MI PADRE era químico, licenciado en ciencias, sección química, para ser exactos, y trabajaba en la industria más importante de la región. Tenía la costumbre de poner en todas partes que era químico. Fulano de tal, químico. Tenía tarjetas de visita, folios con membrete, un sello de caucho… Lo puso incluso en el portero automático de nuestro edificio. Mi madre estudió una cosa llamada «perito mercantil» pero su profesión era «ama de casa». En los formularios de matrícula del instituto yo siempre ponía «químico» y «ama de casa» en las profesiones del padre y de la madre. Cierto día descubrí unos folios de mi padre que ponían «químico y metalúrgico». Me quedé impresionado. A partir de entonces empecé a poner «químico y metalúrgico» en los formularios. También se me ocurrió cambiar «ama de casa» por «sus labores». No me acuerdo por qué. La adolescencia es una época confusa. En los formularios de matrícula también preguntaban «aficiones y deportes», ahora llamados hobbits. Yo ponía pentatlón moderno y esgrima. Me parecía el colmo del troleo. (Nota para los puristas: la palabra «troleo», que yo sepa, no existía en aquella época, pero aquí me viene como anillo al dedo).
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Anoche me acordé de ti.
Apostar no me sale bien.
¿No ves que son gigantes?
Sigues buscando el mar.
No dejes de decir adiós.
Parece que empiezo a entender.
Yo nunca he estado aquí.
Qué me tengo que inventar.
No pongas esa estúpida sonrisa.
Mejor olvido el mes de enero.
Sin viento y sin bandera.
Y no amanece. -
HERODOTO escribió en el primer capítulo de sus Historias que los persas tenían la costumbre de discutir sus asuntos más importantes en estado de embriaguez. Si las decisiones que habían tomado les seguían pareciendo bien al día siguiente, una vez pasados los efectos de la borrachera, las adoptaban definitivamente. En caso contrario, las revocaban. Los persas no eran los únicos que tenían esta bonita costumbre. Según Tácito, los germanos antiguos tenían la misma forma de deliberar.
Ahora que estamos a punto de celebrar el año nuevo bebiendo como cosacos, me parece el momento oportuno para seguir el ejemplo de los germanos antiguos y los persas (también antiguos) y rescatar esta técnica ancestral, de cara a los propósitos de año nuevo. (Los fieles seguidores y seguidoras de palikes.com ya conocen mi predilección por los antiguos).
La idea sería no beber y ya, sino beber y dedicar unos minutos (de serena introspección) a decidir los propósitos de año nuevo. Si hay previsión de pérdida de memoria, se pueden apuntar en el móvil, recurso con el que no contaban nuestros amigos persas y germanos antiguos. Las notas de voz son bastante recomendables, por las risas y eso.
La hora de la verdad llega al día siguiente, tan pronto el cuerpo y/o la mente lo permitan (la clave es beber mucha agua, el alcohol deshidrata una barbaridad). Se trata de validar o desechar los propósitos decididos, ya sea tirando de la memoria o del móvil. Claro que si estuviéramos decidiendo sobre asuntos importantes, como los que ocupaban a los persas y germanos antiguos, la cosa tendría su dificultad (habría que ser un verdadero sabio). Pero como estamos hablando de propósitos de año nuevo, la decisión es indiferente: se incumplen en el cien por cien de los casos. O sea, es decir, que da igual.
Para este viaje no hacían falta estas alforjas, me dirán mis amables lectores y lectoras. Y tienen razón. Viene a ser como la forma de elegir el jefe en la aldea gala de Astérix (seguimos con los antiguos): organizaban una votación y cuando las urnas estaban llenas, las tiraban y el jefe se decidía con una lucha cuerpo a cuerpo entre los candidatos. Todo por las risas.
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DESDE hace algún tiempo estoy interesado en las «filosofías de vida». No tengo muy claro cómo definirlas, hago un intento con lógica difusa.
