a partir del HB, los lápices van del B, 2B, etc., hasta el 7B, aumentando en oscuridad y disminuyendo en dureza, pero tampoco se especifica la H. Bueno, y hay una excepción (como no podría ser de otra manera): entre el HB y el H hay un F (de finura, fine), que ni idea.
Lógicamente, esta clasificación no es matemática, sino que hay pequeñas variaciones entre fabricantes. Esto está guay, para poder discutir sobre el lápiz favorito de cada uno.
El más típico para escribir es precisamente el HB, aunque también se suelen usar el B o 2B, según el gusto particular. Yo uso HB y 2B. Para dibujar se utilizan todos, porque los artistas necesitan expresar todo tipo de matices. Tiene sentido, dado que en la vida nada es blanco ni negro, sino de una gama de grises.
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SAN MATEO es el único de los cuatro evangelistas que menciona a los que ahora llamamos Reyes Magos. Su relato es bastante breve:
Unos magos de oriente (no dice que fueran reyes ni que fueran tres) se presentaron en Jerusalén y preguntaron por el «nacido rey de los judíos». Dijeron que habían visto su estrella (en esa época todos los reyes tenían una) y querían adorarlo. El rey Herodes se inquietó (con razón, porque el rey era él y su propio hijo, Arquelao, ya era talludito) y preguntó a los sabios (pontífices, letrados y tal), dónde había nacido ese niño. Le contestaron que en Belén, «pues así está escrito por el profeta». Herodes informó personalmente a los magos de que el sitio en cuestión era Belén, y les pidió que lo avisaran cuando lo encontraran, para ir él también a adorarlo (aunque en realidad quería cargárselo). Los magos fueron a Belén y se alegraron a tope, porque la estrella «se colocó sobre donde estaba el niño». Entraron en la casa (no dice nada de un pesebre) y vieron al niño con María, su madre (tampoco nombra a José, ni al jumento ni al buey). Se postraron ante él y le ofrecieron los famosos regalos: oro, incienso y mirra. (Yo estuve décadas pidiendo mirra y nunca me la trajeron). Después, «avisados en sueños de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino». Fin de la historia de los magos de oriente.
A lo mejor analizaremos en un futuro palike cómo este breve relato ha llegado a convertirse en la reprobable conspiración del mundo adulto contra la infancia, que se escenifica cada 6 de enero en nuestro país. Pero lo que me interesa ahora es lo que después sigue contando el bueno de san Mateo.
El primer fallo de los magos de oriente había sido preguntarle a Herodes. Y como encima se fueron a la francesa y no se chivaron sobre el paradero de Jesús, Herodes se engoriló al máximo y mandó matar a todos los niños de menos de dos años, en Belén y sus alrededores. Fue una escabechina terrorífica (que pesa sobre la conciencia de los magos de oriente), pero Jesús pudo salvarse. Fue gracias a que «un ángel del Señor» se apareció en sueños a José y le dijo que se piraran a Egipto a toda pastilla. La matanza de niños inocentes perpetrada por Herodes también pesa sobre la conciencia de aquel ángel (suponiendo que los ángeles tengan conciencia), por no haberles dado el toque al resto de familias de la comarca.
El caso es que Jesús fue el primer inmigrante ilegal de nuestra era (inaugurada por su propia venida al mundo), junto a sus padres, ya que era un bebé. Abandonó su lugar de nacimiento por el mismo motivo que muchos de los inmigrantes actuales: para evitar que lo mataran.
Por eso me sorprende que el rechazo a la inmigración y el catolicismo más conservador se encuentren en el mismo pack ideológico. A lo peor esta gente de bien no ha leído a san Mateo (reflexionando).
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LA PEÑA ha viajado de un lado para otro e intercambiado cosas (comida, herramientas, relatos, canciones) desde el inicio de los tiempos. Unos 200.000 años, por poner una fecha. Los intercambios se fueron intensificando gradualmente hasta dar lugar al comercio propiamente dicho, primero basado en el trueque y después, en cualquier tipo de dinero comúnmente aceptado (oro, plata o lo que fuera).
