Las tribulaciones de Juan Sin Tierra

Desguguelización (II)

Lo primero que hice fue contratar una dirección de correo electrónico de pago, con un proveedor de la Unión Europea.

De pago, porque me parece mucho más transparente pagar por un servicio en lugar de que el proveedor “se cobre” en datos (aún así, es conveniente leer los términos y condiciones). La clave del asunto es que el verdadero negocio del proveedor sea ese (prestar servicios de correo electrónico) y no otro (intermediar para el envío masivo de publicidad). 

Y que sea de la UE, para estar al amparo del Reglamento General de Protección de Datos (China y USA serán las potencias económicas mundiales, pero Europa es la vanguardia en la garantía de derechos). Habrá gente que no le dé importancia a la protección de datos personales, pero para mí sí la tiene.

Escogí un proveedor de correo, Mailfence, especialmente comprometido con la privacidad y cuyos servidores están en Bélgica. Pero hay muchos otros proveedores, iguales o mejores, en otros países de la UE. Por apenas 30 euros al año, tengo 5 GB de mensajes, 12 GB de almacenamiento en la nube, calendario, contactos y asistencia técnica. También tienen planes con más prestaciones a mayor precio, y un plan gratuito, más básico.

¿Por qué he empezado por el correo electrónico? Porque, aunque se trata de un servicio ya “veterano”, sigue siendo la base de todo: la dirección de correo es una especie de DNI para identificarnos (y comunicarnos) sobre cualquier servicio de Internet. Al margen del uso profesional, a día de hoy envío muy pocos correos (para las comunicaciones privadas son más cómodas las aplicaciones de chat desde el móvil, aunque también se las traen en lata). Sin embargo, recibo más correos que nunca: facturas (y publicidad) de todas las compañías que tengo contratadas (electricidad, telecomunicaciones, seguros, bancos) o de cualquier cosa que compre (billetes de avión, reservas de hotel, alquiler de coches, entradas del cine, y un largo etcétera).

Y claro, todo correo electrónico enviado o recibido a través de Google será convenientemente procesado (leído) por sus algoritmos de inteligencia artificial, para mayor comodidad del usuario. Un ejemplo elemental y aparentemente inocuo: cuando compro un billete de avión, Google crea la correspondiente entrada en el calendario. Puede ser práctico, pero no me parece bien que Google lea los mensajes que intercambio con un tercero (la compañía aérea). La culpa es mía, lógicamente, porque lo he aceptado al darme de alta y usar el servicio. La política de privacidad de Google lo dice claramente: “También recogemos el contenido que creas, subes o recibes de otros usuarios cuando utilizas nuestros servicios. Entre estos datos se incluyen los correos electrónicos que escribes y recibes…”

Por tanto, me pareció que lo más sencillo y evidente era reducir la exposición al riesgo, es decir, que mis mensajes de correo electrónico no pasen por Google. De forma gradual estoy poniendo mi nueva dirección en todas las plataformas o servicios que utilizo, y la de Gmail se quedará para las cosas menos importantes. Probablemente dejaré de usarla completamente… excepto para las comunicaciones con Google. Ya veré.


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