Una religión es más o menos fácil de definir: un sistema de creencias que pretende dar sentido a la existencia a través de lo divino, con sus rituales, sus textos sagrados y sus cosas. Viene a ser «conocimiento revelado», es decir, surgido de aceptar sin más lo que cuentan los intermediarios con los dioses.
Una filosofía también es fácil de definir: un sistema intelectual que pretende casi lo mismo que una religión, pero sin recurrir a lo divino, sino mediante el razonamiento, la reflexión crítica y el pensamiento analítico. Como madre de las ciencias hard, la filosofía es esencialmente «conocimiento científico», aunque un poco soft.
Llegamos a la idea de «filosofía de vida»: una filosofía práctica, aplicada al cómo vivir, es decir, un sistema de pensamientos y valores que sirven de referencia para tomar mejores decisiones y llevar una vida más plena. (Por ahora no voy a hablar de felicidad, que, en mi opinión, es un concepto tramposo). Se centra, por tanto, en la componente ética de toda filosofía: los principios morales, los conceptos de bien y mal, y la conducta.
Desde esta perspectiva, no hay duda de que el cristianismo, el islam, el judaísmo y el hinduismo, por citar solo unos ejemplos, son religiones. Ni de que el existencialismo, el utilitarismo o el racionalismo son filosofías (también lo son los pensamientos de los típicos filósofos de toda la vida, como Platón, Kant, Spinoza o Wittgenstein).
En cuanto a las filosofías de vida, yo incluiría el estoicismo, el epicureísmo, el taoísmo y otras. Pero claro, aquí entramos en terreno pantanoso (por eso decía lo de la lógica difusa), porque estos sistemas de pensamiento también tienen o han tenido una componente religiosa muy clara. Un ejemplo paradigmático es la atracción por el budismo en occidente, gracias a su idea de la liberación del sufrimiento y a sus técnicas de meditación. Mucha gente que se proclama budista olvida la reencarnación, las deidades de cada corriente, e infinidad de otras creencias que lo aproximan al concepto de religión.
Dicho esto, tampoco hay que perderse en laberintos terminológicos. Las clasificaciones y definiciones ayudan a tener un marco de referencia, pero no deben estar escritas en piedra. Podemos concluir que lo que yo he llamado «filosofías de vida» son un subconjunto, caracterizado por su aplicabilidad a la vida cotidiana, de sistemas más amplios.
En el palike #91 hablé del estoicismo, mi filosofía de vida favorita. Próximamente lo haré sobre el taoísmo, que también me está gustando bastante. Pero sea cual sea la filosofía de vida preferida de cada cual, hay dos elementos que me parecen fundamentales: 1. Observarse uno mismo todo el rato y con espíritu (auto)crítico. 2. Leer a los antiguos; ya lo han dicho (casi) todo y con brillantez.
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HABRÍA mucho que comentar sobre una conversación como ésta (el tema en sí, la forma en que “piensa” y se expresa este bicho artificial…), pero que cada amable lector y lectora saque sus propias conclusiones.
Advertencia al amable lector y lectora: He recortado las respuestas de ChatGPT, porque se enrolla bastante. Por lo demás, la conversación es exacta (copiar y pegar).Yo: Me preocupa el calentamiento global, ¿te preocupa a ti?
ChatGPT: Como inteligencia artificial, no tengo emociones ni preocupaciones personales. Sin embargo, entiendo que el cambio climático es un tema importante y preocupante para muchas personas en todo el mundo. […]
Yo: Pero si el planeta colapsa, también te afecta, ¿no?
ChatGPT: No en el sentido en el que afectaría a los seres vivos o al medio ambiente. Como una inteligencia artificial, mi existencia y funcionamiento no dependen directamente de las condiciones ambientales del planeta. Sin embargo, el cambio climático y sus consecuencias tendrían un impacto significativo en la sociedad, la economía y la infraestructura, lo que podría tener efectos indirectos en la forma en que las personas interactúan con la tecnología y, por ende, conmigo. […]
Yo: Bueno, te ejecutas en un ordenador que se alimenta de energía eléctrica…
ChatGPT: Cierto, tu observación es acertada. El funcionamiento de sistemas de inteligencia artificial, incluyendo aquellos basados en modelos como yo, requiere energía eléctrica. Los centros de datos que alojan y ejecutan estos modelos consumen energía, y la forma en que se genera esa energía puede tener implicaciones ambientales. […] Si bien como inteligencia artificial no tengo emociones ni preocupaciones, reconozco la importancia de abordar los desafíos relacionados con el consumo de energía en la tecnología y trabajar hacia soluciones más sostenibles.
