UNA DE las pocas cosas interesantes que escribió André Malraux (1901-1976) es una pequeña anécdota que cuenta en sus Antimemorias: Le preguntó a un viejo sacerdote qué había aprendido sobre la naturaleza humana tras pasar toda su vida escuchando las confesiones de sus feligreses. El cura respondió: «Básicamente, que no hay adultos».
Me acordé de esta historia hace unos días, mientras asistía a un congreso sobre rollos del espacio. Se hizo una conexión en directo con la Estación Espacial Internacional para que unos niños (niño y niña) de 14 años pudieran hablar con las astronautas Jessica Meir y Sophie Adenot. El objetivo (que ya no sé si es bueno o malo) era fomentar las vocaciones científicas y tecnológicas en temas del espacio.
Pero al escenario no subieron sólo los niños, sino también cuatro políticos (tres hombres y una mujer). Cada uno de los seis le hizo una pregunta a las astronautas, y uno de los políticos (tal vez el de mayor rango) preguntó por segunda vez. Me pareció un poco ridículo. Lo suyo, en mi opinión, hubiera sido dejar que los niños hablaran todo el rato con las astronautas. Pero los políticos quisieron tener sus minutos de gloria y su foto, y la organización del congreso se los permitió (por razones tan obvias como vergonzosas).
En conclusión, es verdad que no hay adultos. Y en época preelectoral, menos.

Nota generacional: el niño y la niña eran altísimos y hablaban inglés súper bien.