Dando un salto en el tiempo, desde la mal llamada prehistoria hasta la antigüedad, los comerciantes más típicos de occidente fueron los fenicios. Y de oriente, los chinos. Los fenicios desaparecieron unos siglos antes de nuestra era (nacimiento de Yísus), mientras que los chinos se han convertido en los amos del comercio mundial.
El comercio puede entenderse como un conjunto de relaciones de intercambio a través de las fronteras (naturales y/o políticas) de los diversos pueblos y naciones. Funcionarían como «sistemas» que producen unas salidas (productos, personas y tal) y admiten unas entradas (lo mismo: productos, personas y tal). Un pueblo o nación autosuficiente, es decir, que no intercambia (casi) nada con su entorno, sería una autarquía.
En los felices tiempos remotos, cuando la gente recolectaba y (más esporádicamente) cazaba, casi todos los pueblos eran autosuficientes. Existían, como decíamos al principio, interacciones cuasicomerciales, por llamarlas de alguna manera, pero no resultaban esenciales para la supervivencia de esos pueblos. Sin embargo, con la nefasta aparición de la agricultura y la consiguiente especialización, las relaciones comerciales fueron ganando importancia hasta configurar un escenario de gran interdependencia entre los pueblos.
Este problema se agudizó con el surgimiento de los estados nación y, después, con la Revolución Industrial. Hasta ese momento, la mayor parte de los recursos existentes eran agropecuarios, y la riqueza de las naciones se medía por su capacidad de producción de alimentos. Para eso precisamente se inventó el catastro: un censo o inventario de las fincas existentes en un territorio y su capacidad de producción (y, de paso, para quedarse con una parte en forma de impuestos).
Las naciones que no disponían de algún recurso (material o humano), lo que era el pan suyo de cada día, tenían tres opciones: 1. Fastidiarse. 2. Comprarlo. 3. Robarlo.
La tercera opción, vaya uno a saber por qué, ha sido y sigue siendo la preferida de muchos gobernantes, originando un sinfín de inconvenientes para la humanidad en su conjunto. Por una simple cuestión de proximidad geográfica, las naciones tendían a guerrear con las naciones vecinas. Pero con el desarrollo del transporte, pronto descubrieron que era mucho más práctico someter a otros pueblos más alejados, pero en inferioridad militar. De esta forma surgió el fenómeno del colonialismo. Evidentemente, las naciones colonizadoras no reconocían abiertamente sus verdaderas motivaciones, sino que inventaban toda suerte de excusas, a cuál más peregrina, como llevarles la fe verdadera y la civilización. El hecho de que la fe verdadera y la civilización fueran incompatibles con el horror de la guerra, la muerte, la esclavitud y el robo, era un detalle sin importancia que cualquier relato nacionalista podía soslayar fácilmente.
Estas naciones experimentaron un fuerte crecimiento económico y sus ciudadanos alcanzaron un bienestar material inimaginable hasta entonces. Sus ciudadanas un poco menos, dado el machismo imperante. Sea como fuere, todos (gobierno, élites y populacho) estaban encantados de la vida y tuvieron la ocurrencia de denominar «desarrollo» a ese estado de pseudofelicidad. Automáticamente, el resto de naciones y pueblos se convirtieron en «subdesarrollados». Y eso al margen de cualquier otra consideración sobre los valores o la concepción del mundo de esas personas (y de sus derechos, obviamente). Es decir, quedó establecido que el único criterio válido para definir el desarrollo humano era, resumiendo, el PIB.
A partir de ahí todo vino rodado. El desarrollo es bueno y el subdesarrollo es malo, claro. De donde se deduce que los «desarrollados» son diligentes, inteligentes y buenos, y los «subdesarrollados», indolentes, torpes y malos, incapaces de desarrollarse. Por tanto, los primeros quedaron legitimados y los segundos, condenados.
