EL CONOCIMIENTO humano puede ser de tres tipos: científico, artístico o revelado.
El conocimiento científico proviene de aplicar el método ídem. Aunque tiene sus fallos y tal, lo más sensato es aceptarlo.
El conocimiento artístico, el favorito de Nietzsche, surge de la creatividad y la intuición. Para gustos, colores, así que no vale la pena discutir.
El conocimiento revelado es el más fácil de entender y, al mismo tiempo, el más problemático: alguien te dice una cosa y tú te la crees. Así de simple. El ejemplo típico son las religiones. También en este caso, por razones obvias, lo mejor es no discutir. (Bueno, en realidad el conocimiento revelado tiene dos facetas, la de “explicar el mundo” y la del resto de creencias; sobre la primera, el conocimiento científico tiene algo que aportar y se puede discutir un poco).
Llegados a este punto, cabe preguntarse (yo me lo pregunto), qué tipo de conocimiento utilizamos para construir nuestra visión del mundo y tomar decisiones en nuestra vida cotidiana.
Tal vez, los estudiantes o la peña que trabaja en temas técnicos puedan afirmar que una parte de su actividad diaria se basa en el conocimiento científico. Pero en general, toda la información que recibimos (para transformarla en conocimiento al interiorizarla) nos llega filtrada y distorsionada. Ocurre incluso con aquella claramente científica. Un ejemplo es la vacuna del coronavirus, que acabó convertida en mera opinión, dando lugar a interminables y agrias discusiones.
Mi conclusión es que la vida moderna (estupidez humana con tecnología) ha creado una formidable máquina de generar conocimiento revelado. Es decir, creencias. Es decir, partidos y partidarios. Es decir, conflicto. (El conocimiento artístico de nuestro amigo Nietzsche es el aderezo épico).
La solución (para que no se diga) es hacerle más caso a Platón, que tenía claro clarinete que la opinión es más falsa que una moneda de chocolate. Aclaro, para los puristas, que el equivalente al mundo sensible de Platón sería la máquina de marras: el metaverso, chatgpt, etcétera y, sobre todo, la estupidez natural y artificial.