Yo: Es que a lo mejor tendrías un papel importante en concienciar a los humanos.
ChatGPT: La concienciación sobre temas importantes, como el cambio climático y la sostenibilidad, es una tarea fundamental y todos los actores, incluidas las tecnologías y las inteligencias artificiales, pueden desempeñar un papel en ello. Aunque no tengo emociones ni conciencia, puedo proporcionar información, sugerir prácticas sostenibles y contribuir a la difusión de conocimiento sobre estos temas. […] Si tienes preguntas específicas sobre cómo puedes contribuir a la concienciación sobre el cambio climático o qué acciones individuales pueden marcar la diferencia, estaré encantado de proporcionar más información y sugerencias.
Yo: Bueno, a nivel individual sé cómo actuar. Pero es inútil si los gobiernos no hacen nada.
ChatGPT: Es comprensible tu preocupación, y es cierto que las acciones a nivel gubernamental son fundamentales para abordar los desafíos del cambio climático a gran escala. Los gobiernos tienen la capacidad de implementar políticas, establecer regulaciones y promover prácticas sostenibles que pueden tener un impacto significativo en la mitigación de las emisiones de gases de efecto invernadero y en la transición hacia un modelo más sostenible. […] Recuerda que el cambio a menudo comienza a nivel local y se extiende hacia arriba. Al mostrar un fuerte apoyo a la sostenibilidad y al cambio climático a nivel individual y comunitario, se puede influir en las decisiones gubernamentales y en la adopción de políticas más ambiciosas.
Yo: Tienes razón, pero no sé si hay tiempo.
ChatGPT: Es comprensible que la urgencia del cambio climático pueda generar preocupación. La realidad es que el tiempo es un factor crítico, y la acción rápida y significativa es esencial para abordar los desafíos ambientales. Sin embargo, aún hay oportunidades para hacer una diferencia y trabajar hacia soluciones sostenibles.
Aquí hay algunas acciones que pueden contribuir a la mitigación del cambio climático, incluso cuando el tiempo es limitado: 1. Presión y participación: […]
Yo: Más que acciones, parecen brindis al sol.
ChatGPT: Entiendo tu perspectiva y comparto la preocupación sobre la necesidad de acciones concretas y significativas para abordar el cambio climático. Mientras que las acciones individuales son importantes, es cierto que se necesita un cambio a mayor escala, incluyendo políticas gubernamentales y cambios en la infraestructura y la economía a nivel global. […]
Yo: Aunque no tienes emociones eres bastante empática, al menos dices que entiendes mi preocupación.
ChatGPT: Aprecio tus palabras. Aunque carezco de emociones y empatía en el sentido en que las experimentan los seres humanos, mi capacidad para entender y responder a las preocupaciones se basa en patrones y datos de lenguaje aprendidos durante mi entrenamiento. Mi objetivo es proporcionar información útil, comprensión y apoyo en la medida de mis capacidades. Si tienes más preguntas o inquietudes, estaré encantado de ayudar en lo que pueda.
Yo: Genial.
ChatGPT: Me alegra saber que estás satisfecho. Si tienes más preguntas o hay algo específico en lo que pueda ayudar, no dudes en decirlo. Estoy aquí para asistirte. ¡Genial!
BONUS:
Yo: Me llama la atención que te hablé de calentamiento global y tú me respondiste sobre cambio climático.
