Las tribulaciones de un marinero en tierra

#335 Una historia real

Ayer me encontré con Pepe (nombre ficticio), un viejo amigo al que sólo veo esporádicamente. La última vez fue hace tres meses. En aquella ocasión lo vi casi eufórico y, en efecto, me contó que todo le iba genial. Estaba de asesor financiero senior en una consultora y sospechaba que iban a hacerlo socio en cualquier momento. Le dio instrucciones por voz al móvil y me enseñó unas divertidas imágenes hechas por IA.

Cuando le dije que no me gustaba la IA, me llamó ludita del siglo diecinueve y me dijo que no se podía estar en contra de los adelantos tecnológicos. Me contó que la usaba para todo, en casa y en el curro. Un informe que antes le llevaba cuatro horas, ahora lo hacía en diez minutos. ¡Con la versión gratuita! No quería ni imaginarse con la de pago (estaba intentando convencer al CEO para comprarla). Le pregunté si no le daba miedo perder el trabajo por culpa de la IA, y se partió la caja. Me miró con pena y me dijo que a los que iban a echar con una patada en el culo era a los que no supieran usar la IA.

Me explicó que un martillo puede servir para clavar clavos o para matar a alguien, todo depende de cómo se use. Y con la IA igual. La clave está en hacer las preguntas adecuadas y luego revisar el resultado. Ahí es donde está el valor añadido del experto humano, que nunca podrá ser reemplazado por la IA. Se pone en marcha un círculo virtuoso: al tener más tiempo para las tareas verdaderamente creativas, la productividad se dispara. Porque el gran problema de nuestro país es la baja productividad. No somos competitivos.

Me dio una palmada en la espalda como despedida y me recomendó que me pusiera las pilas con la IA. Añadió que no había que tener miedo al cambio, que había miles de ejemplos, como los caballos y el automóvil, que en chino crisis significa oportunidad, y que tenía que poner las luces largas.

Cuando me lo encontré ayer, lo noté más desanimado. No quise preguntarle mucho, pero tenía necesidad de desahogarse y al final me contó que lo habían despedido. Se habían quedado sólo con un asesor junior y la IA (no sabía si la gratuita o la de pago). Resultó que en la empresa no había tareas creativas que desarrollar, y al CEO le pareció asumible la tasa de fallos de la IA. ¿Acaso no se equivocan también las personas?, fue lo que dijo. Además, qué importa, si los informes los va a leer otra IA, parece que añadió. No me atreví a preguntarle a Pepe por la productividad nacional. Le di una palmada de ánimo y le deseé suerte.

Nota distópica:

Creo que en realidad nos encontramos en la mitad de un proceso para obtener esclavos mecánicos, dado que la esclavitud siempre ha cautivado (prrrum, tssss) a la humanidad por lo cómoda que resulta (para los esclavistas, no para los esclavizados). Este proceso consiste en añadir IA (cerebros) a robots (cuerpos) con capacidad de manipulación fina, por ejemplo, para planchar, hacer la cama o servir un café en el bar. No me parece mal si los humanos recibimos un ingreso vital y tal. Pero tiene varios problemas. Un inconveniente desagradable es caer idiotizados al dejar de tomar decisiones sobre nuestras propias vidas (vivir es decidir), dado que estamos creando la IA para que decida de forma autónoma, no como simple herramienta. Y luego está el peligro, nada desdeñable, de que los IAbots pueden servir tanto para amables mayordomos, como para despiadados policías. Incluso si fuéramos capaces de emplearlos sólo para lo primero (que va a ser que no), habría que evitar ponerle a alguno de ellos el nombre de Espartaco.

Nota de (inútil) consuelo:

En este proceso de frankensteinización o creación de IAbots, mi amigo Pepe ha sido sólo uno de los numerosos daños colaterales que están por venir. Así de tontos somos los sapiens. Al menos a mí, como objetor de IA, me quedará el consuelo de no haber entrenado a la IA para quedarme sin curro. Aunque, ¡ay!, ya la entrenarán los compis por mí.


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