En este momento existen dos flujos principales: 1. Desde los países «subdesarrollados» a los «desarrollados»: Materias primas, energía y curro humano, todo, con suerte, comprado a bajísimo precio. 2. Desde los países «desarrollados» a los «subdesarrollados»: Residuos (aunque parte de este flujo es global, porque las emisiones a la atmósfera y los vertidos al mar no conocen fronteras).
La conclusión es que el desarrollo de las naciones «desarrolladas» se ha producido, y continúa produciéndose, a costa del subdesarrollo de las naciones «subdesarrolladas». O dicho de otra forma, para que haya ricos (materialmente hablando), tiene que haber pobres. Hay gente que lo niega, pero me parece difícil de rebatir que, en un redondeta finito, el crecimiento material es un juego «de suma cero». Es decir, repartir lo que hay: si unos tienen mucho, los otros tienen poco. Las naciones «subdesarrolladas» no podrán jamás alcanzar el actual nivel de vida de las «desarrolladas», simplemente porque no hay recursos suficientes en el redondeta (aunque falte Groenlandia por explotar).
El último truco de las naciones «desarrolladas» fue inventar el concepto de «desarrollo sostenible», con el fin de acallar (o entretener) a las almas de cántaro. Pero la única solución posible es llegar a la igualdad en un punto intermedio. Ni siquiera basta con que las naciones «desarrolladas» dejen de crecer. Tienen que decrecer un poco (o bastante).
Pero «decrecimiento» es una palabra maldita. Y algunos iluminados pretenden llevarnos a Marte.
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JESÚS no fue el único de los padres del cristianismo en morir en la cruz. El apóstol Andrés (actual san Andrés y hermano mayor de Pedro, primer papa y actual san Pedro) corrió la misma suerte. Con dos diferencias (según la leyenda) respecto a su maestro: usaron una cruz en forma de X, en lugar de la «clásica» de dos maderos perpendiculares, y lo ataron, en lugar de clavarlo, para prolongar su sufrimiento. Así se las gastaban en aquellos tiempos remotos.
El bueno de Andrés no perdió el tiempo y se dedicó a predicar desde la cruz, durante dos días, ante las miles de personas que acudían a verlo. Jules Renard se queja en una entrada de su Diario, de 1888, de que «todos lo escucharon, cautivados, pero a nadie se le ocurrió liberarlo».
Cuentan las crónicas que algunos sí quisieron liberarlo, pero cuando lo intentaban se les quedaban paralizados los brazos y no lo conseguían. La típica jugada de Dios. O de Satanás, vaya uno a saber.
La crucifixión de san Andrés tuvo consecuencias más prosaicas. Al ser adoptado como patrón de Escocia, la cruz forma de X o «aspa» pasó a denominarse «cruz de san Andrés», y fue elegida como símbolo para la bandera nacional. Esa aspa blanca sobre fondo azul también es la bandera de la isla de Tenerife y la letra M (Mike, – – en morse) del Código internacional de señales.
La misma cruz, pero en rojo sobre fondo blanco, se denomina «cruz de san Patricio». No se sabe muy bien por qué. Afortunadamente, san Patricio, evangelizador y patrón de Irlanda (Éire), no fue crucificado, sino que murió pacíficamente en la ancianidad.
Se ve que a los británicos les gustan más las cruces que comer con los dedos. Formaron la famosa Union Jack, superponiendo la cruz de san Andrés (Escocia), la de san Patricio (Irlanda) y la de san Jorge (Inglaterra). Esta última no es una cruz tipo aspa, sino «griega» (dos trazos perpendiculares de igual tamaño, como el signo +), aunque rectangular en vez de cuadrada.
Cuando los irlandeses lograron la independencia, en 1922, no adoptaron la cruz de san Patricio como bandera, pese a ser católicos. Prefirieron, por razones obvias*, la bandera tricolor (naranja, blanca y verde) republicana.
* Los ingleses les habían dado mucha, pero mucha, caña.