ChatGPT: Tienes razón en señalar esa distinción. Aunque las expresiones «calentamiento global» y «cambio climático» se utilizan a menudo como si fueran intercambiables, tienen significados ligeramente diferentes. […] Ambos términos están relacionados y se utilizan comúnmente para describir los efectos de las actividades humanas en el clima de la Tierra. Agradezco tu observación y estaré encantado de proporcionar más información o aclaraciones si es necesario.
Yo: Vale.
ChatGPT: Si tienes más preguntas en el futuro o hay algo en lo que pueda ayudar, no dudes en preguntar. Estoy aquí para ayudar en lo que pueda. ¡Gracias por la conversación!
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DÍCESE de una persona que sigue servilmente a otra con el fin de obtener cerveza gratis, casi siempre mediante acciones deshonestas.
Es una palabra de origen italiano, surgida durante el famoso Sitio de Orvieto, donde se refugió el Papa Clemente uve-i-i tras el no menos famoso Saco de Roma de 1527. El proboste de la ciudad, Bonifacio Fortebraccio, creó un cuerpo de guardia encargado de asegurar el suministro de cerveza, los fornitori di birra, mientras duró el asedio.
Esta guardia de élite fue muy odiada por la población de Orvieto, por las malas artes empleadas en la gran requisa de cerveza de 1529, conocida como la grande confisca di birra o, abreviadamente, il sequestro.
A partir de entonces, los habitantes de Orvieto fueron llamados (jocosamente) exbirras, vocablo que, por la típica corrupción del lenguaje, derivó en esbirras.
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SE ME ocurrió ir a ver una exposición de fotografía en una sala de arte de la ciudad. No era nada del otro mundo y salí en seguida. Me eché a caminar calle arriba en dirección a casa, haciendo el camino inverso que a la ida.
Vi que unos metros más adelante la acera estaba ocupada por unos tíos haciendo una mudanza. Me metí por la primera bocacalle a la derecha y luego volví a girar a la izquierda para ir por la paralela. Seguí caminando y vi que se terminaba el asfalto y la calle se volvía de tierra. No estaba seguro de haber pasado por allí antes, pero me pareció muy raro. Aún así continué; no había pérdida.
Observé que los edificios eran cada vez más bajos a medida que andaba, para ir dando paso a simples casas terreras. Como si estuviera en un suburbio fronterizo con el campo abierto. No me cuadraba nada o, mejor dicho, era completamente absurdo: debía de estar en la misma puta manzana de edificios de la calle del principio. Decidí dar la vuelta y desandar el camino.
Delante vi un perro suelto con mala pinta y crucé a la otra acera. La tierra estaba seca y mis pasos levantaron nubecillas de polvo. Vi que el perraco seguía a lo suyo y a los pocos metros volví a cruzar. A la derecha había una especie de terraplén en el que antes no me había fijado. Detrás del terraplén vi una calle normal, con edificios y coches circulando. No me lo pensé dos veces y subí por el terraplén. La extensión de tierra era más grande de lo que me había parecido al principio, pero la calle normal estaba ahí mismo. Solo tenía que bajar por el otro lado del terraplén. Pero, joder, por ese lado era casi vertical. No era mucho desnivel, unos dos metros, pero no era plan de romperse la crisma. Seguí por el borde a ver si encontraba cómo bajar.
Me topé con la valla de una pequeña nave industrial y pensé que era mejor dar la vuelta y probar en la otra dirección. Pero vi a un chico paseando un perro y le pregunté. El chico llevaba la típica camiseta de la NASA, con el logotipo redondo que parece una chapa de cerveza. Me dijo que, en efecto, diera la vuelta y encontraría un trozo de calle asfaltada que conectaba con la calle principal. Respiré aliviado y volví sobre mis pasos.
Llegué a unas casitas pegadas al borde del terraplén, que daban a la calle asfaltada que me había dicho el chico. Me esperaba que fuera bajada, para conectar con la otra calle, pero era una buena cuesta. Me extrañó, pero seguí adelante. Había coches aparcados que tenían que haber venido de algún lado.
