DESPUÉS del intento de golpe de estado, mucha gente empezó a decir que no era monárquica, sino «juancarlista». Me suena habérselo escuchado a mi padre, pero no estoy seguro. A mí la monarquía siempre me había parecido demencial, principalmente por el rollo hereditario. Cuando lo discutía con mis amigos, el principal argumento era que tener un rey era mucho más barato que tener un presidente. En esa época yo no sabía muy bien lo que valían las cosas y me llamó la atención que la baratura fuera un criterio tan importante. Hice notar que no tener nada, ni rey ni presidente, era más barato todavía, pero me contestaron que eso no podía ser, que alguien tenía que gobernar. Mi compañero de clase César (nombre ficticio), que era un erudito, me habló de una cosa llamada «anarquía».
Yo seguía sin entender muy bien lo del «juancarlismo». Se lo pregunté a mi abuelo materno y me dijo que a él tampoco le gustaba la monarquía hereditaria, pero que el rey le parecía «un buen muchacho» y que era «lo menos malo». El concepto de «menos malo» me hizo pensar durante un tiempo. Descubrí que nada era blanco o negro, sino que había grises, y que a veces había que conformarse con cosas que no eran perfectas. En mis debates empecé a soltar de vez en cuando un «es lo menos malo», con un resultado excelente.
De las conversaciones con mi abuelo deduje que no existía un conjunto de ideas, principios o valores «juancarlistas». Era un simple culto a la personalidad por supuestamente haber salvado la democracia. Digo supuestamente porque mi amigo César tenía la teoría de que el rey estaba detrás del golpe y que los americanos estaban informados y aprobaban el plan. Me contó que los niños americanos de las bases españolas no habían ido a clase el 23 F.
Acallado (o atenuado) el ruido de sables, mi siguiente preocupación era que ese año terminaba el colegio y empezaba el instituto. Cada colegio tenía un instituto asignado por defecto, pero creo que se podían pedir otros. Yo estaba predestinado al mismo instituto al que habían ido mi hermana y hermano mayores. Muy pocos de mis amigos iban a ir al mío. César, por ejemplo, se cambiaba de ciudad porque trasladaban a su padre. El único que tenía dudas era Paco (nombre ficticio), así que le comí el coco para que pidiera plaza en el mismo que yo. Logré convencerlo, pero no nos tocó en la misma clase y, para más inri, la suya era «conflictiva». El pobre lo pasó fatal durante todo el curso y yo me sentí súper culpable. Aprendí la lección y desde entonces ya no aconsejo a nadie (y mucho menos de forma imperativa) sobre nada. Todavía hoy, cuando alguien me pide consejo, me acuerdo de mi amigo Paco y me abstengo diplomáticamente de opinar.
El año anterior había aprendido otra lección vital importante. Mi tía B, una de mis tías solteras que vivía con mis abuelos maternos, me regaló por mi cumpleaños una maleta nueva para el colegio. Me pareció súper fea e infantil (la maleta). Así que le dije que no la quería. Ella se echó a llorar y se encerró en su habitación. Mi abuelo me explicó que siempre hay que dar las gracias aunque el regalo no te guste. Le pregunté si eso no sería mentir. Me contestó que «no exactamente», que a veces es necesario no decir la verdad para no herir los sentimientos de los demás. Ese tipo de mentiras se llamaban «piadosas». Me resultó tan sorprendente como útil enterarme de que la mentira podía interpretarse de una forma tan flexible. Respecto a mi tía B, nuestra relación no tardó en volver a una aparente normalidad, aunque jamás volvió a regalarme nada.
Igual que con mi amigo Paco, cada vez que me regalan algo me acuerdo de mi tía y siempre doy las gracias, ya sean reales o piadosas. Y cuando soy yo el que regala, intento no pillar cualquier cosa para salir del paso, sino currármelo un poco según la persona destinataria. (No estoy insinuando que mi tía B no se hubiera currado mi regalo allá por 1980, lo hago para que la gente no tenga que decirme una mentira piadosa y tal).
