LA PRINCIPAL crítica a la transmisión de información mediante la palabra hablada es que el mensaje se distorsiona durante el proceso comunicación de unas personas a otras. Se suele usar como ejemplo (por gente de cierta edad) el llamado «juego del teléfono». Supongo que ya nadie lo juega; los niños seguro que no (son demasiado inteligentes). Tal vez se siga usando para dinamizar a directivos matracas por consultores de pacotilla, pero ni idea. A mí me parecía una chorrada, porque pensaba que los jugadores cambiaban el mensaje adrede, solo por las risas. Ese era el objetivo del juego, por supuesto, me refiero a que no probaba nada sobre la transmisión oral de información, porque lo que estaba en funcionamiento durante el juego era la memoria a corto plazo.
Otra cosa muy diferente es cuando pasa el Tiempo (el Gran Destructor), porque entonces la memoria sí empieza a hacer de las suyas. Pero los antiguos no tenían un pelo de tontos y aplicaban astutas técnicas para garantizar la integridad del mensaje. Una era construir los relatos en verso, como ayuda a la memoria. Otra era meter el verdadero mensaje dentro de un cuento o parábola, de forma que la gente podía transmitir ese mensaje incluso sin entenderlo. Los cuentistas modernos empezaron a incluir las famosas moralejas porque no llegaron a comprender esta idea; pensaban que la gente era tonta y se creían en la obligación de explicarlo todo.
Cabe preguntarse (yo me lo pregunté durante un tiempo) por qué algunos siguieron prefiriendo la oralidad incluso cuando ya se había inventado la escritura. Por ejemplo, grandes figuras como Buda, Sócrates o Jesucristo no escribieron nada. El motivo es sutil y paradójico: para preservar sus enseñanzas sin que pudieran ser tergiversadas o falseadas. Se percataron de que cualquiera podía escribir cualquier cosa sin que fuera posible verificar las fuentes. Concluyeron que la única forma de que en el futuro nadie les atribuyera ningún escrito falso era no escribir nada. En su lugar, escogieron un estrecho círculo de personas de confianza a quienes transmitir oralmente sus enseñanzas.
Obviamente, siempre pueden surgir interpretaciones y falsedades, pero no serían atribuibles a ellos. Incluso tienen la suerte (Buda, Sócrates o Jesucristo) de que la IA no puede generar vídeos en los que salgan diciendo cualquier locura. Bueno, sí puede, pero por definición no serían creíbles.