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TAL VEZ la humanidad tendría que haber renunciado a la fabricación de cualquier tipo de motor, y haber centrado la famosa «revolución industrial» en la mejora de los mecanismos accionados por fuerzas naturales, como las corrientes de aire (viento) o agua (ríos y mareas). Lo explico con un ejemplo.
Hace unos años visité un molino de viento antiguo, en los Países Bajos (aunque yo decía Holanda). Era de finales del siglo equis-uve-i-i o principios del equis-uve-i-i-i. Se usaba para moler minerales para la fabricación de pinturas. Era bastante grande. Daba un poco de vértigo subir por el interior hasta los mecanismos, que estaban hechos casi totalmente de madera. Solo tenía algunas piezas de hierro (pernos, abrazaderas y tal).
El típico folleto turístico explicaba que antiguamente había más de mil molinos similares en aquella comarca (una especie de marisma con un montón de tierra ganada al mar, en la desembocadura del río no-sé-qué). Ocurrió que, con la aparición del motor de vapor, y después el de explosión, los molinos empezaron a desaparecer, porque los empresarios e inversores querían mayor productividad. De los mil y pico, quedan solo dos o tres, como reliquias del pasado para turistas.
Pero se me ocurre que, en lugar de introducir los motores para sustituir al viento, el desarrollo tecnológico podría haber consistido en la mejora de los mecanismos, cambiando los toscos engranajes, ejes y poleas de madera, por otros de nuevos materiales, más ligeros, precisos y eficientes. Aclaro que no me estoy refiriendo a molinos para mover generadores eléctricos, que es otra posibilidad, sino para mover directamente máquinas: bombas, taladros, sierras, grúas, imprentas, telares, máquinas de coser, etc.
La objeción mainstream está clara. Muy bonitos los molinos, pero ¿y cuando no sople el viento? ¿Eh? ¿Qué pasa cuando no sople el viento? Pues mi respuesta es muy simple: los molinos se quedan parados y la gente se va a su casa a leer, descansar y charlar con los amigos. Ah… claro, que hay que producir, para competir y crecer. Y crecer más, y seguir creciendo.
No parece muy sensato en un planeta finito, pero el loco soy yo.
De todas formas esta ucronía motorless (o engineless, para nuestros amigos británicos) estuvo a punto de hacerse realidad con la bicicleta, que supuso un auténtico cambio de paradigma en la utilización incrementalmente eficiente de una fuerza natural (en este caso, la muscular humana). Es una pena que no cundiera el ejemplo al ámbito industrial, por culpa del desarrollismo capitalista. A lo mejor no estaríamos ahora al borde de una catástrofe climática y de salud mental.
(Desde un punto de vista «micro», para más inri, por lo que comentaba en el palike anterior sobre la fricción, estamos sustituyendo la bicicleta por la bicicleta eléctrica. Pero esto ya es otra historia).
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EN MI ciudad queda un videoclub, del que, como no podría ser de otra manera, soy socio desde hace años y usuario habitual. La mayoría de la peña pensará que estoy más colgado que un trapo. Y tienen razón, si se toman como referencia los tiempos que corren. Pero creo que se equivocan, cósmicamente hablando.
El problema es que se limitan a seguir la corriente dominante (mainstream) sin reflexionar. Bueno, o reflexionando, e incluso creyendo que éste es el mejor de los mundos posibles. Aunque el rollo del videoclub no tiene pinta de ser trascendente para la humanidad (cuatro colgados prolongando la agonía de un negocio obsoleto), en realidad es un buen ejemplo sobre cómo llevar una vida mejor. O sobre cómo evitar una vida peor.
Ir al videoclub supone un esfuerzo y un tiempo. Pero ojo, no es una incomodidad. Una incomodidad es dormir en el suelo o tener la ropa mojada por la lluvia. Tampoco es una pérdida de tiempo. Es una actividad en sí misma, que se puede y debe disfrutar (pasear, conversar escogiendo la película, etc.). Este tiempo y esfuerzo es a lo que he denominado «fricción». Y a la teoría, claro, «teoría de la fricción». Dice así: Es positivo para el ser humano, física y mentalmente, que sus acciones requieran cierto nivel de fricción. También puede formularse por la «vía negativa»: Es nefasto para el ser humano, física y mentalmente, obtener un resultado sin fricción, es decir, sin esfuerzo.
