EL OTRO día fui a ver la película Under the volcano, del polaco Damian Kocur. Trata de una familia ucraniana que está de vacaciones en la isla canaria de Tenerife y, justo el día que van a regresar, se produce la invasión rusa. No pueden viajar y tienen que prolongar sus vacaciones, convirtiéndose en una especie de refugiados. La familia está formada por padre, madrastra, jovencita adolescente y niño de seis años.
A cuenta de un chico negro que vende pulseras en la calle, Kocur establece un paralelismo entre los inmigrantes ilegales que llegan en patera a Canarias y la situación sobrevenida de la familia ucraniana. Pero claro, no es lo mismo tener papeles que no tenerlos, no poder regresar que no querer regresar, ni ser blanco que ser negro. De hecho, cuando la familia vuelve al hotel desde el aeropuerto, el director les anuncia que no les van a cobrar la habitación ni las comidas, «dada la situación». ¡Qué detalle! Bravo por el hotel, que va a mantener a su costa a esta familia en dificultades, dejando a un lado los principios capitalistas.
Entonces yo hago la siguiente pregunta (retórica): ¿Se hubiese atrevido el bueno de Kocur a poner en su película que un hotel le ofrece alojamiento y comida gratis a personas que llegan en patera? La respuesta es que no (paralelismos los justos). Por el motivo que sea, no es concebible, lo cual es bastante triste.
Como Tenerife es un crisol de culturas turísticas, en el hotel también hay una familia rusa. En el comedor, la familia ucraniana observa cómo la familia rusa come, bebe y se divierte tan campante. La tensión se puede cortar con un cuchillo. Por la tarde, a la puesta de sol, la chica de la familia rusa se está bañando en la piscina. No hay nadie más, excepto Sofiia, la adolescente ucraniana, que la contempla fijamente desde fuera. La chica rusa es como una modelo de revista, Sofiia es más rellenita y viste ropa suelta (parece un comentario innecesario, pero el casting tampoco es inocente). La chica rusa sale del agua, se envuelve en su toalla, y camina hacia su habitación. Sofiia la sigue por los pasillos desiertos del hotel. La chica rusa se da cuenta y acelera el paso. Sofiia sigue tras ella. La chica rusa llega a su puerta y toca apresuradamente. Le abren, entra y cierra a sus espaldas. Fin de la escena.
La familia ucraniana trata de pasar el tiempo lo mejor que puede, pero todos están nerviosos y surgen fricciones entre ellos. La relación de Sofiia con su madrastra no es fácil y el padre, atrapado entre dos fuegos, se ve superado por la situación. El niño de seis años dice cosas un poco raras. Así las cosas, la tensión con la familia rusa estalla una noche en el comedor del hotel. La madrastra ucraniana increpa a los rusos en voz alta. Se hace el silencio. Les dice que ellos, los rusos, están ahí tan felices mientras ellos, los ucranianos, están sufriendo en la incertidumbre (recordemos que todavía estamos en los primeros días de la invasión). Los rusos no dicen nada. Fin de la escena.
A todo el mundo le parece natural que los ucranianos miren con odio a los rusos. Pero a mí me parece un fallo garrafal de la película, una oportunidad perdida. Kocur ha hecho lo fácil y previsible, ha caído en la trampa de anteponer las banderas (y los líderes matracas de los estados nación) a la fraternidad de los pueblos. Yo hubiera hecho, en la escena de la piscina, que Sofiia y la chica rusa se hicieran amigas. Y que la familia rusa estuviera en contra de la invasión de Ucrania en particular y de Putin en general. Es que la idea de patria es muy delicada y las etiquetas muy peligrosas (las banderas no son otra cosa que etiquetas). Ni todos los estadounidenses son Trump, ni todos los rusos son Putin, etc.
La fraternidad me parecía el concepto más difuso del lema de la Revolución Francesa. Ahora comprendo que es esencial para escapar de esta matrix de liderazgos tóxicos mundiales. La gente tiene que dejar de seguirles la corriente, con sus estados y sus banderas, y ayudarse transversalmente. Incluyendo a los que viajan en patera.
