LOS ROMANOS dominaron el Mediterráneo y gran parte de Europa gracias al poder militar de sus legiones. Los legionarios, dejando a un lado lo de matar gente, eran unos craquillos. Además de patear enormes distancias cargados como mulos, eran capaces de construir fuertes, puentes, barcos y tal.
Pero no todo era fuerza bruta. Para poder incorporar al imperio los pueblos que iban conquistando, los romanos también recurrían a las fuerzas sobrenaturales. Utilizaban dos técnicas: la absorción y la asimilación religiosa del enemigo.
La absorción religiosa se realizaba mediante un ritual llamado evocatio. Lo oficiaba el general que mandaba las tropas y estaba dirigido a la divinidad que protegía al pueblo que deseaba vencer. Le prometía que si se pasaba al bando romano se le daría culto en Roma. Así se aseguraba la colaboración (o al menos la no oposición) del dios en cuestión. El mensaje para el enemigo estaba claro: «No luches contra nosotros, que tu dios ya es un dios romano».
La asimilación religiosa se llevaba a cabo a través de la interpretatio. Consistía en equiparar las características de los dioses extranjeros con los dioses romanos de toda la vida. Lo hicieron con un montón de peña (etruscos, celtas, cartagineses, egipcios…), pero es súper evidente con los griegos. Zeus se asimiló a Júpiter, Atenea a Minerva, Ares a Marte, y así con muchos otros. Apolo, sin embargo, se incorporó al panteón romano con su nombre y funciones originales, es decir, fue absorbido. El mensaje para el enemigo también estaba claro en la asimilación: «No luches contra nosotros, que tenemos los mismos dioses».
Con estas astutas técnicas consiguieron neutralizar la cuestión religiosa como elemento de oposición a Roma a lo largo y ancho del imperio. Y la cosa funcionó relativamente bien durante siglos. Pero también tenía su punto débil. La religión romana se convirtió en una acumulación de ritos y dioses muy compleja, que estaba controlada en el ámbito público, pero no tanto en la esfera privada, donde la gente seguía usando los nombres y ritos originales. Esto significaba que la religión no era un problema, de acuerdo, pero tampoco servía como elemento de cohesión. Y esta carencia, a medida que el imperio crecía y se volvía más difícil de gobernar, se convirtió, a su vez, en un problema.
Ni cortos ni perezosos, a los romanos se les ocurrió una solución: imponer el culto al emperador como elemento transversal de cohesión. Y la cosa funcionó más o menos bien hasta que… aparecieron los cristianos.
Le verdad es que los romanos no tenían ningún problema con el dios de los cristianos. Como hemos visto, tendían a llevarse bien con todas las divinidades habidas y por haber, absorbiéndolas o asimilándolas. Pero los cristianos se mostraron especialmente intransigentes con lo de rendirle culto al emperador. Para ellos solo existía un dios y no había más que hablar. Ya tenían bastante con la naturaleza dual, humana y divina, de Jesucristo.
A los romanos no les sentó muy bien el empecinamiento de los cristianos. Vaya tocapelotas. Condenaron a unos cuantos (menos de los que habitualmente se piensa) a morir en la arena con los leones. Pero ni así pudieron hacerlos entrar en razón.
Como eran gente intelectualmente honesta, tenían que reconocer que imponer el culto al emperador entrañaba algunas dificultades. Los emperadores estaban cambiando todo el rato, se comportaban caprichosamente y les importaban un pito a los diversos pueblos de cada rincón del imperio. Se les ocurrió que, en realidad, sería mucho mas operativo tener un dios como los de toda la vida, rigiendo el destino de la humanidad desde el cielo. Pero ellos tenían un lío de dioses del copón. Sin embargo, mira por dónde, el dios de los cristianos, único y todopoderoso, les venía como anillo al dedo. Blanco y en botella. Ya tenían el pegamento que necesitaban.
Yo tengo la teoría de que, una vez adoptado el cristianismo por Roma, los propios cristianos se dedicaron a perseguir (sin piedad y con violencia) al resto de religiones. Solo así se explica su rápido ascenso. Esto contradice la visión tradicional de una adopción como acto de iluminación y los cristianos como esforzados mártires que terminaron por triunfar gracias a la palabra. Si tengo tiempo, investigo un poco y les cuento.