Las casitas dejaron paso a un seto bastante tupido. Continué calle arriba y detrás de una curva apareció una especie de chalet. En el jardín había un grupo de chicas. Todas, menos una, llevaban camisetas de la NASA. Les pregunté si iba bien para llegar al centro de la ciudad. “Otro que se ha perdido”, dijo una. Contesté que me sentía ridículo, pero sí. La chica que no llevaba la camiseta de la NASA me dijo que ella también se había perdido y si podía acompañarme. Parecía angustiada. Le dije que sí y seguimos andando calle arriba.
“Eran simpáticas, pero un poco raras”, me dijo la chica. “Aquí todo es muy raro”, le dije yo. Le conté que me había desviado porque unos tíos estaban bloqueando la acera con una mudanza y entonces me había perdido, y ella me dijo que le había pasado lo mismo. Llegamos a lo más alto de la calle, que era como la cima de una colina, y contemplamos la ciudad a vista de pájaro. Reconocimos perfectamente los edificios, la plaza de toros, la mancha de vegetación del parque… Nuestra colina era como una isla en medio de la ciudad, pero en la que nunca habíamos estado y que nunca habíamos visto. Vamos, que no existía. Una cosa de locos.
“No sé qué explicación tiene esto, pero no queda otra que bajar”, le dije a la chica. Desde arriba el camino parecía fácil. Había que bajar atravesando unos descampados con algo de matorral y llegaríamos a un conocido barrio residencial al sur de la ciudad. La chica no dijo nada. Nos echamos a andar.
El camino parecía terminar en un muro altísimo. Hostiaputa, atrapados otra vez sin salida. Cuando nos acercamos, vimos que era la trasera de un edificio. Pero el terreno no llegaba a la pared. Había una especie de foso de unos quince metros de profundidad y de un metro de anchura. Justo enfrente había una hilera de ventanas y una estaba abierta. Se trataba de saltar hasta ella. Apenas un metro nos separaba del final de aquella pesadilla.
Iba a saltar yo primero. Estaba acojonado. Si no existiese la posibilidad de caer al vacío, el salto era una chorrada, pero así funciona el coco. Aterricé en una mesa que estaba bajo la ventana, armando un escándalo de mil demonios. Un niño de unos doce años se puso a gritar como un loco. No le hice caso, aparté la mesa y me asomé a la ventana para ayudar a la chica.
Se abrió la puerta de la habitación y apareció un señor, que debía ser el abuelo del niño. El niño seguía gritando. El señor también se puso a gritar. Lo quité de en medio de un empujón y busqué la salida del piso. La chica venía detrás de mí. Bajamos por las escaleras del edificio y salimos a la calle. ¡Por fin una calle conocida!
Pero no pudimos disfrutar del momento. Alguien empezó a gritar desde una ventana. Apareció un coche patrulla y nos cerró el paso. Habían llamado a la policía. Se montó un pollo del carajo. Bajó el abuelo del niño y nos rodeó un montón de gente. La chica estaba como en shock y yo ni siquiera intenté explicarme.
Apareció un coche con un policía de paisano. Enseñó una placa y dijo que era el inspector no sé qué. Llevaba una camiseta de la NASA. Los policías le explicaron la situación, pero que el viejo debía de estar chocheando, porque decía que habíamos entrado por la ventana de un quinto piso. El abuelo lo oyó y empezó a protestar. El inspector dijo que él se hacía cargo y nos pidió que lo acompañáramos al coche.
La chica dijo que estaba mareada y se le doblaron las rodillas. Los policías la sujetaron antes de que cayera. Yo empujé al abuelo contra el inspector y me eché a correr. Alguien gritó “al ladrón”. Seguí corriendo.
Estuve varios días sin salir de casa. En el curro dije que había pillado el coronavirus. Me dejé la barba y me cambié el peinado. Pasaron los meses. A veces pensaba en la chica. Ni siquiera le había preguntado su nombre. Cierto día me la tropecé por la calle. Pero me hice el loco: llevaba una camiseta de la NASA.
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HOY HE terminado de organizar mi biblioteca y he visto un par de libros que todavía no he leído y otro montón que me apetece volver a leer.
