Las tribulaciones de un marinero en tierra

#223 (con)figuraciones (20)

NUNCA me he llevado bien con los perros. De pequeño me daban miedo, porque me parecía que tenían un comportamiento irracional y errático, que les podía llevar a morderme en cualquier momento. Si veía un perro por la calle, evitaba cruzarme con él cambiando de acera o dando un rodeo. Antes existían los perros callejeros, que pululaban por ahí, solos o en pequeñas jaurías, sin dueño conocido. Los chips no se habían inventado. En los dibujos animados siempre salían los empleados de la perrera municipal, que iban con una furgoneta y unas redes para capturar a los perros callejeros. Me parecía una profesión súper peligrosa.

Una vez mi padre me vio asustarme por un perrillo y me dijo que, en realidad, era el perro el que se asustaba de mí, porque me veía enorme. Eso me hizo pensar y me di cuenta de que era verdad. Si uno se asusta, el perrillo se viene arriba, pero si haces como si tal cosa, se corta y se vuelve más prudente. También empecé a comprender mejor la psicología perruna. Son unos bichos que por lo general solo quieren jugar y que les hagas un poco de caso. El ladrido no suele ser muestra de agresividad, solo hay que preocuparse cuando gruñen.

Pero más que los perros callejeros, me inquietaban los de personas conocidas, porque condicionaban totalmente mi relación con ellas. Uno de los perros que me daba más miedo era del vecino de la casita de campo de mi abuela paterna, en la que pasábamos algunas semanas del verano. Era un bóxer de cabeza grande y bastante fuertaco, que respondía al nombre de Flai (ni idea si se escribía así; hace 50 años no estábamos tan matracas con las palabras en inglés). Tenía la manía de ladrarle a cualquiera que pasara por el camino. Se engorilaba desde detrás de la valla del jardín, haciendo como que iba a saltarla. Y una vez que pasaba yo, la saltó. No me mordió ni nada, pero corría a mi alrededor como un loco, chocando conmigo y ladrando. Supongo que solo quería jugar, pero yo me quedé paralizado de terror hasta que salió el dueño y lo cogió. A partir de entonces, me daba más miedo todavía pasar por delante de la casa del vecino, que, dicho sea de paso, era un tipo bastante antipático. Debe haber hecho un pacto con Satanás, porque tiene más de 90 años y todavía lo veo de vez en cuando por la calle tan campante.

Uno de esos veranos, mi tío M, que tenía un dálmata de cuyo nombre no puedo acordarme (aunque lo tengo en la punta del cerebro), tenía que irse de viaje una semana y nos dejó el perro. Era grande y bastante bonachón. Recuerdo que se dedicaba a dar vueltas por el jardín, alrededor de la casa, sumido en la melancolía por estar entre gente extraña. Solo interaccionaba un poco con mi hermano mayor. El día que mi padre y mi hermano fueron a llevárselo a mi tío, yo no los acompañé, pero supongo que se volvería loco de alegría ante el amo recobrado.

El perro que me resultaba más odioso y más miedo me daba, era una perra y se llamaba Numa. Era de unos primos con los que coincidíamos todos los veranos en el típico sitio de playa. Nos quedábamos en unos apartamentos que eran una especie de bungalós adosados, con un pequeño jardín delante, un patio abierto en medio, y un balcón, cerrado por una puerta de cristal, detrás. Numa era negra y blanca, tirando a pequeña, de raza indefinida y estaba más loca que una cabra. Cada vez que tenía que ir al apartamento de mis primos era una angustia. Solo respiraba cuando veía que Numa estaba en el balcón. Pero estaba tan loca que, cuando veía a alguien extraño, ladraba y saltaba, chocando violentamente contra el cristal, como poseída por el demonio.

A mí nunca me mordió, pero sí vi cómo una vez mordió a una amiga de mi tía. La historia es tan curiosa que parece mentira, pero la vi en vivo y en directo. Ocurrió así: Una tarde que yo estaba en el apartamento de mis primos, apareció un matrimonio amigo de mis tíos. Muy estirados y demasiado arreglados para un sitio de veraneo. Mi prima E estaba jugando con Numa en el patio central y la soltó o se le escapó cuando fue a saludar a los visitantes. La perra se puso a ladrar compulsivamente delante de la pareja y mi tía les dijo: «Tranquilos, que sabe reconocer a los amigos». Entonces Numa saltó sobre la señora y la mordió en el antebrazo. Se armó un revuelo del copón. Mi prima encerró a Numa en el balcón y yo y mi primo T nos quitamos rápidamente de en medio.

Aunque Numa me daba miedo, yo era consciente de que en realidad no era peligrosa. Estaba como una regadera, pero era bastante pequeña y no parecía capaz de causar un daño serio. Un día que a mi primo A se le ocurrió soltarla por la calle, se le acercó, ladrándole, a un señor con pinta de extranjero. El tío le soltó una patada y Numa voló por los aires unos cuantos metros. Ahí me di cuenta de que era una simple perrilla random. Mi primo no le dijo ni pío al señor extranjero, eran otros tiempos.

Muy diferente a Numa era Bora, la perra de otros primos míos que también veraneaban con nosotros. Bora sí que daba miedo de verdad, al menos a mí. Era una dóberman, una raza creada en Alemania, a partir de otras consideradas peligrosas, con fines policiales, de seguridad y tal. Una matraca. Aunque a veces alguna de mis primas mayores paseaba a Bora, su verdadero amo era mi tío. En algún lado había leído que a los dóberman, por ser una raza «artificial», a veces les crecía demasiado el cerebro, hasta el punto de no caberles en el cráneo, y se volvían locos. No sé si eso era verdad, pero me daba un miedo horrible y siempre mantenía una prudente distancia. Por el apartamento de mis primos ni aparecía.

El contrapunto de Bora (y de Numa, en menor medida) era Jim. Jim era el pequinés de la abuela de mi primo R, que también solía venir al mismo sitio de veraneo. Era un perro pequeño, feo, bastante mayorcete y muy tranquilo, aunque un poco gruñón. La abuela de mi primo, doña M, a veces me dejaba darle un paseo, lo que me reconciliaba con el mundo de las mascotas en general y los perros en particular.

El último perro que recuerdo de aquellos interminables veranos era Max. Era también de una raza alemana, pero no me acuerdo del nombre, una especie de perro de lanas bastante pequeño. Era de una amiga de mi tía C, la propietaria de la ínclita Numa. Esta señora se había casado con un alemán y solo regresaba los veranos. Era puntillosa y estirada. A mí me recordaba a la señorita Rottenmeier, de la serie de dibujos animados Heidi. Nos contaba, a mis primos y a mí, que Max era de una raza que, en la mítica Selva Negra alemana, era capaz de hacer frente a los lobos. La verdad es que el bueno de Max, pequeñajo y peludo, no tenía mucha pinta de andar luchando contra los lobos, pero vaya uno a saber.

Nosotros nunca tuvimos perro. Lo más parecido fue un cachorro de gato, que un novio de mi hermana mayor (con la inconsciencia de la juventud) le regaló unas Navidades. El pequeño minino pasó la noche en el baño pequeño, dentro de una caja de cartón, y fue devuelto al día siguiente. Mi hermana protestó un poco, pero mi madre fue inflexible. Bastantes animales tenía ya en casa.


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