NUESTRA vecina de abajo, Paquita (nombre ficticio), era una santa. Estaba casada con un tipo bastante anodino al que nosotros llamábamos Periquito (mote real). Paquita y Periquito tenían dos hijos, uno más o menos de mi edad, con el que jugaba a veces, y otro un par de años mayor.
Digo que Paquita era una santa porque nunca se quejó del ruido que (más que) probablemente hacíamos a todas horas. Mi hermano pequeño y yo jugábamos al fútbol en el pasillo y en nuestra habitación, mi hermana mayor tocaba el piano (aunque a veces con una especie de atenuador, llamado “sordina”, que se activaba y desactivaba moviendo una palanca en la parte de abajo del piano; me encantaba mover esa palanca), y estábamos todo el día gritando y peleándonos, como corresponde a una típica familia española de siete personas bajo el mismo techo.
La casa de Paquita me gustaba porque estaba mucho más ordenada que la nuestra. No permitía que se usara el salón, era un “salón-museo” reservado para las visitas. Comían en la cocina y veían la tele comprimidos en el cuarto más pequeño de la casa (que en mi casa era la habitación de mi hermano mayor). Me parecía absurdo desperdiciar el espacio más grande y luminoso del piso, pero en esa época era bastante habitual. Por contra, me flipaba que los hijos tuvieran una habitación para cada uno.
En aquellos tiempos, Televisión Española comenzó sus primeras emisiones en color y la incipiente clase media empezó a sustituir las teles en blanco y negro por teles en color. Los menos incipientes, como nosotros, tardamos bastante en jubilar nuestra tele en blanco y negro. Algunos inconformistas, como Periquito, intentaron “transformar” la suya poniéndole sobre la pantalla una especie de filtro de papel celofán de tres colores (azul, rojo y verde, si no recuerdo mal). No creo que ese dispositivo tecnológico fuera invención de Periquito, sino que se compraba hecho. Evidentemente no funcionaba. La pantalla se veía dividida en tres bandas horizontales, la de arriba siempre azul, la del centro siempre roja y la de abajo siempre verde. Me partía y me mondaba “viendo” la tele en color de mis vecinos. Una cosa de locos.
Los siguientes vecinos, debajo de Paquita y Periquito, seguían el mismo patrón: ella bastante espabilada y él bastante anodino (diría que todavía más cero a la izquierda que Periquito). Tenían dos hijas y un hijo de las mismas edades que nosotros: una chica más o menos como yo, la otra como mi hermana mayor y el chico como mi hermano mayor. Esta vecina, llamada Menchu (nombre ficticio), es a la que asusté descolgando la bolsa de basura desde mi casa. No sé por qué, al marido lo llamábamos por los dos apellidos.
Un día que subía a casa con mi padre, se abrió bruscamente la puerta del piso de Menchu y salió ella pidiendo socorro a grito pelado. Haciendo la comida se le había pegado fuego una sartén. Mi padre subió la escalera como un zepelín a buscar un extintor que teníamos en casa. Bajó y entró en la cocina de Menchu conmigo detrás. Disparó el extintor sobre la sartén ardiendo. Pero la espuma tenía tanta presión que la sartén voló por los aires, esparciendo el fuego por toda la cocina. Así que mi padre siguió disparando el extintor y proyectando objetos en todas direcciones. Fue dantesco, un auténtico pandemónium. Apagó el fuego, sí, pero la cocina quedó completamente arrasada. La buena de Menchu contemplaba desolada el caos. Mi padre, en su calidad de químico, le explicó algo sobre la temperatura del aceite, la combustión, la importancia de tener siempre un extintor a mano, y bla, bla, bla. Menchu le dio las más efusivas gracias y Atila y su escudero regresamos a casa.
Volviendo a la televisión, el primero de mi familia en comprar una tele en color fue mi abuelo materno. En esa tele vi mi primer programa en color, una corrida de toros. Recuerdo el rojo de la sangre de los toros (lo que me predispuso a su favor frente a mi congénere torero). Mi abuelo era un hombre eminentemente práctico: su antigua tele en blanco y negro venía integrada en un mueblito súper cuco, de puertas correderas de persiana y patas redondas; desmontó la tele y lo convirtió en mueble-bar. Se lo regaló a mi hermano mayor cuando se casó. No sé qué fue de él (del mueble-bar) cuando mi hermano se separó.
Y volviendo al fuego, mi padre fumaba como un carretero. Lo peor es que fumaba delante de nosotros. No por el mal ejemplo, que un poco también, sino porque nos tragábamos el humo. Fumaba en todas partes, en el coche o en el salón de casa mientras veíamos una peli. Mi sitio natural para ver la tele era tirado en el suelo (en invierno sobre una alfombra). Cuando mi padre se ponía a fumar, yo me iba a la esquina del salón, junto a la puerta del balcón, y la abría un poco para intentar respirar aire fresco. Si se ponía a fumar un puro, era inviable permanecer en el salón y me iba a mi habitación. No le reprocho nada a mi padre, el concepto de “fumador pasivo” no se había inventado y no se le ocurrió pensar que (tal vez) el humo nos podía molestar y que (tal vez) podía ser malo para la salud de su prole. No se podía saber.
