Las tribulaciones de un marinero en tierra

#235 El mencey destronado

AÑO DEL Señor de 1496. Alonso Fernández de Lugo, conquistador de la isla de Tenerife, en las Canarias, tuvo la ocurrencia de regalarles siete reyes guanches (menceyes) a los Reyes Católicos. Y los Reyes Católicos tuvieron la ocurrencia de regalarle uno de ellos a la Señoría de la República de Venecia, a través de su embajador, Francesco Capello. En la isla había nueve reinos, y no se sabe de qué reinos eran los siete menceyes ni sus nombres. Tampoco se sabe cuál de ellos fue regalado a Venecia.

Desde luego, muy mal por parte de los Reyes Católicos. Primero, porque es de mala educación regalar un regalo. Segundo, porque está feo traficar con seres humanos. Sobre todo si eran tan católicos como para que les pusieran el sobrenombre de ídem. No solo por traficar ellos personalmente, sino por permitirlo a lo largo y ancho de su católico reino. Porque, en efecto, en aquella España católica existía la esclavitud y se traficaba con personas. Ese fue el cruel destino de muchos de aquellos habitantes de las Islas Canarias que no murieron durante la conquista. ¿Qué disonancia cognitiva puede llevar a católicos a comerciar con seres humanos? Ni yo mismo lo sé.

Que no se me acuse de «presentismo» (juzgar el pasado con la perspectiva y valores actuales). Pablo de Tarso, fundador del cristianismo, ya dijo que con Cristo se acababa la esclavitud. San Gregorio Nacianceno (329-389), declaró que «la esclavitud es incompatible con el cristianismo». Y el papa Pío II (1405-1464) calificó la esclavitud como «un gran crimen». Total, que los Reyes Católicos fueron unos grandes criminales. No por que lo diga yo desde el siglo XXI, lo dijo Pío II en el XV, que además, en su calidad de papa, era infalible. Nota para tiquismiquis: la infalibilidad papal fue promulgada por Pio IX en 1870, pero parece lógico aplicarla con efecto retroactivo a sus antecesores.

Pero volvamos al pobre mencey destronado. Fue conducido a Sevilla junto a sus seis infortunados compañeros. De Sevilla viajaron a Almazán (Soria), donde estaban los Reyes Católicos. Allí se separaron sus destinos: uno fue entregado al embajador de Venecia y de los otros seis no se sabe nada. Nuestro protagonista se incorporó al séquito del embajador Capello y viajaron a Barcelona, pero como no había ninguna nave veneciana, continuaron hasta Valencia. En Valencia pudieron embarcar y navegaron hasta Túnez, para finalmente llegar a Venecia más cansados que el mecánico de un transformer.

El mencey fue exhibido por las calles (o canales) de Venecia el 25 de mayo de 1497, no se sabe si vestido con su tamarco o con ropas europeas al uso. El Senado de la República, a través del Consiglio dei Pregadi, acordó que el rey destronado residiera en la ciudad de Padua, en el palacio del capitán gobernador, con dos criados a su servicio, una asignación de cinco ducados al mes, y que «fuera vestido, de tiempo en tiempo, según su necesidad».

El 18 de junio de 1497, el mencey de ignorado nombre entra en Padua, acompañado por el gobernador, y se pierde su pista para siempre. Al menos, gracias a la República de Venecia, parece que, en lo personal, tuvo mejor suerte que su pueblo, el pueblo guanche.


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