Las tribulaciones de un marinero en tierra

#315 Los pájaros

Voy caminando al trabajo a las siete de la mañana. Se intuye algo de claridad en el horizonte del Mar Tenebroso. En la calle desierta hay un árbol lleno de pájaros. No puedo verlos, pero llevo unos minutos oyéndolos, mientras me acerco: están piando como locos, metiendo un ruido de mil demonios (o de mil ángeles, que tienen alas, a pesar de ser incorpóreos). Me quedo un rato escuchándolos; a veces me parece percibir cierta armonía en el desordenado escándalo.

Al lado del árbol está la tapia del cementerio antiguo. El ruido de los pájaros no altera el descanso de los muertos, porque no están descansando, están muertos. Casi nadie los recuerda ya. Los viejos huesos se deshacen en polvo, igual que las brillantes cajas de madera que una vez los acogieron.

Al otro lado de la calle hay un flamante centro comercial. Bajo los neones apagados, varias personas sin hogar intentan descansar envueltas en cajas de cartón. Junto a una de ellas siempre hay un perro, que asoma el hocico bajo una manta raída y me mira al pasar.

Al otro lado del mundo, a la vuelta de la esquina en realidad, unos canallas hacen la guerra desde sus despachos (cuadrados u ovalados). ¡Malditos sean! Mil veces malditos.

Me alejo del árbol de los pájaros. Tengo que fichar, para hacer las tonterías con las que me gano la vida. Los muertos siguen deshaciéndose y desapareciendo del recuerdo. Las personas sin hogar están contando los minutos para recoger sus camas de cartón (hoy no está el perro bajo la manta). Los canallas siguen matando. El sol sale y los pájaros callan.


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