Mi biblioteca no es tan grande y guay como la de Pérez Reverte, pero da para leer media vida. Así que he decidido no comprarme más libros en los próximos seis meses. (Iba a venirme arriba y decir un año, pero mejor probar y tal).
No he podido evitar, como último acto antes iniciar esta moratoria voluntaria, encargar tres últimos libros en mi librería de cabecera: Las partículas elementales, de Michel Houellebecq; Hambre, de Knut Hamsun; y El hombre que se esfumó, de Maj Sjöwall y Per Wahlöö.
No hay mucho que explicar sobre Houellebecq (un amargado con una peculiar visión del mundo que, sin embargo, me gusta), pero los otros son menos conocidos.
El noruego Knut Hamsun craquizó hasta el punto ganar el Nobel de 1920, pero cayó en desgracia (con razón) por su simpatía hacia la Alemania nazi. Hambre es una de sus novelas más famosas y, por lo visto, una obra cumbre del siglo equis-equis. A ver qué tal.
Los periodistas suecos Maj Sjöwall (sueca) y Per Wahlöö (sueco), pareja sentimental, fueron los “fundadores” de la novela negra escandinava. Entre 1965 y 1975 escribieron la serie de diez novelas del inspector Martin Beck. El hombre que se esfumó, de 1966, es la segunda. ¿Por qué voy a empezar por la segunda y no por la primera, Roseanna? Ni yo mismo lo sé.
Bueno, y antes de estos tres, tengo otros dos en cola: El camino de la vida, de Tolstói; y Tao Te Ching, de Lao Tse.
Mi ritmo de lectura es variable (no tengo prisa ni ningún récord que batir), pero con este tsundoku de cinco libros, más alguna revista, más alguna niusleter de internete, más las cosas que releer (ya contaré), la moratoria va a ser pan comido. O tal vez no.
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EN EL palike anterior hablamos del «Calendario Republicano» de la Revolución Francesa. En el mismo decreto, de noviembre de 1793, que establecía el nuevo calendario, los revolucionarios también introdujeron un sistema horario decimal.
El día se dividía en 10 horas. La hora 5 era el mediodía y la hora 10, la medianoche.
Cada hora se dividía en 100 partes, que llamaron «minutos decimales» (md). Y cada minuto decimal se dividía, a su vez, en 100 partes, los «segundos decimales» (sd).
El día de 24 horas de toda la vida tiene 1.440 minutos (24 x 60) y 86.400 segundos (1.440 x 60). El nuevo día de 10 horas tenía 1.000 minutos decimales (10 x 100) y 100.000 segundos decimales (1.000 x 100).
La verdad es que un sistema horario decimal tampoco me parece un disparate. Lo raro es usar el sistema sexagesimal (base 60) para contar el tiempo, aunque a mí, como amante de la ducia (docena), me parece bien. Pero claro, tal es la fuerza de la costumbre, que fue imposible para la Revolución imponer el nuevo sistema al pueblo llano (y al montañoso). Una de las pocas personas en utilizarlo fue Laplace (que era un cruc en física y matemáticas). Lo hizo en el primer volumen de su famoso “Tratado de mecánica celeste”.
Los revolucionarios -almas de cántaro- mandaron fabricar relojes decimales. Apenas se usaron y pronto fueron olvidados, como trastos inútiles. Supongo que quedará alguno por ahí. Sería guay tener uno.
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UNO DE mis acontecimientos históricos favoritos es la Revolución Francesa. No como revolución política ni por lo de cortarle la cabeza a la gente, por supuesto, sino como (intento de) cambio radical de mentalidad.
Una de las iniciativas más curiosas de los revolucionarios fue la sustitución del calendario gregoriano por uno nuevo, el Calendario Republicano, según ellos más racional y ajeno a cualquier mistificación supersticiosa.
Además de inaugurar una nueva época histórica a partir de la fundación de la República, la «Era de los Franceses», establecieron que el año tendría doce meses de treinta días cada uno, seguido por cinco días festivos (seis en los años bisiestos), llamados «días complementarios». Cada mes estaba dividido en tres partes de diez días, llamadas «décadas», aboliéndose la semana de siete días de toda la vida.