La alternativa al videoclub son las plataformas digitales. Un universo de posibilidades… con muy poca o nula fricción. Hay que tener mucha fortaleza mental para no pegarse n capítulos del tirón, con n tendiendo a la serie completa, tirados en el sofá. Sabemos de antemano que vamos a terminar atontados y con una sensación de agridulce insatisfacción, pero caeremos una y otra vez víctimas del algoritmo y la baja fricción.
La «teoría de la fricción» es de aplicación general y tiene muchas derivadas diferentes e interesantes. Ir al súper y cargar la compra uno mismo, en lugar de hacer la compra online con entrega a domicilio, nos dará una dimensión más exacta de lo que hemos comprado, y probablemente compremos de forma menos compulsiva. Comprar nueces con cáscara, en lugar de peladas, nos hará darnos cuenta de cuántas estamos comiendo, además de estar más ricas. Usar el transporte público, en lugar del vehículo propio, nos permitirá hacer otra cosa (leer o escuchar un podcast) mientras nuestro cuerpo viaja hacia su destino con muchísimo menos estrés. La clave para comprender esta idea es orientarse al proceso, no a los objetivos (que se alcanzarán por añadidura).
Por supuesto que para ciertas ocasiones las alternativas frictionless están geniales. Por ejemplo, si se está enfermo y la energía de la fricción tiene que dedicarse a la recuperación. O si está cayendo una tormenta y la fricción es demasiado elevada. Pero las cosas que se logran con cierto nivel de fricción son más sanas y satisfactorias. Y también añado otra cosa: si no se puede, no se puede, no pasa nada si no hay plan B. A veces hay que aburrirse.
(Qué mala suerte, el videoclub cierra el próximo marzo por jubilación).
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NO TENEMOS nada más valioso que el tiempo. No sabemos ni remotamente cuánto vamos a vivir. Solo sabemos, con el permiso de los transhumanistas, que hay un límite máximo. En torno a los 90 años siendo optimistas. Ante esta única y verdadera certeza (la finitud de la vida), me sorprende la despreocupación y ligereza con la que desperdiciamos el tiempo o, peor todavía, dejamos que nos lo roben. Todo el mundo detesta perder dinero o que se lo roben, pero no pasa lo mismo con el tiempo.
Con esto no estoy haciendo apología de la productividad. Es un concepto que me repugna, sobre todo cuando se vincula a esa otra estupidez llamada «crecimiento personal». No me interesa hacer más en menos tiempo, sino hacer lo que quiero hacer, en el tiempo necesario, dedicándole mi atención plena. La atención y el tiempo son las dos caras de la misma moneda. Podía haber empezado este palike con «no tenemos nada más valioso que la atención».
Claro que no siempre puedo hacer lo que quiero, a veces, por diversas razones, tengo que hacer lo que debo. Pero en esto he adoptado la técnica del rey de El Principito, que solo daba órdenes que podían ser cumplidas. En mi caso, si tengo la obligación de hacer algo, decido que quiero hacerlo. Los estoicos lo llaman amor fati (amor al destino). Es lo que probablemente hizo Sísifo, para desesperación de los dioses.
¿Qué es entonces perder el tiempo? He identificado dos situaciones: La primera, cuando el deber supera cierto umbral (el amor fati tiene un límite) y existe riesgo de alienación. A veces no es fácil darse cuenta, como les pasa a los adictos al trabajo. Hoy en día nos quieren hacer creer que el curro es el dao, como dirían nuestros amigos chinos. Pero no, el curro, teniendo su importancia, solo es un curro.