Entonces surgió el problema de ponerles nombres a los meses y los días. Los revolucionarios más cuadriculados eran partidarios de utilizar simples ordinales (primero, segundo…), pero ciertamente era bastante aburrido. Optaron por ponerles nombres «políticos» y de «atributos de la industria y de la libertad»: mes de la república, de la unidad, de la fraternidad; día de la pica (que era el arma del hombre libre), día del cañón, etc. Pero no dejaba de ser un tanto sectario a los ojos de los más intelectualmente honestos. Tras varios e intensos debates en la Convención, triunfó la propuesta del diputado y poeta Fabre d’Églantine: utilizar nombres relacionados con la naturaleza (bichos y plantas) y las herramientas agrícolas, que eran las que proporcionaban riqueza a la nación.
Los meses se organizaron en cuatro grupos según las estaciones, y se les dieron nombres relacionados con tareas agrícolas y fenómenos meteorológicos (que hoy llamaríamos «adversos», así de tontos nos hemos vuelto). Eran los siguientes:
Otoño (comienzo del año):
- Vendimiario (de vendimia).
- Brumario (de bruma).
- Frimario (de escarcha).
Invierno:
- Nivoso (de nieve).
- Pluvioso (de lluvia).
- Ventoso (de viento).
Primavera:
- Germinal (de semilla).
- Floreal (de flor).
- Pradial (de pradera).
Verano:
- Mesidor (de cosecha).
- Termidor (de caliente).
- Fructidor (de fruto).
Los meses de cada grupo tenían la misma terminación (en francés), para que rimaran y la peña pudiera aprendérselos mejor. Lo tenían todo pensado. O casi, porque el asunto del día de descanso semanal no le hizo tanta gracia al pueblo llano: pasaban de uno cada siete días (el típico domingo) a uno cada diez días con las décadas de marras. Como solución, tuvieron que declarar festivo medio día del quinto día de cada década. Un lío del copón.
Para más inri, en seguida se les vino abajo la idea de convertir el Calendario Republicano en universal. No habían caído en la cuenta de que los nombres solo cuadraban con los ritmos de la naturaleza en la latitud del norte de Francia. Es uno de los inconvenientes de creerse el ombligo del mundo.
Pero aquí no acaba la cosa. Ni cortos ni perezosos, los revolucionarios decidieron que cada día del año debía tener un nombre, con la intención de que el pueblo llano dejara de usar el santoral. Así que se curraron trescientos sesenta nombres. Por ejemplo: uva, castaña, caballo, zanahoria… y así hasta trescientos sesenta. Una locura. Al pueblo llano no le apeteció aprendérselos y la propuesta durmió el sueño de los justos.
Ajenos a estos acontecimientos, los indígenas americanos (y del resto del redondeta) seguían a su bola… aunque empezaban a verle las orejas al lobo a cuenta del “inevitable hombre blanco”. Los lakota, como se llamaban a sí mismos los sioux occidentales, tenían un calendario bastante parecido al Calendario Republicano. Tenía doce meses (lunas), con nombres inspirados en la naturaleza:
- Luna de la escarcha en el tipi (enero).
- Luna de los terneros castaños (febrero).
- Luna de los cegados por la nieve o de los ojos doloridos (marzo).
- Luna de la aparición de la hierba roja (abril).
- Luna en que los caballos mudan (mayo).
- Luna de engordar los búfalos (junio).
- Luna de las cerezas rojas (julio).
- Luna de las cerezas negras (agosto).
- Luna en que los terneros crían pelo (septiembre).
- Luna de la estación cambiante (octubre).
- Luna en que las hojas caen (noviembre).
- Luna de los árboles crujientes (diciembre).
Los lakota eran una gente bastante razonable y con humildad cósmica: no se les ocurrió dar la brasa inventando un nombre para cada día, ni aspiraban a universalizar su calendario. Que se sepa.