La segunda situación ocurre cuando renunciamos a nuestra voluntad y hacemos algo que ni queremos ni debemos hacer. Por ejemplo, cuando caemos presas del algoritmo de las redes sociales, o cuando encadenamos episodios de una serie matraca, que en realidad ni nos va ni nos viene. Aquí también es fácil caer en el autoengaño. Una cosa es abandonarse una tarde al merecido descanso (a veces hay que aburrirse), y otra, volverse adicto a la basura digital, elaborada con maquiavélico esmero para captar nuestra atención, es decir, robar nuestro tiempo.
En el mundo real también existen los «ladrones de tiempo». Son peligrosísimos. Pueden ser compañeros de curro, (falsos) amigos o incluso familiares. Una variante transversal son las personas impuntuales, que considero unas auténticas criminales, merecedoras del máximo reproche social. Hay que pasar de todos ellos como del agua sucia. Yo siempre intento ser amable, pero, a estas alturas, me importa poco quedar como un borde.
Mi agradecimiento infinito a las personas que me dedican su atención, es decir, su tiempo.
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DESDE que me dieron las primeras clases de religión (católica) siendo un renacuajo, he pensado que la existencia de Dios es incompatible con la de Satanás. Bueno, más que la existencia, el hecho de que Dios fuera todopoderoso, omnisciente e infinitamente bueno (all powerful, all knowing y good & loving, como dirían nuestros amigos angloparlantes). Un Dios de andar por casa, tipo Tutatis (masculino, celta) o Chaxiraxi (femenina, guanche), sí sería compatible con Satanás.
Ya de mayor, he descubierto que esa idea infantil mía también ha (pre)ocupado a muchos sabios y filósofos occidentales desde la antigüedad. Se la conoce como «paradoja de Epicuro», aunque no consta que el bueno de Epicuro (341-271 a.C.) se haya ocupado personalmente de este intrincado problema. Sobre todo porque el Dios católico-cristiano todavía no se había inventado.
Pero bueno, la paradoja se resumiría tal que así:
El mal existe.
¿Puede Dios evitar el mal? Si no puede, no es all powerful.
¿Sí podría pero no sabe que el mal existe? Entonces no es all knowing.
¿Sabe que existe el mal y podría evitarlo, pero no quiere? Entonces no es good & loving.
La conclusión es que Dios no puede tener las tres características simultáneamente. Puede tener dos de ellas, una sola, o ninguna. Cualquiera de esas combinaciones es compatible con la existencia del mal (Satanás). La más preocupante es que sea all powerful y all knowing, pero no good & loving. Hablando en plata, que Dios sea un perro de cuidado. Pero otra posibilidad es que el dualismo católico (Dios vs Satanás) provenga de que Dios no sea all powerful (y Satanás tampoco, claro).
¿Qué dice la propia Iglesia al respecto? En mi típico Catecismo de la Iglesia Católica, comprado en la típica «librería diocesana» de una ciudad random, y aprobado en 2005 por Benedicto equis-uve-i (el crack del dogma), pone lo siguiente:
57. Si Dios es todopoderoso y providente ¿por qué entonces existe el mal?
Al interrogante, tan doloroso como misterioso, sobre la existencia del mal solamente se puede dar respuesta desde el conjunto de la fe cristiana. Dios no es, en modo alguno, ni directa ni indirectamente, la causa del mal. Él ilumina el misterio del mal en su Hijo Jesucristo, que ha muerto y ha resucitado para vencer el gran mal moral, que es el pecado de los hombres y que es la raíz de los restantes males.
58. ¿Por qué Dios permite el mal?
La fe nos da certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo. Esto Dios lo ha realizado ya admirablemente con ocasión de la muerte y resurrección de Cristo: en efecto, del mayor mal moral, la muerte de su Hijo, Dios ha sacado el mayor de los bienes, la glorificación de Cristo y nuestra redención.
Estas respuestas (como la mayoría de las del catecismo, dicho sea de paso) son como para que te explote la cabeza (la segunda me suena un poco al yin y el yang y tal). La verdad es que no aclaran nada ni cambian las conclusiones anteriores sobre el dualismo católico. Pero que cada primate lo interprete como quiera.
